sábado

La esposa amazona femdom domina al marido


Me siento poderosa esta noche, con el cuerpo vibrando de deseo mientras observo a mi esposo tumbado en nuestra cama kingsize, completamente desnudo y expuesto para mí. Se esta masturbando su polla y sus ojos brillan con esa mezcla de deseo y rendición que tanto le gusta y a mi me excita. La luz tenue de la lamparita en la mesita de noche acaricia su piel, resaltando cada músculo tenso, cada vena palpitante de su polla dura que se yergue hacia mí como una ofrenda. Sé que esta noche soy yo quien manda. Soy la amazona que lo reclamará, la dueña de su placer.

Me acerco lentamente, dejando que mis caderas se balanceen con deliberada provocación. Llevo solo un body de encaje negro que apenas cubre mi coño ya empapado. Mis pechos pesados se mueven con cada paso, los pezones erectos rogando por atención. Me detengo al borde de la cama y deslizo una mano entre mis muslos, rozando mi clítoris hinchado mientras lo miro fijamente. —Hoy vas a sentirme hasta el fondo, amor —susurro con voz ronca, cargada de lujuria—. Y no pararás hasta que te vacíes por completo dentro de mí.

Subo a la cama con gracia felina, gateando sobre él hasta posicionarme a horcajadas sobre sus caderas. Su polla roza mi entrada caliente, y ambos gemimos al contacto. Agarro su miembro erecto con una mano, sintiendo cómo palpita contra mi palma, caliente y duro como acero envuelto en terciopelo. Lo froto lentamente, rozo su glande contra mis labios vaginales, lubricándolo con mis jugos abundantes, dejando que la cabeza hinchada presione mi clítoris una y otra vez. Cada roce envía descargas eléctricas por mi columna.

—Estás tan mojada… —gime él, pero lo silencio colocando un dedo sobre sus labios.

—Shh. Esta noche hablo yo con mi cuerpo.

Me elevo ligeramente, alineando su polla con mi entrada ansiosa, y comienzo a descender. Centímetro a centímetro, lo siento abrirme, estirarme, llenarme por completo. Un gemido largo y gutural escapa de mi garganta cuando su grosor presiona mis paredes internas, tocando ese punto mágico que me hace temblar. Me detengo a mitad de camino, disfrutando la sensación de plenitud, y contraigo mis músculos vaginales alrededor de él, ordeñándolo con fuerza.

—Joder… —jadea mi esposo, arqueando la espalda.

Sonrío con malicia y me dejo caer de golpe, engulléndolo hasta la base. Nuestros pubis chocan con un sonido húmedo y obsceno. Empiezo a cabalgarlo despacio al principio, moviendo mis caderas en círculos amplios, sintiendo cómo su polla roza cada pliegue sensible dentro de mí. Mis manos se apoyan en su pecho, clavando ligeramente las uñas para marcar mi dominio. Sus pectorales se tensan bajo mis palmas mientras acelero el ritmo.

La posición amazona me da todo el control. Soy yo quien decide la profundidad, la velocidad, la intensidad. Me inclino hacia adelante, dejando que mis pechos cuelguen sobre su rostro, y él los atrapa con la boca, succionando mis pezones con hambre desesperada. Cada lametazo envía ondas de placer directo a mi clítoris. Levanto las caderas hasta casi dejarlo salir y luego me dejo caer con fuerza, una y otra vez, cabalgándolo duro como la amazona que soy.

El sonido de nuestra carne chocando llena la habitación: slap, slap, slap húmedo y constante. Mis jugos resbalan por sus huevos, empapando las sábanas. Siento el sudor perlándome la espalda, entre mis pechos, y eso solo me excita más. Mi coño lo aprieta rítmicamente, succionándolo, devorándolo. Cambio el ángulo ligeramente para que su glande golpee justo contra mi punto G con cada embestida descendente.

—Así, mi puta amazona… —gruñe él, pero sus ojos ruedan de placer.

Aumento la velocidad, rebotando con fuerza sobre su polla. Mis muslos arden por el esfuerzo, pero el placer es demasiado intenso para detenerme. Siento cómo se hincha más dentro de mí, cómo sus venas palpitan contra mis paredes. Quiero sus orgasmos. Todos. Quiero ordeñarlo hasta dejarlo seco.

—Vas a correrte para mí —le ordeno, jadeando—. Ahora.

Contraigo mi coño con más fuerza y giro las caderas en un movimiento circular feroz mientras me dejo caer. Él estalla. Su cuerpo se arquea violentamente debajo de mí, los músculos rígidos, y siento los chorros calientes de su semen inundándome. Grita mi nombre, temblando, pero no me detengo. Sigo cabalgándolo a través de su orgasmo, prolongándolo, exprimiendo cada gota mientras su polla sigue latiendo dentro de mí.

Su primer clímax es brutal, pero sé que puede darme más. Reduzco un poco el ritmo, dejando que se recupere apenas, y luego vuelvo a acelerar. Mi clítoris frota contra su pelvis con cada movimiento, acercándome a mi propio borde. El sudor nos cubre a ambos. Mis tetas rebotan salvajemente, y él las agarra con fuerza, pellizcando mis pezones justo como me gusta.

—Otra vez —exijo, inclinándome hacia atrás para cambiar el ángulo. Ahora su polla presiona mi pared frontal con precisión letal—. Quiero sentirte correrte de nuevo.

Sus gemidos se vuelven más agudos, casi suplicantes. Lo monto sin piedad, subiendo y bajando con fuerza bruta, sintiendo cómo su polla, aún sensible por el primer orgasmo, se endurece otra vez dentro de mí. El placer es abrumador. Mi coño chorrea alrededor de él, los jugos mezclados con su semen creando una lubricación resbaladiza y obscena.

—Dios… no puedo… es demasiado —jadea, pero su cuerpo me dice lo contrario. Sus caderas intentan seguir mi ritmo, rendidas a mi dominio.

Lo cabalgo más duro, más rápido, sintiendo cómo mi propio orgasmo se construye como una ola gigante. Mis paredes se contraen espasmódicamente alrededor de su grosor. Grito cuando me corro, un clímax intenso que me hace temblar entera, pero sigo moviéndome, ordeñándolo sin descanso. Segundos después, él tiene su segundo orgasmo, aún más potente que el primero. Su polla palpita con fuerza, eyaculando chorros más débiles pero profundos, y su cuerpo se convulsiona debajo de mí como si estuviera poseído.

No me detengo. Mi cuerpo pide más. Me inclino hacia adelante, apoyando las manos en sus hombros, y lo monto como una salvaje, persiguiendo un tercer clímax para él. Sus ojos están vidriosos de placer abrumador, la boca abierta en un gemido constante. Siento su polla ultrasensible dentro de mí, rozando todos mis puntos de placer mientras yo persigo el mío.

—Dámelo todo —susurro contra sus labios antes de besarlo con ferocidad—. Siente cómo te poseo.

El tercer orgasmo llega como una tormenta. Él grita, arqueándose tanto que casi me levanta, y siento las contracciones profundas mientras intenta vaciarse por completo. Mi propio placer explota de nuevo, sincronizado con el suyo, y cabalgo a través de las olas, apretando cada músculo para exprimirlo hasta la última gota.

Finalmente, colapso sobre su pecho sudoroso, ambos jadeando, temblando. Su polla aún late débilmente dentro de mí, nuestro placer mezclado goteando entre nosotros. Lo beso suavemente en el cuello, sintiendo la victoria de haberlo llevado al límite absoluto.

En este momento, soy su reina, su amazona, su dueña absoluta del placer.

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viernes

Asistenta social despierta placer en ancianos


Me llamo Laura, tengo veintiocho años y soy asistenta social en un programa de atención domiciliaria para personas mayores que viven solas. Lo que nadie sabe es que mi vocación va mucho más allá de los trámites burocráticos y las revisiones médicas. Yo facilito placer. Un placer profundo, carnal y liberador que estos hombres, olvidados por el tiempo y por sus familias, merecen sentir en su piel antes de que sus cuerpos se apaguen del todo.


Entro en el apartamento de don Enrique, en el quinto piso de un edificio antiguo del centro. El aire huele a madera vieja y a colonia barata. Él me espera sentado en su sillón orejero, con la bata entreabierta y una sonrisa tímida que ilumina sus ojos hundidos. Tiene setenta y nueve años, viudo desde hace una década. Sus manos tiemblan ligeramente cuando las extiendo para saludarlo, pero no es miedo: es anticipación.—Laura, mi niña… —murmura con voz ronca.


Me arrodillo frente a él sin decir nada más. Mis dedos desatan el nudo de su bata con lentitud deliberada, revelando su pecho flácido, cubierto de vello blanco y fino. Su piel es cálida, sorprendentemente suave en algunos lugares. Deslizo las yemas por sus costillas, bajando hacia el vientre que aún conserva algo de la fuerza de quien fue carpintero toda su vida. Su pene ya empieza a despertar, semierecto, grueso y venoso, coronado por un glande que asoma tímido entre los pliegues de piel arrugada.


Me inclino y soplo suavemente sobre él. Enrique exhala un gemido grave que me humedece al instante. Mis labios lo envuelven con ternura primero, luego con hambre. Lo succiono despacio, sintiendo cómo se endurece dentro de mi boca, cómo late contra mi lengua. Uso una mano para masajear sus testículos pesados, mientras la otra acaricia el interior de sus muslos temblorosos. Él enreda los dedos en mi cabello oscuro y empuja con suavidad, buscando más profundidad. Se lo doy. Trago hasta que mi nariz roza su pubis canoso y él gruñe de puro placer.—Dios mío, Laura… tu boca es el cielo —jadea.


Me pongo de pie, me quito el vestido ligero que llevo y quedo solo con unas braguitas de encaje negro. Mis pechos son firmes, medianos, con pezones ya duros por la excitación. Me siento a horcajadas sobre sus piernas y froto mi sexo húmedo contra su erección, sin penetrarlo aún. El roce de mi clítoris hinchado sobre su miembro caliente me hace gemir. Enrique toma mis senos con ambas manos, los aprieta con reverencia, acerca su boca y chupa uno de mis pezones con avidez. Siento cada lametazo como una descarga directa a mi vientre.


Bajo una mano y guío su polla hacia mi entrada. Estoy empapada. Desciendo centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abre, cómo su grosor anciano pero vigoroso me llena por completo. Cuando estoy totalmente empalada, me quedo quieta, contrayendo mis músculos internos alrededor de él. Enrique echa la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Empiezo a moverme. Arriba y abajo, lento al principio, disfrutando la fricción deliciosa. Mis jugos resbalan por sus huevos y manchan la tela del sillón.


Acelero el ritmo. Mis tetas rebotan frente a su cara y él las atrapa, las muerde suavemente, las succiona mientras yo cabalgo con más fuerza. El sonido húmedo de mi coño tragándose su verga llena la habitación. Sudo. Él suda. El olor a sexo maduro y joven se mezcla y me excita todavía más.—Fóllame, Laura… más fuerte —suplica con voz rota.


Me apoyo en sus hombros y golpeo hacia abajo con energía. Mi clítoris frota contra su hueso púbico cada vez que bajo. El orgasmo me sorprende rápido: un espasmo profundo que me hace apretarlo con fuerza dentro de mí. Grito, clavando las uñas en su piel. Él no dura mucho más. Siento sus huevos contraerse, su polla palpitar y luego el chorro caliente de su semen inundándome. Se corre con largos gemidos, llenándome hasta que el exceso escapa por los lados y gotea sobre sus muslos.


Me quedo sobre él un rato largo, besando su frente arrugada, su cuello, sus labios secos. Le limpio con cariño, le preparo un té y lo arropo en la cama. Antes de irme, me susurra un “gracias” que me llega al alma.


Pero mi jornada no termina ahí. Dos calles más abajo vive don Manuel, setenta y cuatro años, diabético pero con una libido que no ha disminuido. Lo visito tres veces por semana. Hoy lo encuentro en la cocina, de pie, apoyado en el bastón. Apenas cierro la puerta cuando ya estoy de rodillas, bajándole los pantalones de pijama. Su polla es más larga que gruesa, ligeramente curvada, y se pone dura con solo verme.—Eres un ángel, chiquilla —dice mientras le como la verga con ganas.


Esta vez quiero que me tome por detrás. Me apoyo en la mesa de la cocina, levanto la falda y separo las piernas. Manuel escupe en su mano, lubrica su miembro y me penetra de un empujón. Es más brusco que Enrique, más primitivo. Me folla con embestidas fuertes, sus caderas chocando contra mi culo redondo. Sus manos aprietan mis nalgas, las separan para ver cómo mi coño traga su carne.—Qué apretada estás… qué rica —gruñe.


Estiro una mano hacia atrás y acaricio sus huevos mientras me penetra. El placer es intenso, casi doloroso. Cambio de postura: me siento en la mesa, piernas abiertas y rodeando su cintura. Él me penetra de nuevo, mirándome a los ojos. Esta vez es más íntimo. Beso su boca, meto mi lengua, saboreo el tabaco viejo y el café. Sus dedos encuentran mi clítoris y lo frotan con torpeza pero con dedicación. Me corro gritando su nombre. Él se vacía dentro de mí por segunda vez en la semana, temblando de pies a cabeza.


Por la tarde visito a don Antonio, el más joven de mis “pacientes” especiales, solo setenta y uno. Es el más experimentado. Me recibe con una copa de vino y música suave. Me desnuda lentamente en su habitación, besando cada centímetro de mi piel. Me tumba en la cama y pasa largos minutos comiéndome el coño. Su lengua es hábil a pesar de los años: lame mi clítoris en círculos lentos, introduce dos dedos curvados buscando mi punto G. Me hace correr dos veces solo con la boca, bebiendo mis fluidos como si fueran néctar.


Cuando por fin me penetra, es de lado, spooning, su pecho pegado a mi espalda. Su mano rodea mi cintura y juega con mis pezones mientras me folla con estocadas profundas y controladas. Siento cada vena de su polla rozando mis paredes internas. Le pido que me llene el culo hoy. Él acepta con un gemido excitado. Lubrico su miembro con mis propios jugos y lo guío hacia mi ano. Entra despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos descansan contra mi coño. El placer es oscuro, intenso, prohibido. Me masturbo mientras él me sodomiza con ritmo creciente. Me corro con tanta fuerza que casi pierdo el sentido. Antonio se derrama dentro de mi culo, gruñendo como un animal.


Al final del día, regreso a casa exhausta pero satisfecha. Mi cuerpo huele a ellos, a sexo maduro, a gratitud y deseo cumplido. Sé que lo que hago no está en el manual de ninguna institución, pero en sus miradas, en sus gemidos y en la paz que les dejo, encuentro mi verdadera vocación. Facilitar placer no es solo un acto de caridad; es un acto de amor carnal y profundo hacia quienes ya creían que nunca más serían deseados.


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jueves

Sexo entre travestis femenina y masculino


Me miro en el espejo del hotel, ajustando el encaje negro que apenas contiene mi polla semierecta bajo la falda corta y ajustada. Mis senos, generosos gracias a las hormonas, se elevan con cada respiración. El vestido rojo se pega a mis caderas anchas, y mis piernas, depiladas y enfundadas en medias, tiemblan de anticipación. Fui Alejandro; ahora soy Alexa, una mujer travesti que conserva su polla palpitante como recordatorio de mi origen. Mis labios rojos brillan, invitadores, y mi corazón late con fuerza por él… por ella.

Aparece Marco; Antes Marcela, ahora un hombre travesti de hombros anchos, voz grave y barba incipiente. Su cuerpo conserva el coño suave y húmedo de su pasado, pero su presencia es pura masculinidad conquistada. Nuestras miradas se encuentran y el deseo explota. Cierro la puerta y lo beso con hambre, mi lengua invadiendo su boca mientras sus manos fuertes aprietan mi culo. Siento su calor contra mí, y mi polla se endurece completamente bajo la tela.

"Te necesito dentro de mí", murmura con esa voz ronca que me vuelve loca. Lo empujo contra la cama y me arrodillo, subiendo su camisa para besar su pecho firme. Bajo sus pantalones y descubro su coño ya mojado, hinchado de deseo, los labios mayores brillantes. Separo sus piernas musculosas y entierro mi rostro entre ellas. Lamo con devoción su clítoris, succionando suavemente mientras introduzco dos dedos en su interior caliente y apretado. Marco gime, agarrando mi cabello, empujando sus caderas contra mi boca. Su sabor dulce y almizclado me embriaga.

"Así, mi puta hermosa… come mi coño", gruñe, y yo obedezco, lamiendo más rápido, curvando los dedos para rozar ese punto que lo hace temblar. Su coño se contrae alrededor de mis dedos, empapándolos. Mi propia polla duele de tan dura, goteando precum que mancha mis bragas.

Me levanto, me quito el vestido y libero mi polla erecta. Marco la mira con ojos hambrientos y se pone a cuatro patas, ofreciéndome su culo y su coño con su clitoris pronunciado. Froto mi glande contra sus labios vaginales, lubricándome con su humedad, y empujo lentamente. Entro centímetro a centímetro en su calor húmedo, sintiendo cómo sus paredes me aprietan. "¡Joder, Alexa… qué grande la tienes!", jadea. Empiezo a follarlo con ritmo profundo, mis caderas golpeando contra su culo firme. Cada embestida hace que mis tetas hormonadas reboten y que mi polla desaparezca completamente en su coño empapado.

Lo agarro del pelo, tirando suavemente mientras acelero. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo llena la habitación, mezclado con sus gemidos graves y mis suspiros femeninos. Me inclino sobre su espalda, mordiendo su hombro, y deslizo una mano debajo para masturbar su clítoris hinchado. Marco se corre por primera vez, su coño contrayéndose violentamente alrededor de mi polla, expulsando jugos que bajan por mis muslos.

No salgo de él. Lo giro de espaldas, levanto sus piernas sobre mis hombros y vuelvo a penetrarlo con fuerza. Ahora puedo mirarlo a los ojos mientras lo follo. Sus tetas pequeñas y firmes se mueven con cada embestida, y su coño rojo y abierto me recibe con avidez. "Te amo así… mi hombre con coño", susurro antes de besarlo. Nuestras lenguas se enredan mientras mi polla lo taladra sin piedad, golpeando fondo. Siento sus uñas clavarse en mi espalda.

Me retiro y me tumbo. Marco se sube encima, agarrando mi polla dura y empalándose lentamente. Ver cómo mi grosor desaparece en su coño es una visión que me enloquece. Empieza a cabalgarme con fuerza, sus caderas moviéndose en círculos perfectos, frotando su clítoris contra mi pubis. Sus jugos me bañan las bolas. Agarro sus tetas, pellizco sus pezones y empujo hacia arriba, follándolo desde abajo. Sus gemidos se vuelven más agudos, traicionando su pasado femenino, y eso me excita aún más.

"Quiero correrme dentro", le digo. Él asiente, acelerando. Siento su coño palpitar, ordeñándome. Mi orgasmo llega como una ola: exploto dentro de él, llenando su interior con chorros espesos y calientes de semen. Marco se corre al mismo tiempo, su coño apretándome con espasmos, mezclando nuestros fluidos. Se derrumba sobre mí, besándome con ternura mientras mi polla aún late dentro de su coño lleno.

Pero no hemos terminado. Después de unos minutos recuperando el aliento, lo pongo de lado y vuelvo a entrar en él, esta vez más lento, saboreando cada sensación. Mi mano masturba su polla inexistente, pero froto y pellizco su clítoris mientras lo penetro. Marco se toca los senos y gime mi nombre. Cambio de agujero: lubrico su culo virgen con nuestra mezcla y lo penetro allí también, más apretado, más intenso. Él jadea, empujando hacia atrás, pidiendo más.

Lo follo en el culo con embestidas controladas, luego vuelvo a su coño, alternando, volviéndolo loco. Su placer es mío. Me arrodillo y él se sienta en mi cara, frotando su coño mojado y lleno de semen contra mi boca. Lamo todo: sus jugos, mi propio semen, devorándolo con hambre. Mi polla vuelve a endurecerse. Marco se da la vuelta en 69, chupando mi polla con devoción mientras yo entierro la lengua en su coño. Sus labios rodean mi glande, bajando hasta la garganta, gimiendo alrededor de mi grosor.

Nos corremos otra vez: yo en su boca, él inundando mi cara con sus jugos. Traga todo lo que puede, lamiendo los restos con una sonrisa masculina y satisfecha.

Exhaustos, nos abrazamos. Mi polla descansa contra su coño aún palpitante. Acaricio sus curvas masculinas y él besa mis senos suaves. "Eres mi mujer perfecta", murmura contra mi cuello. "Y tú mi hombre ideal", respondo, sintiendo cómo mi amor por este ser transformado crece con cada latido.

Exploramos cada centímetro esa noche: lo penetro contra la pared, sus piernas rodeándome la cintura mientras mi polla entra y sale de su coño chorreante. Lo hago correrse solo con la fricción en su punto G. Luego él me masturba mi polla entre sus tetas pequeñas mientras me come la boca. Me corro sobre sus labios y él lame cada gota.

Al amanecer, entrelazados y pegajosos de fluidos, comprendemos que nuestro amor es único: dos almas que reescribieron sus cuerpos para encontrarse. Mi polla descansa entre sus muslos, cerca de su coño cálido, y sé que este es solo el principio de una pasión sin límites.

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miércoles

Encuentro erótico en la relación abierta de Patri


Soy Patri, una chica de 24 años que vive la vida con la libertad que se merece acorde a los tiempos. Mi relación con él (mi pareja) es sólida, profunda, irremplazable; él es mi ancla, mi cómplice de risas y confidencias. Pero ambos sabemos que el deseo no se encierra en una sola persona. Las experiencias ajenas traen sabores nuevos, texturas distintas, ritmos que despiertan partes de mí que a veces duermen bajo la rutina. Esta noche, esa libertad me ha traído hasta aquí, a este apartamento con luces tenues y música suave que vibra en el aire como una promesa.


Él se llama Alex... 
Lo conocí hace unas semanas en una fiesta y la química fue inmediata: miradas que se demoraban, roces casuales que no lo eran tanto. Ahora estamos solos. Me mira desde el sofá mientras me quito la chaqueta con lentitud deliberada, dejando que mis pechos se marquen bajo la blusa fina. Siento cómo sus ojos recorren mi cuerpo, deteniéndose en la curva de mis caderas, en la piel que asoma por el escote. Mi pulso se acelera. Sé que mi pareja sabe dónde estoy y que esto solo avivará nuestro fuego cuando vuelva a casa.

Me acerco a él... 
Sus manos suben por mis muslos, levantando la falda con reverencia. —Eres preciosa —susurra, pero yo no quiero palabras ahora. Me inclino y lo beso con deseo y pasión, mordiendo suavemente su labio inferior mientras mi lengua busca la suya. Sabe a whisky y a deseo crudo. Mis dedos se enredan en su cabello, tirando un poco para inclinar su cabeza y profundizar el beso. Siento que mi coño ya se humedece, latiendo con anticipación.

Alex me levanta en brazos y me lleva hasta la cama. Me tumba con cuidado, pero sus gestos son firmes. Desabrocha mi blusa botón a botón, besando cada centímetro de piel que queda al descubierto. Cuando llega a mis pezones, ya duros y sensibles, los lame con la punta de la lengua en círculos lentos, mordisqueándolos levemente. Gimo, arqueándome hacia él. —Chúpame más fuerte —le pido en un susurro ronco. Obedece, succionando uno mientras pellizca el otro con los dedos. El placer es eléctrico, baja por mi vientre directo a mi clítoris que comienza a endurecerse.

Bajo la mano y palpo su erección a través del pantalón. Su polla está dura, gruesa, palpitando por mí. La libero con urgencia, envolviendo su polla caliente con la palma de mi mano. Es larga, de un tamaño que me excita, la cabeza esculpida por los dioses y brillante por el precum rezuma por la punta. La masturbo acariciándola de arriba abajo, girando la muñeca en la punta, disfrutando cómo gruñe contra mi pecho. Me encanta sentir ese poder, saber que lo estoy volviendo loco a un macho.

Se arrodilla entre mis piernas...
Me quita las bragas que ya las tengo empapadas. Abre mis muslos con las manos y se queda mirando mi coño depilado, rosado, reluciente de excitación. —Joder, Patri… —dice antes de hundir la cara. Su lengua recorre mi raja de abajo arriba, unos 15 centímetros, lamiendo mis labios y saboreando mis jugos. Cuando llega al clítoris lo rodea, lo succiona, lo lame con ritmo constante. Introduzco dos dedos en mi interior mientras él me devora, follándome con la boca. Mis caderas se mueven solas, frotándome contra su cara. Noto como el placer me invade, siento esa sensación que me hace vulnerable, me dejo llevar y quiero que me destroce, quiero ser suya y pensar en él. El orgasmo llega rápido, intenso, me hace gritar mientras mis paredes se contraen y un chorro caliente moja su barbilla.

No le doy tregua... 
Lo empujo hacia atrás y me siento encima. Su polla queda a lo largo de mi raja entre mis labios húmedos y gruesos. Me froto contra ella, deslizándola por mi humedad, rozando mi clítoris con cada movimiento. Alex aprieta mis tetas, tirando de los pezones. Me inclino hacia delante y lo beso mientras juego con su polla contra mi coño, ese coño que descubrió el placer consentido cuando tenia 15 años. Levanto levemente mi pierna izquierda y rozo con la punta de su polla mi ano, me gusta, siento como dilata. Desciendo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abre, cómo me llena por completo. Gimo contra su boca cuando llega al fondo. Está tan profundo que duele de placer.

Empiezo a cabalgarlo. Primero lento, saboreando cada roce de su grosor contra mis paredes. Luego más rápido, apoyando las manos en su pecho. Mis tetas rebotan con cada movimiento. Él sube las caderas, follándome desde abajo, golpeando ese punto dentro de mí que me hace ver estrellas, ha encontrado el punto G. El sonido de su polla contra mi coño chocando llena la habitación, mi coño húmedo, obsceno, delicioso. Sudo, mi pelo se pega a la espalda. Él aprieta mis nalgas, separándolas, y un dedo travieso roza mi ano que lo esta esperando. Me estremezco de gusto, el placer me invade, me marea y anula mi conciencia.

Quiero que me folles más duro cabrón —le grito como una loca, mirándolo a los ojos. Se incorpora y sin sacarla de mi coño me tumba boca abajo, levanta mis caderas y sigue fallándome con movimientos rítmicos. Grito de placer, le insulto. Hazme tu puta, cabrón... —le digo perdiendo la compostura. Eso le excita. Sus embestidas son potentes, rítmicas y profundas. Siento sus huevos golpear mi clitoris con cada empuje, y yo al unísono meto mi mano y masturbo mi clitoris. Agarra mi pelo, tira de él suavemente, arqueando mi espalda. Mi coño lo aprieta, succionándolo, empapándolo. Otro orgasmo me atraviesa, más largo y potente, me deja temblando.

Alex me da la vuelta otra vez, coloca mis piernas sobre sus hombros y vuelve a insertar su polla en mi vagina. En esta posición lo mete aún más adentro. Me mira mientras me folla, observando cómo mis pechos se mueven, mi areola se a oscurecido mas, ve cómo mi cara se contrae de éxtasis. Le excita. Acelera el ritmo, su respiración se vuelve jadeos roncos. —Me voy a correr, Patri —dice gritando mi nombre. —Dentro —hazlo dentro, Alex. Quiero sentir tu leche como me moja.

Con un gruñido final se derrama dentro de mí, chorros calientes que llenan mi coño. Siento cada pulsación, cada latido. Eso me lleva al límite otra vez y me corro con él, contrayéndome alrededor de su polla, ordeñándolo hasta la última gota.

Quedamos abrazados, sudados, respirando agitados. Beso su cuello, saboreando el salado de su piel. Sé que mañana volveré con mi pareja, le contaré cada detalle y follaremos como animales recordando esto. Porque mi relación es mi base, pero estos encuentros me recuerdan lo viva que estoy, lo húmeda, lo deseada.

Me levanto despacio, sintiendo su semen correr por mis muslos. Me visto con una sonrisa perezosa. Alex me mira desde la cama, saciado y admirado. —Te llamaré, la próxima quiero que el disfrute viéndome —le digo guiñándole el ojo, y salgo sabiendo que mi cuerpo aún vibra con el eco de su placer.

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La danza de la asfixia y el éxtasis

[En la playa, mientras las olas rompen contra las rocas, Luis domina a Cristina con un ritmo salvaje, sus dedos agarrando su cabello y su re...