Mi nombre es Lorena, una chica de 18 años recién cumplidos, obsesionada con el sexo desde los 14. Me masturbo todos los días, a veces dos o tres veces, hundiendo los dedos en mi coño húmedo mientras imagino pollas gruesas abriéndome. Acabo de terminar el bachillerato y mi vida es un caos: mis padres al borde del divorcio, gritos y portazos constantes, calificaciones desastrosas y la amenaza de repetir el año. No podía permitirlo. En un acto de pura desesperación y excitación, decidí usar mi cuerpo joven y sensual para salvar mi futuro. Usaría mi coño apretado, mis tetas firmes y mi boca ansiosa con el profesor Camilo.
Camilo tenía más de 50 años, cabello casi blanco, bigote anticuado y gafas de marco grueso que le daban un aire severo y autoritario. Su barriga suave no ocultaba su presencia magnética ni el bulto prominente que se marcaba en sus pantalones cuando caminaba entre los pupitres. Sus compañeras susurraban sobre su culo firme. Yo fantaseaba con esa polla gruesa que imaginaba venosa y pesada.
Esa mañana lo intercepté en el aparcamiento. Llevaba mi uniforme escolar provocador: falda escocesa roja y verde tan corta que apenas cubría la mitad de mis muslos, camisa blanca con botones desabrochados dejando ver el encaje rosa de mi push-up, calcetines blancos hasta las rodillas y tanga rosa diminuta que se hundía entre mis nalgas. Mi coño ya estaba empapado, el roce de la tela contra mi clítoris me tenía al borde.
—Profesor Camilo… —susurré acercándome, dejando que mi perfume dulce lo envolviera.
Hablamos. Le conté mis problemas y le ofrecí lo que fuera. Sus ojos se oscurecieron de deseo.
—¿Lo que sea, Lorena? —gruñó.
—Sí, profesor. Lo que sea. Por favor.
Quedamos para el sábado en su casa. Debía ir con el uniforme.
El sábado llegué quince minutos antes, temblando de nervios y excitación. Mi tanga estaba empapada desde que me desperté. Camilo abrió la puerta con una camisa desabotonada que mostraba su pecho velludo y pantalones que marcaban su enorme bulto. Me hizo pasar y dio las reglas: no hablar sin permiso, obedecer todo con entusiasmo, y mi nota dependería de mi rendimiento.
Subí las escaleras sabiendo que sería suya. La habitación era un templo del placer: cama grande, columpio sexual colgando del techo, sillón y mesa. Camilo se colocó detrás de mí, levantó mi falda y apretó mis nalgas con fuerza.
—Qué culo tan perfecto y jugoso —gruñó, dando una nalgada fuerte que me hizo gemir. Sus dedos rozaron mi tanga empapada—. Joder, estás chorreando, pequeña puta.
Me abrazó por detrás, frotando su polla dura contra mi culo mientras desabotonaba mi camisa. Mis tetas saltaron libres. Pellizcó mis pezones duros, tirando de ellos, enviando descargas directas a mi coño. Bajó la mano y metió dos dedos gruesos en mi vagina resbaladiza.
—Así, abre ese coño para mí —susurró, follándome con los dedos mientras su pulgar excitaba mi clítoris hinchado—. Tan apretada, tan caliente y húmeda.
Gemí fuerte, moviendo las caderas contra su mano. Sacó los dedos y me los metió en la boca.—Chupa, prueba lo rica que estás.
Obedecí, lamiendo mi propia excitación salada. Me llevó a la cama, me quitó la falda y abrió mis piernas. Se arrodilló, subió mis calcetines blancos y enterró la cara entre mis muslos. Su lengua lamió toda mi raja de abajo hacia arriba.
—¡Así, lame mi coño! —gemí rompiendo la regla, pero él siguió con más ganas—. ¡Excita mi clítoris, profesor!
Succionó mi clítoris hinchado, metiendo la lengua dentro de mí, sorbiendo mis jugos. Mis caderas se movían solas contra su boca. Estaba al borde.
—No pares… ¡me corro, me corro! —grité, convulsionando mientras un orgasmo potente me inundaba, empapando su barba y la cama.
Se levantó, su polla marcando la tela. Ordenó que lo desabrochara. Bajé sus pantalones y su enorme verga saltó libre: 23 centímetros de grosor, venas palpitantes, glande rojo e hinchado goteando preseminal.—Chúpala —ordenó.
Intenté, pero apenas entraba. Lamí el glande salado, girando la lengua alrededor. Camilo gruñó y llamó a su esposa.
Sofía entró, 43 años, rubia, curvas generosas, tetas grandes y firmes, coño depilado con un pequeño triángulo dorado. Se desnudó y se arrodilló a mi lado.
—Enséñale a esta novata cómo se mama una polla de verdad —dijo Camilo.
Sofía lamió toda la longitud, chupó los huevos, masturbó la base mientras su boca tragaba más. Me acercó y lamí junto a ella, nuestras lenguas tocándose alrededor del glande. El sabor era adictivo. Camilo tomó mi cabeza y folló mi boca más profundo, hasta que arcadas me hicieron babear.
—Aprieta más, Lorena. ¡Así!
Cuando estaba a punto, sacó su polla y se corrió con fuerza. Chorros espesos de semen caliente golpearon mi lengua, mi cara, mis tetas y mi cabello. Tragué lo que pude, gimiendo. Sofía se tocaba en la cama, metiendo dedos en su coño chorreante.
—¡Umm, me estoy corriendo! —gritó ella, convulsionando.
Nos subimos a la cama. Sofía abrió las piernas. Me puse a cuatro patas y hundí mi lengua en su coño dulce y salado.
—Así, lame mi coño, Lorena —jadeó Sofía, sujetando mi cabeza contra su clítoris.
Mientras yo la devoraba, Camilo se puso un condón y colocó su polla gruesa en mi entrada. Empujó lento pero firme, dilatando mi coño joven centímetro a centímetro.
—¡Joder, qué apretada estás! —gruñó.
Empezó a follarme con embestidas profundas y fuertes. Cada golpe hacía que mi cara se hundiera más en el coño de Sofía. Sentía sus huevos golpear mi clítoris, su polla llenándome completamente, rozando puntos que me hacían ver estrellas.
—No pares, profesor… ¡fóllame más fuerte! —supliqué entre lamidas—. ¡Así, excita mi clítoris con tu polla!Sofía vibraba con un juguete contra su clítoris mientras yo chupaba sus labios y metía la lengua dentro.
—¡Me corro, me corro en tu boca! —gritó Sofía, inundándome con sus jugos dulces mientras temblaba.Camilo aceleró, sus manos apretando mis caderas, dándome nalgadas que resonaban. Mi coño lo apretaba, succionándolo.
—¡No pares, no pares! ¡Me voy a correr de nuevo! —grité.
Un orgasmo devastador me atravesó. Mi coño convulsionó alrededor de su polla gruesa, ordeñándola. Camilo gruñó y se corrió dentro del condón, llenándolo con chorros calientes mientras seguía empujando.Caímos agotados, sudorosos y cubiertos de fluidos. Camilo confesó que Sofía sabía todo y que le había mostrado una foto mía. Ella lamió mi cara, limpiando semen.
—Eres deliciosa, Lorena —susurró Sofía, besándome. Nuestras lenguas se enredaron, compartiendo el sabor de Camilo.
Descansamos un rato, tocándonos suavemente. Mis dedos jugaban con el coño aún sensible de Sofía, y ella acariciaba mi clítoris hinchado. Camilo recuperaba fuerzas viendo cómo nos besábamos y nos tocábamos.
—Quiero más —dije, mirando el columpio.
Sofía sonrió con picardía.
—Vuelve otro día y te subiremos ahí. Camilo te follará mientras yo te como el coño y te meto el vibrador. Te haremos correrte hasta que no puedas más.
Me vestí con el uniforme manchado de semen y jugos, el cuerpo saciado pero ya deseando más. Salí con mi 10 asegurado, el sabor de ambos en la boca y la promesa de nuevas lecciones en ese columpio que me tendría masturbándome durante noches enteras.
En casa, esa misma noche, me metí en la ducha y recordé cada detalle. Mis dedos volvieron a mi coño hinchado. Me corrí pensando en la polla de Camilo abriéndome, en la lengua de Sofía en mi clítoris y en las próximas sesiones donde sería su juguete sexual personal. El sexo prohibido con ellos se había convertido en mi nueva adicción.
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