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jueves

Sexo entre travestis femenina y masculino


Me miro en el espejo del hotel, ajustando el encaje negro que apenas contiene mi polla semierecta bajo la falda corta y ajustada. Mis senos, generosos gracias a las hormonas, se elevan con cada respiración. El vestido rojo se pega a mis caderas anchas, y mis piernas, depiladas y enfundadas en medias, tiemblan de anticipación. Fui Alejandro; ahora soy Alexa, una mujer travesti que conserva su polla palpitante como recordatorio de mi origen. Mis labios rojos brillan, invitadores, y mi corazón late con fuerza por él… por ella.

Aparece Marco; Antes Marcela, ahora un hombre travesti de hombros anchos, voz grave y barba incipiente. Su cuerpo conserva el coño suave y húmedo de su pasado, pero su presencia es pura masculinidad conquistada. Nuestras miradas se encuentran y el deseo explota. Cierro la puerta y lo beso con hambre, mi lengua invadiendo su boca mientras sus manos fuertes aprietan mi culo. Siento su calor contra mí, y mi polla se endurece completamente bajo la tela.

"Te necesito dentro de mí", murmura con esa voz ronca que me vuelve loca. Lo empujo contra la cama y me arrodillo, subiendo su camisa para besar su pecho firme. Bajo sus pantalones y descubro su coño ya mojado, hinchado de deseo, los labios mayores brillantes. Separo sus piernas musculosas y entierro mi rostro entre ellas. Lamo con devoción su clítoris, succionando suavemente mientras introduzco dos dedos en su interior caliente y apretado. Marco gime, agarrando mi cabello, empujando sus caderas contra mi boca. Su sabor dulce y almizclado me embriaga.

"Así, mi puta hermosa… come mi coño", gruñe, y yo obedezco, lamiendo más rápido, curvando los dedos para rozar ese punto que lo hace temblar. Su coño se contrae alrededor de mis dedos, empapándolos. Mi propia polla duele de tan dura, goteando precum que mancha mis bragas.

Me levanto, me quito el vestido y libero mi polla erecta. Marco la mira con ojos hambrientos y se pone a cuatro patas, ofreciéndome su culo y su coño con su clitoris pronunciado. Froto mi glande contra sus labios vaginales, lubricándome con su humedad, y empujo lentamente. Entro centímetro a centímetro en su calor húmedo, sintiendo cómo sus paredes me aprietan. "¡Joder, Alexa… qué grande la tienes!", jadea. Empiezo a follarlo con ritmo profundo, mis caderas golpeando contra su culo firme. Cada embestida hace que mis tetas hormonadas reboten y que mi polla desaparezca completamente en su coño empapado.

Lo agarro del pelo, tirando suavemente mientras acelero. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo llena la habitación, mezclado con sus gemidos graves y mis suspiros femeninos. Me inclino sobre su espalda, mordiendo su hombro, y deslizo una mano debajo para masturbar su clítoris hinchado. Marco se corre por primera vez, su coño contrayéndose violentamente alrededor de mi polla, expulsando jugos que bajan por mis muslos.

No salgo de él. Lo giro de espaldas, levanto sus piernas sobre mis hombros y vuelvo a penetrarlo con fuerza. Ahora puedo mirarlo a los ojos mientras lo follo. Sus tetas pequeñas y firmes se mueven con cada embestida, y su coño rojo y abierto me recibe con avidez. "Te amo así… mi hombre con coño", susurro antes de besarlo. Nuestras lenguas se enredan mientras mi polla lo taladra sin piedad, golpeando fondo. Siento sus uñas clavarse en mi espalda.

Me retiro y me tumbo. Marco se sube encima, agarrando mi polla dura y empalándose lentamente. Ver cómo mi grosor desaparece en su coño es una visión que me enloquece. Empieza a cabalgarme con fuerza, sus caderas moviéndose en círculos perfectos, frotando su clítoris contra mi pubis. Sus jugos me bañan las bolas. Agarro sus tetas, pellizco sus pezones y empujo hacia arriba, follándolo desde abajo. Sus gemidos se vuelven más agudos, traicionando su pasado femenino, y eso me excita aún más.

"Quiero correrme dentro", le digo. Él asiente, acelerando. Siento su coño palpitar, ordeñándome. Mi orgasmo llega como una ola: exploto dentro de él, llenando su interior con chorros espesos y calientes de semen. Marco se corre al mismo tiempo, su coño apretándome con espasmos, mezclando nuestros fluidos. Se derrumba sobre mí, besándome con ternura mientras mi polla aún late dentro de su coño lleno.

Pero no hemos terminado. Después de unos minutos recuperando el aliento, lo pongo de lado y vuelvo a entrar en él, esta vez más lento, saboreando cada sensación. Mi mano masturba su polla inexistente, pero froto y pellizco su clítoris mientras lo penetro. Marco se toca los senos y gime mi nombre. Cambio de agujero: lubrico su culo virgen con nuestra mezcla y lo penetro allí también, más apretado, más intenso. Él jadea, empujando hacia atrás, pidiendo más.

Lo follo en el culo con embestidas controladas, luego vuelvo a su coño, alternando, volviéndolo loco. Su placer es mío. Me arrodillo y él se sienta en mi cara, frotando su coño mojado y lleno de semen contra mi boca. Lamo todo: sus jugos, mi propio semen, devorándolo con hambre. Mi polla vuelve a endurecerse. Marco se da la vuelta en 69, chupando mi polla con devoción mientras yo entierro la lengua en su coño. Sus labios rodean mi glande, bajando hasta la garganta, gimiendo alrededor de mi grosor.

Nos corremos otra vez: yo en su boca, él inundando mi cara con sus jugos. Traga todo lo que puede, lamiendo los restos con una sonrisa masculina y satisfecha.

Exhaustos, nos abrazamos. Mi polla descansa contra su coño aún palpitante. Acaricio sus curvas masculinas y él besa mis senos suaves. "Eres mi mujer perfecta", murmura contra mi cuello. "Y tú mi hombre ideal", respondo, sintiendo cómo mi amor por este ser transformado crece con cada latido.

Exploramos cada centímetro esa noche: lo penetro contra la pared, sus piernas rodeándome la cintura mientras mi polla entra y sale de su coño chorreante. Lo hago correrse solo con la fricción en su punto G. Luego él me masturba mi polla entre sus tetas pequeñas mientras me come la boca. Me corro sobre sus labios y él lame cada gota.

Al amanecer, entrelazados y pegajosos de fluidos, comprendemos que nuestro amor es único: dos almas que reescribieron sus cuerpos para encontrarse. Mi polla descansa entre sus muslos, cerca de su coño cálido, y sé que este es solo el principio de una pasión sin límites.

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domingo

Me folle a mi jefe mayor que yo


Me llamo Anna y tengo 31 años. Nunca imaginé que mi vida sexual daría un giro tan intenso y prohibido hasta aquella noche en el viaje de trabajo.


Mi jefe, don Enrique, tenía 62 años. Pelo completamente blanco, bien peinado, una barriguita suave que se notaba bajo la camisa y esa mirada serena de hombre experimentado. No era el típico atractivo juvenil, pero había algo en él que me ponía nerviosa desde hacía meses. Esa noche, después de una cena con clientes y varias copas de vino, todo se descontroló.


Llegamos al hotel y, en vez de despedirnos en el pasillo, me invitó a su habitación “para repasar la presentación de mañana”. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared con una urgencia que no esperaba. Me besó con hambre, sus manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo por mis costillas hasta apretar mis tetas por encima del vestido. Yo respondí igual de desesperada. Le desabroché la camisa y toqué su pecho velludo, su barriga blanda, bajando hasta el cinturón.


Cuando le bajé los pantalones, ahí estaba: su polla pequeña, pero tan dura que parecía de piedra. Tenía una forma bonita, gruesa en la base y con una cabeza rosada y suave. Me arrodillé sin pensarlo dos veces. Me cabía toda en la boca, perfecta. La chupé con ganas, lamiendo desde los huevos hasta la punta, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua. Enrique gemía bajito, agarrándome el pelo blanco entre sus dedos.


—Joder, Anna… eres una diosa —susurraba con voz ronca.


Me levantó, me quitó el vestido y las bragas de un tirón y me tiró sobre la cama. Me abrió las piernas y me penetró de una sola embestida. Su polla era corta, pero tenía la curvatura exacta. Cada vez que empujaba, rozaba directo contra mi punto G. Empecé a temblar casi inmediatamente. Me folló lento al principio, profundo, disfrutando cada centímetro. Luego más rápido, con esa barriguita suave chocando contra mi clítoris cada vez que entraba.

Pasamos toda la noche así: follando, tocándonos, chupándonos. Me corría una y otra vez, empapando las sábanas. Él se corrió dentro de mí dos veces, gruñendo mi nombre como si fuera una oración. Al amanecer, exhaustos y sudorosos, me miró con culpa.


—Esto ha sido la primera vez… y tiene que ser la última. Estoy casado, Anna. No puede volver a pasar.


Asentí, aunque ya sabía que mentía.Se le olvidó muy rápido.


Dos semanas después empezó a buscarme. Mensajes a deshoras, miradas largas en la oficina, roces “accidentales”. Hasta que un viernes me dijo en voz baja:—Hay un motel en un pueblo a treinta kilómetros. Nadie nos conoce ahí. ¿Vienes?


Fui.


Desde entonces, cada vez que podemos escaparnos, repetimos la misma deliciosa rutina. Aparcamos lejos, entramos por separado y, en cuanto se cierra la puerta de la habitación, nos devoramos.


La última vez fue hace tres días. Nada más entrar, me empujó contra la pared, me subió la falda y me bajó las bragas. Se arrodilló y me comió el coño con ansia, metiendo dos dedos mientras su lengua jugaba con mi clítoris. Cuando estuve empapada, se levantó, sacó su polla ya dura y me penetró de pie. Esa curvatura perfecta volvió a rozar mi punto G una y otra vez. Me corrí gritando, clavándole las uñas en la espalda.


Luego me tiró en la cama, me puso a cuatro patas y me folló fuerte, agarrándome las caderas. Su barriguita suave golpeaba contra mi culo con cada embestida. Me encantaba sentirlo así: mayor, casado, con esa polla pequeña y perfecta que me llenaba justo donde más lo necesitaba.


—Eres mía, Anna… solo mía cuando estamos aquí —gruñía mientras me daba azotes suaves.


Me corrí dos veces más antes de que él se vaciara dentro de mí, temblando y llamándome por mi nombre con esa voz ronca que tanto me excita.


Cuando salimos del motel, siempre volvemos a ser jefe y empleada. Pero ambos sabemos que, en cuanto surja la oportunidad, volveremos a ese motel de carretera. Su polla pequeña y dura, mi coño ansioso, sus manos experimentadas y mi boca hambrienta… seguimos sin poder parar. Y la verdad es que no quiero que pare.


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lunes

El encuentro erótico de Nanci con el viejo Javier


El encuentro erótico de Nanci con el viejo Javier

Me llamo Nanci y, apenas cumplida la mayoría de edad, el deseo ardía en mí como un secreto que ya no podía contener. Mi pelo largo caía en cascada sobre mis hombros y mis gafas se deslizaban suavemente mientras entraba en el salón de Javier aquella tarde soleada. Sara me había pedido que le hiciera compañía, pero ambos sabíamos, desde la primera mirada, que el verdadero motivo era otro.
Hablamos con esa lentitud deliciosa que precede a la tormenta. Le confesé mi atracción por los hombres que han acumulado sabiduría en cada arruga y cada silencio. Javier sonrió con esa ironía serena y, sin más palabras, me acerqué. Allí mismo, en el salón, bajo la luz que entraba por las cortinas entreabiertas, comencé a desnudarlo. Mis dedos temblaban de anticipación al desabotonar su camisa, mientras besaba el pecho que se revelaba. Me arrodillé frente a él y lo tomé en mi boca con devoción lenta, envolviéndolo con mis labios calientes. Mi lengua trazaba círculos suaves y profundos mientras mis gafas se empañaban. Sentía cómo su deseo despertaba, latiendo contra mi paladar, y mi propio sexo se humedecía con solo imaginar lo que vendría.
Me levanté, me quité la ropa con movimientos deliberados y lo empujé suavemente hacia el sofá amplio. Me senté a horcajadas sobre él, separando las piernas para ofrecerle todo.
—Ábreme —susurré contra su oído, la voz cargada de necesidad—. Siente lo mojada que estoy para ti.Sus manos expertas me abrieron con paciencia exquisita, acariciando mis pliegues hinchados e hundiendo los dedos en mi calor resbaladizo. Gemí, arqueándome, mientras el placer subía en ondas lentas. Incapaz de esperar más, guié su miembro hacia mi entrada y descendí sobre él. Mi sexo dulce y estrecho lo envolvió centímetro a centímetro, apretándolo con avidez juvenil. Empecé a cabalgarlo en el sofá, con ritmo cadencioso al principio, sintiendo cómo me llenaba por completo. Mis tetas pequeñas rebotaban suavemente contra su pecho y mi pelo largo caía como una cortina que nos aislaba del mundo.

—Disfruta de mi coño —gemí, acelerando el movimiento de mis caderas—. Penétrame más hondo… haz que lo sienta todo.
El placer creció hasta volverse salvaje. Me movía con más fuerza, girando las caderas y contrayéndome alrededor de él como si quisiera fundirnos en uno solo.
—Me estoy corriendo… ¡sí, me estoy corriendo! —exclamé cuando el orgasmo me atravesó como un relámpago, mi interior apretándolo en espasmos húmedos y profundos.
Javier me sujetó por las caderas y, con esa fuerza serena que dan los años, impulsó sus embestidas desde abajo. El sofá crujía bajo nosotros mientras yo me inclinaba hacia atrás, abierta y entregada.
—Penétrame y dame tu leche —supliqué, convertida en pura ninfómana—. Lléname por completo, Javier… quiero sentir cómo te derramas dentro de mí.
Su clímax llegó como una marea larga y contenida, potente y abundante, inundándome mientras yo me corría por segunda vez, temblando entre sus brazos y riendo de puro placer liberado. Nos quedamos unidos en el sofá, respiraciones entrecortadas, sudor y deseo mezclados, con la luz de la tarde bañándonos como testigo silencioso.
Desde entonces, cada tarde que Sara trabaja, el salón se convierte en nuestro templo secreto.

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El eco de la tinta

EL LADRÓN DE SUEÑOS Título del capítulo:  "Capitulo 6:  El eco de la tinta " "La maldición se vuelve íntima y visceral. En El...