martes

Pasión y aventura con un guía en Egipto


Pasón y aventura con un guía en Egipto

Mi nombre es María y, mientras el avión se elevaba sobre El Cairo, comprendí que no había sido solo un affaire con el guía: había sido la manifestación pura de un deseo que llevaba años dormido en mí. Ahmed no era simplemente un hombre atractivo; era el catalizador que activó el circuito de recompensa de mi cerebro, esa anticipación dopaminérgica que convierte la espera en un tormento delicioso.
Desde el primer día en Giza, cada vez que su voz grave explicaba la eternidad de las pirámides, yo sentía un vacío entre las piernas que se llenaba de promesas. No deseaba su cuerpo solamente; deseaba la versión de mí que surgía cuando él me miraba. Lacan tenía razón: deseamos lo que creemos que el otro puede devolvernos de nosotros mismos. Ahmed representaba la libertad, la transgresión controlada, la mujer salvaje que mi vida ordenada en España había enterrado bajo responsabilidades y rutinas. Lejos de casa, el Ello freudiano emergía sin censura, exigiendo ser saciado.
Aquella tercera noche en el crucero por el Nilo, la anticipación ya me había empapado. Subí a cubierta sabiendo que lo encontraría. La brisa cálida pegaba la tela ligera a mis pezones endurecidos. Cuando Ahmed se acercó, su olor —mezcla de arena caliente, sudor limpio y especias— activó algo primitivo. No hubo palabras tiernas. Sus manos grandes tomaron mi rostro y me besó con hambre conquistadora, su lengua penetrando mi boca como preludio de lo que vendría. Mi coño palpitaba con esa tensión exquisita entre el querer y el tener.
—Eres el desierto hecho carne —murmuró mientras bajaba los tirantes de mi vestido. La prenda cayó, dejándome desnuda bajo la luna. Sus dedos recorrieron mis curvas con reverencia posesiva, apretando mis nalgas, separándolas ligeramente. Me arrodillé ante él, liberando su polla gruesa y venosa. El deseo de la novedad, ese efecto Coolidge que renueva el fuego con cada pareja distinta, me hizo devorarlo con avidez.
Lo lamí desde los testículos pesados hasta la cabeza brillante, succionando profundo, dejando que golpeara mi garganta mientras mis ojos llorosos lo miraban. Ahmed gruñía, enredando sus dedos en mi cabello, guiando el ritmo. El acto de someterme voluntariamente me excitaba aún más: era la rendición que mi apego cotidiano nunca permitía.

Me levantó con facilidad y me colocó contra la barandilla. Sus dedos exploraron mi sexo hinchado, dos de ellos curvándose dentro de mí, rozando ese punto que me hizo jadear y derramar más humedad por su mano.
—Tan mojada… tan lista para ser follada —dijo con voz ronca.
Empujó entonces su verga de un solo golpe certero, llenándome por completo. El estiramiento fue intenso, casi doloroso al principio, luego puro placer. Cada embestida profunda hacía rebotar mis pechos y arrancaba gemidos que la brisa se llevaba. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, reclamándome. Mientras me follaba con ritmo salvaje, pensé en cómo el deseo es siempre ambivalente: placer y sufrimiento, vacío y plenitud. Lo deseaba tanto que dolía, y ese dolor se convertía en éxtasis.
Cambiamos de posición. Sentado en el banco, me colocó a horcajadas. Cabalgué su polla con desesperación, girando las caderas, bajando hasta sentir sus huevos contra mi culo. Sus manos apretaban mis pezones, tirando de ellos, mientras su boca mordía mi cuello. El orgasmo me atravesó como una ola del Nilo: mis músculos internos se contrajeron violentamente alrededor de su grosor, y me corrí gritando su nombre, empapándolo con mis jugos. Ahmed rugió y explotó dentro de mí, chorros calientes y abundantes que sentí palpitar en lo más profundo, marcándome.
Pero el deseo no se sacia fácilmente. Durante los días siguientes, en Luxor y Asuán, robamos momentos que refinaban esa psicología del anhelo. En el templo de Karnak, me arrodillé en un rincón oscuro y le hice una mamada rápida y peligrosa, tragándome su semen mientras el grupo pasaba cerca. La transgresión aumentaba la dopamina: el riesgo de ser descubiertos convertía cada encuentro en algo más intenso. En la habitación de hotel, me folló por detrás contra la ventana, con el desierto iluminado como testigo. Su polla entraba y salía con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris hinchado. Luego, con aceites aromáticos, exploramos el placer prohibido: penetró mi culo lentamente, centímetro a centímetro, hasta que el dolor se transformó en un éxtasis oscuro y profundo. Me corrí más fuerte que nunca, sintiendo cómo el deseo revelaba capas de mí que desconocía.
Cada vez que me penetraba, cada vez que su lengua lamía mi coño hasta hacerme squirtear sobre las sábanas, no solo follábamos: estábamos negociando con la ausencia. Sabíamos que el viaje terminaría. Esa certeza alimentaba la urgencia. El deseo, como bien dice la psicología, se nutre de la escasez. Por eso lo deseaba con más fuerza cuando se alejaba para atender al grupo, y por eso mis muslos se humedecían al verlo caminar con esa seguridad masculina.
Ahora, mientras el avión se aleja de Egipto, mi cuerpo guarda las marcas sutiles: un leve moretón en la cadera, la sensibilidad entre mis piernas, el recuerdo de su semen escurriendo por mis muslos mientras fingía normalidad ante los demás. Ahmed no fue solo mi amante; fue el espejo donde vi mi propio deseo desnudo: esa fuerza que nos hace humanos, que nos empuja más allá de lo seguro hacia lo vivo.
Comprendí que el verdadero viaje no fueron las pirámides, sino el descenso a mi propio Ello, a esa tensión deliciosa entre lo que soy y lo que anhelo ser. Y aunque el avión me lleva de vuelta, sé que ese deseo no ha terminado. Solo espera el próximo detonante para despertar de nuevo.

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Crucero singles, deseo y pasión en alta mar


Crucero singles, deseo y pasión en alta mar

Elena contemplaba el atardecer caribeño desde la cubierta, con una copa de vino en la mano. A sus cincuenta años, su cuerpo ya no era el de la juventud, pero había ganado una presencia serena y poderosa: curvas suaves, senos maduros, caderas que hablaban de vida vivida. El divorcio la había liberado de años de silencios y obligaciones. Este crucero era su espacio de reencuentro consigo misma. La fiesta singles de esa noche no la atraía por la novedad frenética, sino por la posibilidad de una conexión auténtica, de esas que solo se valoran con la madurez.
Entró al salón con el vestido rojo que se ajustaba a su figura con elegancia, no con provocación adolescente. La música latina sonaba, pero ella no buscaba conquistas rápidas. Observaba. Y entonces apareció Marcos: cuarenta y ocho años, mirada profunda, hombros anchos y una calma que transmitía seguridad. Bailaron una bachata lenta. Sus cuerpos se acercaron sin prisa. La mano de él en su cintura no era posesiva, sino invitadora. Elena sintió un calor familiar, pero distinto: no era el fuego impulsivo de los veinte, sino un deseo responsivo, que nacía de la confianza y la anticipación compartida.
—Hay algo en tu forma de moverte… como si ya supieras exactamente lo que quieres —murmuró él cerca de su oído.
Ella sonrió, sintiéndose poderosa en su propia piel. A diferencia de décadas atrás, ya no dudaba de su atractivo. Sabía que su experiencia era un imán. Subieron a la suite de Marcos sin falsas prisas. Una vez dentro, la luz tenue reveló sus cuerpos tal como eran: imperfectos, reales, deseables.
Marcos la besó despacio, explorando sus labios con una mezcla de ternura y hambre contenida. Sus manos recorrieron la curva de su espalda, deteniéndose en cada relieve que el tiempo había esculpido. Elena se entregó al beso, sintiendo cómo el deseo crecía desde el centro de su pecho hacia abajo. Ya no necesitaba fingir urgencia; la madurez le había enseñado que el placer se construye, no se arrebata.
—Quiero sentirte de verdad —susurró ella, guiando las manos de él hacia sus senos.
Marcos bajó el escote con reverencia. Sus labios rodearon un pezón endurecido, succionando con lentitud experta mientras su lengua trazaba círculos que enviaban ondas de placer directo a su sexo. Elena gimió suavemente, enredando los dedos en su cabello. No había prisa por el orgasmo; quería saborear cada sensación. Él la desnudó con calma, besando cada tramo de piel: el cuello, la suave redondez del vientre, la cara interna de los muslos. Cuando separó sus piernas y hundió la boca en su intimidad, Elena arqueó la espalda con un suspiro largo. Su lengua lamía con paciencia, alternando presión en el clítoris hinchado y penetraciones suaves con los dedos. Estaba húmeda, generosamente húmeda, y esa humedad era prueba de un deseo maduro que respondía a la conexión, no solo al estímulo.
—Eres deliciosa… y tan receptiva —dijo él, levantando la mirada para conectar con la de ella.
Elena se sintió vista, verdaderamente deseada. Esa validación emocional multiplicaba su excitación. Se arrodilló ante él y tomó su miembro erecto con ambas manos. Lo acarició con lentitud, admirando su grosor y calor, antes de rodearlo con los labios. Chupó con dedicación, alternando succiones profundas y lamidas suaves por el tronco, mientras sus manos masajeaban sus testículos. Marcos gruñó de placer, pero no empujó; dejó que ella marcara el ritmo, disfrutando de la maestría que solo da la experiencia.
Lo tumbó en la cama y se colocó encima. Guió su polla hacia su entrada y descendió lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba por completo. Ambos suspiraron al unísono. Elena comenzó a moverse con cadencia sensual, rotando las caderas, apretando sus músculos internos alrededor de él. Sus senos rebotaban suavemente mientras él los acariciaba, pellizcando los pezones con la presión exacta que ella necesitaba. La fricción era deliciosa, profunda. No follaban; se fundían, explorando el placer mutuo con conciencia plena.
Marcos la giró con ternura y la penetró desde atrás, abrazándola contra su pecho. Una mano bajó hasta su clítoris, estimulándolo en círculos precisos mientras embestía con ritmo constante, ni demasiado rápido ni lento. Cada movimiento rozaba ese punto interno que la hacía temblar. Elena sentía el orgasmo aproximarse como una ola grande y lenta. No lo persiguió; se dejó llevar. Cuando llegó, fue intenso, profundo, contrayendo todo su cuerpo alrededor de él en espasmos prolongados. Gritó su nombre sin vergüenza, liberada.
Él no se detuvo. Cambiaron de nuevo, frente a frente, mirándose a los ojos. Las embestidas se volvieron más firmes, pero seguían siendo intencionadas. La conexión emocional era tan fuerte como la física. Elena susurró palabras sucias y tiernas a la vez, pidiéndole que se corriera dentro de ella. Marcos aceleró ligeramente, y con un gemido ronco eyaculó profundamente, llenándola con chorros calientes mientras ella experimentaba un segundo clímax, más suave pero igualmente satisfactorio.
Permanecieron entrelazados, respiraciones acompasadas, piel sudorosa contra piel. No hablaron de rendimiento ni de comparaciones. Hablaron de sensaciones, de lo que cada uno había sentido. Elena sonrió en la penumbra. A los cincuenta, el deseo ya no era una urgencia juvenil, sino una travesía compartida: más lento, más rico, más honesto. Sabía lo que quería, lo pedía sin pudor y lo recibía con gratitud. 
El crucero continuaba, pero ella ya había encontrado lo que buscaba: la plenitud de un placer maduro, sin máscaras ni prisas.
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El despertar de Anna


El despertar de Anna

Anna Keller contemplaba el paisaje de olivos retorcidos y tierra ocre que se extendía bajo el sol implacable de Andalucía. Veintitrés años, cuerpo esbelto de líneas nórdicas, piel lechosa salpicada de pecas que parecían constelaciones frías. Había huido de Zúrich y de su orden suizo, de horarios precisos y emociones contenidas, para sumergirse en el caos vital del Erasmus. En el tren a Sevilla, el destino le presentó un contraste brutal y magnético.

Don Miguel Ruiz tenía setenta años recién cumplidos. Alto, de porte erguido, cabello plateado y manos grandes, surcadas de venas como ríos antiguos. Sus ojos negros guardaban la memoria de una España que había transitado de la represión a la libertad desatada. Viudo desde hacía una década, conservaba el fuego de quien había aprendido que el tiempo no resta deseo, sino que lo afila. Cuando sus miradas se cruzaron, algo antiguo y prohibido vibró en el aire acondicionado del vagón.

Conversaron. Él hablaba con esa cadencia andaluza lenta, cargada de dobles sentidos; ella respondía con la curiosidad de quien ha sido educada para controlar cada impulso. Miguel le describía Sevilla como una mujer madura y complaciente: «Te abre las piernas sin pudor y te deja exhausta de placer». Anna sintió un calor líquido entre los muslos, una humedad traicionera que empapaba la fina tela de su ropa interior. La diferencia de edad, lejos de escandalizarla, la excitaba con fuerza insospechada. Era la encarnación de lo que su cuerpo joven y disciplinado jamás había probado: experiencia sin prisa, maestría sin culpa.

Al llegar a Santa Justa, aceptó su invitación. El taxi atravesó el barrio de Santa Cruz entre naranjos en flor y patios secretos. El apartamento de Miguel era un refugio de azulejos antiguos, muebles oscuros y olor a madera vieja y jazmín. Apenas cruzaron el umbral, él la arrinconó contra la pared con una autoridad serena. El beso fue profundo, sabio. Su lengua exploraba la boca de Anna como quien conoce cada rincón del placer. Las manos del hombre descendieron por su espalda, levantaron la falda y apretaron sus nalgas firmes, separándolas ligeramente.

—Eres nieve suiza que quiere derretirse —murmuró contra su cuello, mordiendo con precisión.

La desnudó con lentitud deliberada, como quien desenvuelve un regalo esperado durante décadas. Cuando sus pechos pequeños y erguidos quedaron al descubierto, Miguel los veneró con la boca. Chupaba los pezones rosados con hambre contenida, alternando succiones fuertes que arrancaban gemidos agudos a Anna y lametones suaves que la hacían temblar. Bajó hasta su sexo, ya hinchado y brillante. Separó los labios delicados con los pulgares y hundió la lengua en su interior, saboreando su juventud dulce y abundante. Dos dedos gruesos penetraron su estrechez mientras la boca se cerraba sobre el clítoris, succionando con ritmo experto. Anna se corrió por primera vez con violencia, gritando en alemán palabras entrecortadas, sus jugos resbalando por la barbilla plateada de Miguel.

Él se irguió. Su polla, gruesa, venosa y completamente erecta, apuntaba hacia ella como un desafío. Anna se arrodilló, fascinada por aquella virilidad madura. La tomó con ambas manos y la introdujo en su boca, lamiendo la cabeza gruesa, bajando por el tronco palpitante hasta sentirlo golpear el fondo de su garganta. Miguel enredó los dedos en su cabello rubio y marcó un ritmo lento pero profundo, disfrutando de la visión de aquella joven extranjera entregada.

La levantó y la llevó a la cama. La colocó a cuatro patas y entró en ella de un solo empellón, llenándola por completo. Anna sintió cada centímetro estirando sus paredes, rozando puntos que nadie había alcanzado con tanta precisión. Las embestidas eran potentes, cadenciosas, acompañadas de cachetadas firmes en sus nalgas blancas que dejaban marcas rojas. El sonido húmedo de la carne, los gemidos, el olor a sexo y a azahar que entraba por el balcón creaban una sinfonía primitiva.

—Córrete para mí, pequeña —ordenó Miguel con voz ronca.

Y Anna obedeció, convulsionando alrededor de su polla. Él no se detuvo. La giró, le levantó las piernas sobre sus hombros y penetró aún más profundo, follándola con una mezcla de ternura y dominación que la deshacía. Cuando finalmente se derramó dentro de ella, chorros calientes y abundantes inundaron su útero. Anna alcanzó un segundo orgasmo más devastador, lágrimas de placer resbalando por sus mejillas.

Durante las semanas siguientes, Sevilla se convirtió en testigo de su romance secreto. En callejones oscuros se besaban con urgencia; en la ducha, Miguel la tomaba contra los azulejos mientras el agua caliente caía sobre sus cuerpos; en la terraza, bajo las estrellas, Anna cabalgaba sobre él con abandono total, sus pechos bailando al ritmo de sus caderas. Descubrió el placer de rendirse, de ser guiada por manos que sabían exactamente dónde y cómo tocar. La rigidez suiza se disolvía en sudor, semen y gemidos.

En aquella relación, Anna encontró más que sexo: encontró la liberación de su propio cuerpo. Miguel representaba la España carnal, generosa y sin complejos que había tardado décadas en reconocerse a sí misma. Ella, la joven europea del norte, aprendía que el deseo no tiene edad cuando se cultiva con maestría y respeto.

Al final del Erasmus, mientras el tren salía de Sevilla, Anna llevaba en la piel las marcas dulces de una iniciación profunda. Sabía que nunca volvería a ser la misma.


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Un trio con sabor a Africa

Un trio con sabor a África

Trini llegó al caer la tarde, cuando el bosque que rodeaba la casa de Adela exhalaba un vapor caliente, cargado de resina y tierra mojada, como si la propia naturaleza sudara de anticipación. Habían pasado dos semanas sin verla y su cuerpo de diecinueve años era un tambor tenso: senos pesados, vientre que se contraía solo con el recuerdo de aquellos dedos maduros enseñándole el camino secreto hacia el placer. Adela, era viuda de cincuenta años, con la carne generosa y sabia que el luto no había apagado su fuego, la esperaba en la puerta. Su abrazo fue lento, profundo, un mestizaje de pieles blancas y memorias compartidas.

—Traje algo que va a hacerte vibrar por dentro —murmuró Adela contra su cuello, y Trini sintió cómo se humedecía al instante.

Dentro, bajo la luz ámbar de las lámparas, Kwame aguardaba. Treinta años, cuerpo de ébano pulido por el sol de Africa y trabajos duros, hombros anchos como cerros y una quietud felina que contrastaba con la tormenta que prometía. Hijo de un continente que latía en sus venas, se había cruzado en la vida de Adela como un vendaval que derriba conventos. Trini lo miró y sintió la transgresión: dos generaciones de mujeres latinas, criadas entre rezos y culpas, a punto de devorar y ser devoradas por esa fuerza vital.

La cena fue preludio sensual. Adela deslizaba la mano bajo la mesa, rozando el muslo de Trini hasta encontrar la tela empapada de sus bragas, mientras Kwame servía vino tinto con dedos gruesos que imaginaban ya otras humedades. Hablaban poco. Las miradas bastaban: la curiosidad febril de Trini, la complicidad lujuriosa de Adela, la calma depredadora de Kwame.

Cuando los platos quedaron vacíos, Adela tomó el mando con esa autoridad serena de quien ha sobrevivido a la muerte y ya no teme nada. Desnudó primero a Kwame. La camisa cayó revelando un torso esculpido por cicatrices leves y una línea de vello oscuro que bajaba como sendero hacia el misterio. Su miembro surgió pesado, vivo, de una negrura aterciopelada que palpitaba con pulso propio, curvándose ligeramente hacia arriba como invitando a la entrega total. No era solo carne; era presencia, calor que irradiaba y olía a tierra mojada y deseo crudo.

Adela cogió un cojín del sofá y se arrodilló con devoción pagana y agarrando su falo con sus manos lo llevó a su boca. Su lengua recorrió la longitud con lentitud barroca, saboreando cada centímetro, cada latido.

Trini dejándose llevar se unió a la escena, guiada por la mano de su mentora. Sus lenguas se encontraron alrededor de aquella columna ardiente, lamiendo, succionando, compartiendo el gusto salado y terroso que les hacía gemir. Kwame enredaba los dedos en sus cabellos, gruñendo bajo en un idioma que parecía venir de las raíces del mundo.

Seguidamente, y después de disfrutar de ese manjar enloquecedor lo llevaron al dormitorio, donde la cama grande esperaba como altar de sacrificio. Adela se tumbó primero, abriendo las piernas con la generosidad de quien ya conoce todos los placeres y aún quiere más. Kwame posicionándose entre sus muslos la penetró, entró en ella con un empujón profundo, controlado, que arrancó un gemido gutural de la viuda. Trini observaba hipnotizada el contraste hipnótico: la piel clara y madura de Adela tragándose aquella oscuridad vibrante, los pechos generosos balanceándose al ritmo de las embestidas, el sonido húmedo y carnoso de la penetración llenando el aire como tambores lejanos. Mientras Trini masajeába los pechos de su amiga, excitando sus pezones para conectar el placer con su sexo húmedo y palpitante.

—Ahora tú, mi niña —jadeó Adela, separándose con un suspiro empapado.

Trini se colocó a cuatro patas, temblando. Kwame frotó la cabeza gruesa de su pene contra sus pliegues hinchados, escupiendo en su coño rubricándola con sus propios jugos y los de ella. Entró despacio, abriéndola, llenándola hasta tocar lugares que ni sus noches solitarias habían alcanzado. Trini gritó, un grito que era liberación y deseo al mismo tiempo. Sentía cada centímetro como una conquista: la presión deliciosa, el calor que la quemaba por dentro, el roce constante contra ese punto secreto que la hacía convulsionar.

Adela se colocó delante, ofreciéndole su sexo maduro, abierto y brillante para que se lo follara con su boca. Trini lamió con avidez mientras Kwame aceleraba el ritmo, sus caderas chocando contra sus nalgas jóvenes en un compás ancestral. El aire se volvió denso: olor a sudor, a sexo, a frutas maduras y tierra removida. Cambiaron posiciones con fluidez natural. Trini cabalgó sobre Kwame, sintiendo cómo aquella presencia la atravesaba hasta el fondo, mientras Adela besaba sus pechos, mordía sus pezones y frotaba su clítoris hinchado con dedos expertos. Luego Adela montó al hombre con furia de viuda liberada, sus caderas rotando en círculos sabios, y Trini se sentó sobre el rostro de Kwame, dejando que su lengua experta explorara cada pliegue, cada secreto.

El orgasmo las tomó como una ola tropical. Primero Trini, arqueándose, contrayéndose alrededor de aquella carne que la colmaba, gritando contra la boca de Adela en un beso húmedo y desesperado. Adela la siguió, derramándose en espasmos que sacudieron su cuerpo entero. Kwame se retiró al final y derramó su semilla caliente sobre los pechos de ambas, un rocío espeso que ellas recogieron con las lenguas en un beso compartido, sucio y sagrado, celebrando el mestizaje de fluidos y generaciones.

Quedaron entrelazadas, sudorosas, respirando el aire cargado de la habitación. Dos mujeres latinas —una en la ebullición de la juventud, otra en la plenitud sabia de la madurez— que habían encontrado en un hombre africano la llave para abrir todos los candados del deseo. Fuera, el bosque seguía murmurando. Dentro, la noche apenas empezaba a saborearse.

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lunes

La alumna y el profesor

Mi nombre es Lorena, una chica de 18 años recién cumplidos, obsesionada con el sexo desde los 14. Me masturbo todos los días, a veces dos o tres veces, hundiendo los dedos en mi coño húmedo mientras imagino pollas gruesas abriéndome. Acabo de terminar el bachillerato y mi vida es un caos: mis padres al borde del divorcio, gritos y portazos constantes, calificaciones desastrosas y la amenaza de repetir el año. No podía permitirlo. En un acto de pura desesperación y excitación, decidí usar mi cuerpo joven y sensual para salvar mi futuro. Usaría mi coño apretado, mis tetas firmes y mi boca ansiosa con el profesor Camilo.


Camilo tenía más de 50 años, cabello casi blanco, bigote anticuado y gafas de marco grueso que le daban un aire severo y autoritario. Su barriga suave no ocultaba su presencia magnética ni el bulto prominente que se marcaba en sus pantalones cuando caminaba entre los pupitres. Sus compañeras susurraban sobre su culo firme. Yo fantaseaba con esa polla gruesa que imaginaba venosa y pesada.
Esa mañana lo intercepté en el aparcamiento. Llevaba mi uniforme escolar provocador: falda escocesa roja y verde tan corta que apenas cubría la mitad de mis muslos, camisa blanca con botones desabrochados dejando ver el encaje rosa de mi push-up, calcetines blancos hasta las rodillas y tanga rosa diminuta que se hundía entre mis nalgas. Mi coño ya estaba empapado, el roce de la tela contra mi clítoris me tenía al borde.

—Profesor Camilo… —susurré acercándome, dejando que mi perfume dulce lo envolviera.
Hablamos. Le conté mis problemas y le ofrecí lo que fuera. Sus ojos se oscurecieron de deseo.
—¿Lo que sea, Lorena? —gruñó.

—Sí, profesor. Lo que sea. Por favor.

Quedamos para el sábado en su casa. Debía ir con el uniforme.

El sábado llegué quince minutos antes, temblando de nervios y excitación. Mi tanga estaba empapada desde que me desperté. Camilo abrió la puerta con una camisa desabotonada que mostraba su pecho velludo y pantalones que marcaban su enorme bulto. Me hizo pasar y dio las reglas: no hablar sin permiso, obedecer todo con entusiasmo, y mi nota dependería de mi rendimiento.

Subí las escaleras sabiendo que sería suya. La habitación era un templo del placer: cama grande, columpio sexual colgando del techo, sillón y mesa. Camilo se colocó detrás de mí, levantó mi falda y apretó mis nalgas con fuerza.

—Qué culo tan perfecto y jugoso —gruñó, dando una nalgada fuerte que me hizo gemir. Sus dedos rozaron mi tanga empapada—. Joder, estás chorreando, pequeña puta.

Me abrazó por detrás, frotando su polla dura contra mi culo mientras desabotonaba mi camisa. Mis tetas saltaron libres. Pellizcó mis pezones duros, tirando de ellos, enviando descargas directas a mi coño. Bajó la mano y metió dos dedos gruesos en mi vagina resbaladiza.

—Así, abre ese coño para mí —susurró, follándome con los dedos mientras su pulgar excitaba mi clítoris hinchado—. Tan apretada, tan caliente y húmeda.

Gemí fuerte, moviendo las caderas contra su mano. Sacó los dedos y me los metió en la boca.—Chupa, prueba lo rica que estás.

Obedecí, lamiendo mi propia excitación salada. Me llevó a la cama, me quitó la falda y abrió mis piernas. Se arrodilló, subió mis calcetines blancos y enterró la cara entre mis muslos. Su lengua lamió toda mi raja de abajo hacia arriba.

—¡Así, lame mi coño! —gemí rompiendo la regla, pero él siguió con más ganas—. ¡Excita mi clítoris, profesor!

Succionó mi clítoris hinchado, metiendo la lengua dentro de mí, sorbiendo mis jugos. Mis caderas se movían solas contra su boca. Estaba al borde.

—No pares… ¡me corro, me corro! —grité, convulsionando mientras un orgasmo potente me inundaba, empapando su barba y la cama.

Se levantó, su polla marcando la tela. Ordenó que lo desabrochara. Bajé sus pantalones y su enorme verga saltó libre: 23 centímetros de grosor, venas palpitantes, glande rojo e hinchado goteando preseminal.—Chúpala —ordenó.

Intenté, pero apenas entraba. Lamí el glande salado, girando la lengua alrededor. Camilo gruñó y llamó a su esposa.

Sofía entró, 43 años, rubia, curvas generosas, tetas grandes y firmes, coño depilado con un pequeño triángulo dorado. Se desnudó y se arrodilló a mi lado.

—Enséñale a esta novata cómo se mama una polla de verdad —dijo Camilo.

Sofía lamió toda la longitud, chupó los huevos, masturbó la base mientras su boca tragaba más. Me acercó y lamí junto a ella, nuestras lenguas tocándose alrededor del glande. El sabor era adictivo. Camilo tomó mi cabeza y folló mi boca más profundo, hasta que arcadas me hicieron babear.

—Aprieta más, Lorena. ¡Así!

Cuando estaba a punto, sacó su polla y se corrió con fuerza. Chorros espesos de semen caliente golpearon mi lengua, mi cara, mis tetas y mi cabello. Tragué lo que pude, gimiendo. Sofía se tocaba en la cama, metiendo dedos en su coño chorreante.

—¡Umm, me estoy corriendo! —gritó ella, convulsionando.

Nos subimos a la cama. Sofía abrió las piernas. Me puse a cuatro patas y hundí mi lengua en su coño dulce y salado.

—Así, lame mi coño, Lorena —jadeó Sofía, sujetando mi cabeza contra su clítoris.

Mientras yo la devoraba, Camilo se puso un condón y colocó su polla gruesa en mi entrada. Empujó lento pero firme, dilatando mi coño joven centímetro a centímetro.

—¡Joder, qué apretada estás! —gruñó.

Empezó a follarme con embestidas profundas y fuertes. Cada golpe hacía que mi cara se hundiera más en el coño de Sofía. Sentía sus huevos golpear mi clítoris, su polla llenándome completamente, rozando puntos que me hacían ver estrellas.

—No pares, profesor… ¡fóllame más fuerte! —supliqué entre lamidas—. ¡Así, excita mi clítoris con tu polla!Sofía vibraba con un juguete contra su clítoris mientras yo chupaba sus labios y metía la lengua dentro.

—¡Me corro, me corro en tu boca! —gritó Sofía, inundándome con sus jugos dulces mientras temblaba.Camilo aceleró, sus manos apretando mis caderas, dándome nalgadas que resonaban. Mi coño lo apretaba, succionándolo.

—¡No pares, no pares! ¡Me voy a correr de nuevo! —grité.

Un orgasmo devastador me atravesó. Mi coño convulsionó alrededor de su polla gruesa, ordeñándola. Camilo gruñó y se corrió dentro del condón, llenándolo con chorros calientes mientras seguía empujando.Caímos agotados, sudorosos y cubiertos de fluidos. Camilo confesó que Sofía sabía todo y que le había mostrado una foto mía. Ella lamió mi cara, limpiando semen.

—Eres deliciosa, Lorena —susurró Sofía, besándome. Nuestras lenguas se enredaron, compartiendo el sabor de Camilo.

Descansamos un rato, tocándonos suavemente. Mis dedos jugaban con el coño aún sensible de Sofía, y ella acariciaba mi clítoris hinchado. Camilo recuperaba fuerzas viendo cómo nos besábamos y nos tocábamos.

—Quiero más —dije, mirando el columpio.

Sofía sonrió con picardía.

—Vuelve otro día y te subiremos ahí. Camilo te follará mientras yo te como el coño y te meto el vibrador. Te haremos correrte hasta que no puedas más.

Me vestí con el uniforme manchado de semen y jugos, el cuerpo saciado pero ya deseando más. Salí con mi 10 asegurado, el sabor de ambos en la boca y la promesa de nuevas lecciones en ese columpio que me tendría masturbándome durante noches enteras.

En casa, esa misma noche, me metí en la ducha y recordé cada detalle. Mis dedos volvieron a mi coño hinchado. Me corrí pensando en la polla de Camilo abriéndome, en la lengua de Sofía en mi clítoris y en las próximas sesiones donde sería su juguete sexual personal. El sexo prohibido con ellos se había convertido en mi nueva adicción.

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Pasión y aventura con un guía en Egipto

Pasón y aventura con un guía en Egipto Mi nombre es María y, mientras el avión se elevaba sobre El Cairo, comprendí que no había sido solo u...