sábado

La pluma que nos posee

EL LADRÓN DE SUEÑOS

Título del capítulo: "Capitulo 3: La pluma que nos posee"

Reseña:

“La tensión ya no se respira: se traga.
Este capítulo eleva la amenaza a un nivel casi insoportable. Mateo deja de ser solo un escritor y se convierte en una presencia que anticipa cada gemido, cada embestida, cada rendición. El erotismo aquí es más crudo, más oscuro, más inevitable. Tomás y Clara ya no solo se desean: están siendo escritos mientras se poseen.
Un capítulo que te deja el corazón acelerado y la certeza inquietante de que la siguiente página… todavía está en blanco.”

La página del manuscrito sigue abierta en el suelo, como una herida que no deja de sangrar tinta. Clara me mira desde la cama, todavía temblando, con mi semen resbalándole por el interior del muslo. Yo estoy de pie, desnudo, sintiendo el frío de la habitación por primera vez.

—No puede ser —digo, pero mi voz suena hueca.

Ella se incorpora despacio. Toma el manuscrito con dedos temblorosos y lo acerca a la luz de la lámpara. Lee en voz alta, y cada palabra me golpea el pecho:

«El detective la sujetará por las muñecas. Entrará en ella con violencia dulce. Ella gritará contra su hombro y se correrá primero, apretándolo hasta casi hacerle daño. Él se derramará dentro poco después, profundo, marcándola.»

Todo. Exactamente todo.

Un golpe seco en la puerta nos hace levantar la cabeza al mismo tiempo. Tres golpes firmes. Clara se pone pálida.

—Es él —susurra.

Me visto a toda prisa. Ella se cubre con la sábana. Abro la puerta solo un palmo. Mateo Soler está allí, impecable, con una carpeta negra bajo el brazo y esa sonrisa que parece conocer el final de todas las historias.

—Buenas noches, detective. ¿Puedo pasar? Traigo el siguiente capítulo.

No le dejo entrar. Salgo al pasillo y cierro la puerta detrás de mí. La luz del candil de la escalera dibuja sombras largas en su rostro.

—¿Qué quiere?

—Que deje de pelear contra lo inevitable —responde con calma—. Clara está destinada a perderse en las palabras, igual que mi madre, igual que todas las mujeres de nuestra sangre. Usted solo está acelerando el proceso… de una forma bastante deliciosa, por cierto.

Lo agarro otra vez por la solapa, más fuerte que antes. Su espalda golpea la pared.

—Si vuelve a acercarse a ella, lo mato.

Mateo no pierde la compostura. Solo inclina la cabeza y susurra cerca de mi oído:

—Mire el reloj, Tomás. En exactamente siete minutos ella va a llamar su nombre desde la cama. Va a pedirle que la tome otra vez, pero esta vez de rodillas, mirándola a los ojos mientras le mete la lengua. Y usted lo hará. Porque ya no es usted quien decide.

Me suelta con suavidad y se aleja por el pasillo, dejando la carpeta en el suelo a mis pies. Cuando bajo la mirada, veo el título escrito a mano: Capítulo siguiente.

Vuelvo a entrar. Clara está de rodillas en el centro de la cama, la sábana caída hasta la cintura, los pechos al aire, los ojos oscuros de deseo y miedo. Exactamente como él predijo.

—Tomás… —mi nombre sale de su boca como una súplica—. Ven. Quiero verte la cara mientras me follas.

El reloj de la mesilla marca que han pasado casi siete minutos.

Me acerco como hipnotizado. Me arrodillo frente a ella en el colchón. Clara me toma la cara entre las manos y me besa con una urgencia desesperada. Luego se gira, se coloca a cuatro patas y me mira por encima del hombro, el cabello cayéndole sobre un lado de la cara.

—Así —dice—. Quiero sentirte hondo.

Entro en ella de un solo movimiento. Está tan mojada que el sonido es obsceno, húmedo, perfecto. La agarro de las caderas y empiezo a embestirla con fuerza, mirándola a los ojos todo el tiempo. Cada embestida hace que sus pechos se balanceen. Clara gime sin contenerse, sin miedo ya a que la oigan. Una de sus manos se desliza entre sus piernas y se frota mientras yo la penetro.

—Más… más profundo…

Obedezco. Me inclino sobre su espalda, le muerdo el hombro y empujo hasta el fondo una y otra vez. El placer sube tan rápido que casi duele. Cuando siento que ella se tensa, que sus paredes empiezan a contraerse alrededor de mí, le susurro al oído:

—Córrete para mí. Ahora.

Clara se rompe con un grito ahogado. Su cuerpo se estremece violentamente y yo la sigo segundos después, derramándome otra vez dentro de ella, empujando tan hondo que siento que podría perder la razón.

Caemos juntos sobre las sábanas. El manuscrito sigue en el suelo, abierto en una página en blanco.

Clara traza círculos perezosos en mi pecho con el dedo y dice, casi en un susurro:

—Hay una última página… que aún no ha escrito. Dice que solo nosotros podemos terminarla.

Fuera, la niebla golpea los cristales con más fuerza.
Dentro, el cuerpo de Clara sigue palpitando alrededor del mío, caliente, vivo, mío…
por ahora.

Y por primera vez desde que acepté este caso, entiendo que la maldición no es solo de los Soler.
También es mía.

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