Me encuentro tendida en la cama de mi dormitorio, envuelta en la penumbra dorada de la lámpara de noche que apenas ilumina las curvas de mi cuerpo maduro. Tengo setenta y cuatro años, pero esta noche mi piel arde como la de una mujer que descubre el placer por primera vez. La lencería negra de encaje se adhiere a mis senos pesados, realzando los pezones que ya se endurecen contra la tela translúcida. El tanga a juego se hunde suavemente entre mis nalgas, rozando la humedad que comienza a brotar de mi coño peludo y maduro, hinchado de deseo acumulado.
Respiro hondo, inhalando el aroma sutil de mi propio cuerpo: una mezcla de crema hidratante de vainilla y el almizcle íntimo que se despierta entre mis muslos. Mis manos, surcadas por venas delicadas pero aún suaves al tacto, recorren lentamente mis piernas desde los tobillos hasta las rodillas. Separo los muslos con deliberada lentitud, sintiendo cómo el aire fresco de la habitación besa la piel expuesta. El espejo del armario frente a la cama refleja mi imagen: una mujer de cabello plateado suelto sobre los hombros, labios pintados de rojo intenso, ojos entornados por el placer anticipado. No soy joven, pero soy pura sensualidad en este instante.
Deslizo una mano por mi vientre, sintiendo la suavidad de la carne que ha conocido partos, caricias y años de vida. Me viene a la memoria las veces que mi marido me amó, sacándome el placer que brotaba de mi coño. Mis dedos se detienen en el borde del tanga y lo aparto con un gesto preciso, exponiendo la longitud de mi coño ya mojado. El clítoris palpita sensible, saliendo de su funda entre el bello que lo esconde, reclamando atención. Lo rozo apenas con la yema del dedo índice y un gemido bajo escapa de mi garganta, grave y ronco, cargado de años de contención.
"Sí...", susurro para mí misma, y el sonido de mi voz me excita más.
Comienzo a trazar círculos lentos alrededor de mi botón hinchado, presionando con la justa intensidad para que el placer se expanda como ondas en un lago quieto. Mi otra mano sube hasta uno de mis senos, lo libera del encaje y pellizca el pezón con fuerza. El dolor dulce se mezcla con el calor que crece entre mis piernas. Imagino que no estoy sola. Fantaseo con las manos grandes de Fernando, su boca hambrienta cuando succionaba estos pechos caídos pero aún llenos, su lengua que recorra cada pliegue de mi coño mientras yo me lo abría para que lamiera. Pero no estaba, era yo, hacia ya 25 años que nos habíamos separado. Mis caderas se elevan instintivamente, buscando más fricción.
Aumento el ritmo de mis dedos, ahora deslizándolos hacia abajo para hundir dos en mi interior. Estoy empapada. El sonido húmedo, obsceno y delicioso, llena la habitación mientras los muevo dentro y fuera, curvándolos para rozar ese punto que me hace jadear, el punto G. Mi coño palpita alrededor de ellos, apretándolos como si quisiera retenerlos para siempre. Saco los dedos un instante y los llevo a mi boca, probando mi propio sabor salado y dulce. Chupo con avidez, imaginando que es la polla de Fernando o de un amante joven que me mira con lujuria mientras me follo a mí misma.
Vuelvo a penetrarme, esta vez con tres dedos, abriéndome más. Mi clítoris late con fuerza y lo froto con la palma de la mano mientras mis caderas se mueven en círculos. El encaje del tanga, ahora empapado, roza mi ano y añado una nueva sensación: presiono con el pulgar de la otra mano contra esa entrada prohibida, sin entrar del todo, solo tentándola. Un escalofrío recorre mi columna. Soy una vieja viciosa, me digo, y esa palabra me hace sonreír con lujuria. Vieja, sí, pero mi cuerpo responde con la misma intensidad de siempre, quizá más, porque ahora sé exactamente lo que quiero.
El placer se acumula en mi bajo vientre como una tormenta. Mis pezones están tan duros que duelen. Aprieto uno con fuerza mientras mis dedos follan mi coño con ritmo creciente. El sudor perla mi escote, haciendo brillar la piel bajo la luz de la lampara en la mesita de noche. Mis gemidos se convierten en jadeos entrecortados: "Más... más profundo... así...". Recuerdo aquellas noches lejanas, el cuerpo joven de Fernando, y su polla, justo la medida que mi coño admitía penetrándome con fuerza, pero esta noche soy yo quien controla cada sensación. Soy dueña de mi placer.
Me incorporo ligeramente, apoyándome en las almohadas, y abro más las piernas hasta casi tocar mis hombros con las rodillas. La posición expone completamente mi sexo hinchado, rosado y brillante de jugos. Cuatro dedos ahora, estirándome, llenándome. Mi clítoris recibe atención constante: lo pellizco, lo froto, lo golpeo suavemente con las yemas. El orgasmo se acerca como una ola gigantesca. Siento cómo mis paredes internas se contraen, cómo mi ano se aprieta en respuesta.
No quiero que termine aún. Retiro los dedos y uso ambas manos para abrir mis labios mayores, exponiendo el interior brillante. Soplo suavemente sobre mi clítoris y el frío me hace estremecer. Luego vuelvo a masturbarme con furia contenida, alternando velocidad: lento para saborear, rápido para enloquecer. Mis senos rebotan con cada movimiento de mi cuerpo. El tanga está completamente arruinado, empapado y torcido.
Finalmente, la ola rompe. El orgasmo me atraviesa con violencia deliciosa. Mis músculos se tensan, mi coño peludo se contrae en espasmos alrededor de mis dedos, expulsando un chorro cálido que moja las sábanas. Grito, un sonido gutural y liberador que llena la habitación. No paro de frotar, prolongando el placer hasta que mi cuerpo tiembla, exhausto y satisfecho. Pequeños orgasmos secundarios me recorren mientras acaricio suavemente mi vulva sensible, recogiendo los jugos y extendiéndolos por mis muslos.
Me dejo caer sobre las almohadas, respirando agitada. La lencería negra se pega a mi piel sudorosa, marcando cada curva. Sonrío, lamiendo mis dedos una vez más. Mañana repetiré. Esta vieja aún tiene mucho fuego dentro.
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