lunes

La danza de la asfixia y el éxtasis

[En la playa, mientras las olas rompen contra las rocas, Luis domina a Cristina con un ritmo salvaje, sus dedos agarrando su cabello y su respiración caliente en su nuca, pero ella siente un chispazo de rebeldía. Sus manos se hunden en arena húmeda, le dan ancla y usa la sorpresa para girar el torso, empujando a Luis hacia atrás; él tropieza en la mezcla de agua y algas, cayendo contra la granito, aturdido pero con lujuria renovada. Cristina se para ante él, con el vestido hecho jirones, y le ordena: —Arrodíllate —, y él obedece, transformando su imponente figura en la de un hombre esperando órdenes. Luego le dice: —Usa tu boca —, y Luis se inclina, su lengua explorándola con devoción, mientras Cristina mira hacia abajo, sintiendo el calor del placer crecer. Cuando ella tira de su cabello para detenerlo, ordena: —Ahora te quiero dentro. Pero a mi manera —, y lo empuja hasta que se apoya en la roca, colocándose sobre él en posición de cowgirl, guiada por su mano. Se deja caer sobre él en un movimiento lento y luego empieza a moverse con un galope feroz, mientras Luis le agarra los pechos y le frota el clítoris con precisión. El doble estímulo empuja a Cristina al orgasmo, que la arrasa como un tsunami, haciéndola temblar y convulsionar, mientras Luis grita su nombre y ambos se pierden en la lujuria de la noche salada.]


La danza de la asfixia y el éxtasis


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Cristina y Luis se entregan a un juego erótico en la playa, donde ella domina con crueldad calculada, negándole el clímax y exigiendo sumisión. La tensión sexual y el poder se entrelazan en un ciclo vicioso de placer y humillación.
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El temblor de sus muslos no había cesado por completo, las contracciones tardías de su clímax aún sacudían sus paredes internas, pero la mirada de Cristina ya había recuperado ese filo de hambre insaciable que Luis conocía tan bien. No estaba dispuesta a dejar que la noche terminara en un simple clímax; el juego apenas empezaba. Con una agilidad que desmentía el agotamiento que debía sentir, levantó las caderas, liberando la erección de Luis que aún latía, húmeda y brillante bajo la luz de la luna. Sin desmontar, giró el torso con un movimiento fluido, felino, presentando su espalda al cielo estrellado y sus nalgas a la vista de él, antes de deslizar las rodillas hacia adelante hasta que sus muslos acorralaron la cabeza de Luis contra la roca rugosa.

El aire salado golpeó la piel de Cristina, pero lo que siguió fue un calor sofocante para él. Bajó las caderas con precisión quirúrgica, aplastando su coño, todavía pegajoso y hinchado por el orgasmo anterior, directamente contra la boca de Luis. No hubo tiempo para que él tomara aire; ella se estableció con todo su peso, obligándolo a respirar el aroma denso y metálico de su propio placer. Al mismo tiempo, se inclinó hacia adelante, buscando la erección de él que se alzaba como un mástil entre sus pechos, y la envolvió con sus labios.

—Vamos a ver quién la chupa mejor —susurró, la voz vibrando contra la carne de él antes de sumergirse de nuevo.

La geometría de sus cuerpos se cerró en un ciclo vicioso. Cada vez que Cristina bajaba la cabeza, tragándose la polla de Luis hasta el fondo de la garganta, sentía cómo el aire le faltaba y cómo su propio peso la empujaba hacia abajo, obligando a Luis a arquear el cuello y estirar la lengua para lamerla desde abajo. Era una lucha por la oxigenación y el dominio. Sus narices se rozaban en el espacio mínimo entre el vientre de él y el monte de ella; las respiraciones se entrelazaban, convirtiéndose en un único jadeo ronco que competía con el estruendo de las olas.

El juego se degradó rápidamente hacia algo primitivo. La saliva de Cristina, incapaz de contener el volumen y la profundidad de las embestidas, comenzó a escaparse en hilos brillantes que caían sobre la base del pene de Luis y se mezclaban con la arena adherida a su piel. Los gemidos de él quedaban ahogados por la carne de ella, vibrando en su clítoris en ondas de placer eléctrico. El olor a sexo crudo, a sudor y a mar impregnaba el aire, pesado y casi tangible. Luis intentó agarrar las caderas de ella para guiar el ritmo, pero ella rechazó el control, moviéndose con una cadencia tortuosa que lo mantenía al borde de la asfixia y el éxtasis simultáneos.

Fue entonces cuando sintió el espasmo. Los músculos del abdomen de Luis se contrajeron como cuerdas de un violín tenso, sus muslos temblaron bajo el peso de ella y su polla se hinchó peligrosamente dentro de su boca, anunciando el inminente estallido. Cristina, experta en leer las señales de su cuerpo, supo que estaba a un segundo de derramarse. En un acto de crueldad calculada, se levantó de golpe. La boca de Luis, de repente libre, aspiró aire con un sonido gutural, mientras su erección, ahora expuesta al frío de la noche, pulsaba en el vacío, abandonada en el umbral del dolor.

Cristina se deslizó hacia atrás ligeramente, dejando su coño justo fuera del alcance de la lengua de él, que intentaba alcanzarla instintivamente. Miró hacia abajo, hacia el rostro de Luis, deshecho, con los labios hinchados y brillantes, y escupió. Un globo de saliva cayó directamente sobre su mejilla, mezclándose con el sudor y el brillo de su piel. Luis parpadeó, aturdido, buscando sus ojos con una mezcla de súplica y frustración absoluta.

—Pídemelo —ordenó ella, su voz baja y cargada de un desprecio lujuroso—. Pídeme que te deje correrte como el perro que eres.


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