EL LADRÓN DE SUEÑOS
Título del capítulo: "Capitulo 6: El eco de la tinta"
La lluvia empieza a caer sobre Logroño cuando salimos de la iglesia abandonada. No es una lluvia fina: son gotas gruesas y frías que golpean los tejados de teja y convierten las calles empedradas en espejos rotos. Clara camina a mi lado con el bolso apretado contra el pecho, el manuscrito dentro como un corazón oscuro que no deja de latir. El olor a tierra mojada y a piedra antigua se mezcla con el perfume suave de su piel y con el rastro todavía fresco de lo que acabamos de hacer contra la pared.
No hablamos durante los primeros minutos. El silencio entre nosotros está cargado de todo lo que no necesitamos decir. Cada cierto tiempo ella aprieta mi mano con más fuerza, como si temiera que el nombre se le escapara otra vez. Yo respondo al apretón y sigo caminando, el gabán empapado pegándoseme a la espalda.
Decidimos no volver a la pensión. Mateo ya sabe dónde encontrarnos. En su lugar nos dirigimos hacia la casa de Elena Montes, cruzando el puente de piedra mientras el Ebro ruge debajo, hinchado por la lluvia. La madame nos abre la puerta con el rostro pálido y los ojos enrojecidos. Nos deja pasar sin una sola palabra y cierra tras de nosotros con pestillo.
El salón huele a cera y a tabaco frío. Elena nos mira a los dos, deteniéndose un segundo más en las marcas que asoman bajo el cuello de la blusa de Clara.
—Lo han hecho otra vez —dice, y no es una pregunta.
Clara deja el bolso sobre la mesa de madera oscura y extrae el manuscrito. Las páginas están húmedas en los bordes.
—Queremos destruirlo —explica con voz firme—. Quemarlo. Romperlo. Lo que sea necesario.
Elena niega con la cabeza despacio, como quien habla con niños que aún no entienden el alcance del peligro.
—Si lo queman, la maldición no desaparece. Solo se vuelve ciega y más hambrienta. Buscará otra forma de escribirse. A través de sueños, de espejos, de la propia sangre. Mi hermana intentó quemar el libro de su generación. Terminó escribiendo en las paredes con las uñas hasta que se le acabó la piel de los dedos.
Un escalofrío me recorre la espalda. Miro a Clara. Ella sostiene mi mirada sin pestañear.
—Entonces ¿qué propones? —pregunto.
Elena se acerca a la chimenea apagada y se queda un momento en silencio, observando las cenizas.
—Hay un ritual antiguo. Uno que solo puede realizarse cuando la mujer de la sangre Soler todavía recuerda quién es. Necesita la tinta del manuscrito… y el cuerpo de quien la ama lo suficiente como para arriesgarse a perderla. No es una ceremonia limpia. Es carnal. Es peligrosa. Y puede acelerar el olvido si falla.
Clara no duda.
—Hazlo.
Elena nos conduce a una habitación trasera que nunca había visto. Las paredes están forradas de estanterías bajas y hay una cama antigua con doseles de tela desgastada. Sobre una mesa pequeña hay un cuenco de cerámica, una pluma de ave y un frasco de tinta negra espesa. La madame abre el manuscrito por la última página escrita y, con un cuchillo pequeño, corta un trozo de papel. Lo introduce en el cuenco y añade unas gotas de la tinta. Luego se vuelve hacia nosotros.
—Deben unirse mientras la tinta todavía esté viva. Él debe escribir sobre la piel de ella las palabras que la anclan a este mundo. Su nombre. El de él. La afirmación de que esta historia les pertenece. Y deben hacerlo mientras el placer los ciega. Solo así la maldición puede confundirse y soltar su presa… o atraparlos a los dos para siempre.
El silencio que sigue es espeso. Elena sale de la habitación y cierra la puerta con suavidad. Nos deja solos con el cuenco, la pluma y el peso de lo que acabamos de escuchar.
Clara se acerca a mí. La lluvia golpea los cristales con fuerza. El ruido es constante, casi hipnótico. Ella empieza a desabotonarse la blusa con dedos firmes. La tela cae al suelo. Luego la falda. Queda solo en medias y zapatos, el cuerpo marcado por mis dientes y mis manos de las últimas horas. Me mira sin vergüenza.
—Escríbeme —susurra—. Antes de que olvide cómo se escribe mi propio nombre.
Me quito la ropa con la misma decisión. El aire frío de la habitación me roza la piel desnuda. Me acerco. Tomo la pluma y la humedezco en la tinta mezclada con el trozo de manuscrito. El olor es metálico y antiguo. Clara se tumba en la cama de doseles. Abre las piernas con lentitud, ofreciéndome no solo su cuerpo sino su confianza absoluta.
Empiezo por el interior de su muslo derecho. Trazo con cuidado las letras de su nombre: Clara. La tinta es fría al principio; ella se estremece. Luego escribo el mío más arriba, cerca de la ingle: Tomás. Cada trazo es lento, deliberado. La pluma roza su piel sensible y ella jadea. Cuando llego al vientre escribo la frase completa: «Esta historia nos pertenece». La tinta se extiende un poco con el calor de su cuerpo.
Dejo la pluma. Me arrodillo entre sus piernas y recorro con la lengua el camino de las palabras recién escritas. El sabor de la tinta se mezcla con el de su piel y con el deseo que ya brilla entre sus muslos. Clara gime y abre más las piernas. Lamo cada letra, cada curva, sintiendo cómo la tinta se diluye bajo mi lengua. Cuando llego a su centro la encuentro empapada. La recojo con la boca, lento, profundo, saboreándola mientras mis manos le sujetan las caderas.
—Dentro —pide con voz rota—. Te necesito dentro mientras la tinta todavía está fresca.
Subo por su cuerpo. La beso y le dejo probar el sabor de la tinta y de sí misma. Me coloco entre sus muslos y entro en ella con una embestida larga y profunda. El calor que me recibe es intenso, casi febril. Clara arquea la espalda y clava las uñas en mis hombros. Me muevo con un ritmo deliberado, profundo, mirando cómo las palabras escritas en su piel se deforman un poco con el movimiento de nuestros cuerpos.
Cada vez que me hundo hasta el fondo repito en voz baja su nombre y el mío. Ella responde. La lluvia arrecia afuera. El dosel de la cama se mueve ligeramente con la corriente de aire. Acelero. Una de mis manos baja y frota su clítoris con el pulgar al mismo tiempo que la penetro. Clara se tensa. Sus paredes se contraen alrededor de mí en oleadas fuertes y yo la sigo, derramándome dentro con un gemido grave mientras sigo moviéndome, prolongando el placer hasta que ambos temblamos sin control.
Nos quedamos unidos, sudorosos, la tinta corrida y mezclada con el semen que resbala entre sus muslos. Clara traza con el dedo las letras todavía visibles en su vientre.
—Todavía sé quién soy —susurra—. Clara. Y tú eres Tomás. Y esta página… sigue siendo nuestra.
De pronto, desde el salón, se oye la voz de Elena, tensa:
—Alguien ha entrado en la casa.
Me levanto de un salto. Me pongo el pantalón a toda prisa. Clara se cubre con la sábana. Abro la puerta de la habitación con cuidado. En el pasillo hay huellas de agua de lluvia sobre la madera. Mateo Soler está de pie en el umbral del salón, empapado, con una sonrisa fría y una nueva carpeta bajo el brazo.
—Qué escena tan… literaria —dice en voz baja—. La tinta en la piel. El ritual antiguo. Casi consigo que me emocione.
Clara aparece detrás de mí, envuelta en la sábana. Mateo la mira con una intensidad que me pone los pelos de punta.
—Has escrito sobre ella —continúa—. Qué romántico. Pero la tinta del manuscrito no se borra tan fácilmente. Mírale los ojos, detective.
Me vuelvo. Los ojos de Clara parpadean un segundo más de lo normal. Hay una sombra breve, como si algo intentara borrarse desde dentro.
—Tomás… —dice ella, y por un instante la voz le suena lejana—. ¿Cómo… cómo se llamaba mi madre?
El corazón se me cae al estómago. Elena aparece detrás de Mateo con un candelabro en la mano, el rostro desencajado.
Mateo abre la carpeta y muestra una página nueva.
—La siguiente escena ya está escrita —anuncia con suavidad—. En ella ella olvida el nombre de la madame. Luego el tuyo. Y al final solo queda una mujer hermosa y vacía esperando que alguien vuelva a escribirla.
Clara se aferra a mi brazo con fuerza. Sus dedos tiemblan.
—No —dice, y esta vez la voz le sale clara, combativa—. Todavía estoy aquí. Todavía soy yo.
Me coloco delante de ella. Miro a Mateo a los ojos.
—Entonces tendrás que pasarme por encima para terminar esa página.
Él inclina la cabeza, como aceptando un reto.
—Con mucho gusto, detective. Pero recuerde… cada vez que la toca, me da material nuevo. Y esta noche, por lo que veo, me ha dado páginas enteras.
La lluvia sigue golpeando los cristales. Dentro de la casa el aire se ha vuelto irrespirable. Clara aprieta mi mano. La tinta todavía se ve en su piel, corrida y hermosa. Y yo sé que la próxima batalla no se librará solo con palabras.
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