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sábado

Mi cuerpo ardía en una hoguera de orgia


Las hogueras de San Juan ardían como promesas de carne y olvido en la playa de la Barceloneta. El fuego crepitaba alto, devorando muebles viejos, listas de agravios y cualquier resto de vergüenza que la gente hubiera arrastrado durante el año. Las llamas pintaban de oro y carmín los cuerpos semidesnudos que bailaban alrededor, sombras alargadas que se fundían unas con otras bajo la noche mediterránea. El mar susurraba al fondo, cómplice, mientras la música —una mezcla de rumba, electrónica y risas ebrias— latía como un segundo corazón colectivo. En San Juan no había reglas. Solo piel, deseo y la certeza de que lo que ocurriera entre las brasas y las olas quedaría borrado al amanecer.


Laura se había quitado los zapatos mucho antes. Además, estaba súper cachonda. Esa noche quería que le follaran el coño y correrse como una puta ninfómana; no pensaba perder el tiempo. La arena aún conservaba el calor del día bajo sus pies descalzos. Llevaba un vestido ligero de lino blanco que el viento pegaba a sus curvas, marcando la redondez de sus pechos y el triángulo tentador entre sus muslos. Tenía treinta y dos años, un divorcio reciente y una sed que llevaba meses sin saciar. Esa noche había decidido no pensar. Solo sentir.


Lo vio junto a una hoguera más apartada. Alto, piel morena por el sol, el torso desnudo brillando por el sudor y el reflejo de las llamas. Se llamaba Marco, o eso dijo cuando se acercó a ella con dos vasos de cava en las manos. Sus ojos eran oscuros, intensos, y sonreía con esa seguridad perezosa de quien sabe exactamente lo que provoca.


—Brindemos por lo que vamos a quemar esta noche —propuso, ofreciéndole una copa.


Laura bebió sin apartar la mirada. El líquido frío bajó por su garganta mientras el calor de la hoguera lamía su piel. Bailaron. Primero separados, rozándose apenas, luego más cerca. Las manos de Marco se posaron en su cintura, bajando lentamente hasta posarse sobre la curva de sus nalgas. Ella no se apartó. Al contrario, arqueó la espalda y presionó su pelvis contra la de él. Notó cómo su polla ya empezaba a endurecerse bajo los pantalones finos de lino.


—Aquí nadie juzga —susurró él contra su oído, mordisqueando el lóbulo con suavidad—. Esta noche todo vale.


Laura sintió un latigazo de humedad entre las piernas. Lo tomó de la mano y lo llevó un poco más allá de la luz principal, donde la playa se oscurecía pero las hogueras lejanas aún dibujaban contornos dorados sobre sus cuerpos. Se besaron con hambre. Sus lenguas se enredaron, profundas y húmedas, mientras las manos exploraban sin pudor. Marco bajó el tirante del vestido de ella y liberó uno de sus pechos. El pezón, ya duro, desapareció entre sus labios. Lo chupó con fuerza, girando la lengua alrededor, mordiendo justo lo suficiente para arrancarle un gemido ronco.


—Quiero probarte entera —gruñó él, cayendo de rodillas sobre la arena.


Le subió el vestido hasta la cintura. Laura no llevaba bragas; cuando iba a follar, no se las ponía. Su coño estaba completamente depilado, grande y jugoso, con una longitud notable desde el ano hasta el clítoris. Brillaba, lleno de deseo, y los labios mayores relucían por sus propios jugos. Marco separó sus muslos con las manos y hundió la cara entre ellos. Su lengua recorrió toda la longitud de su hendidura, lamiendo con lentitud tortuosa desde el ano hasta el clítoris. Laura enredó los dedos en su pelo y empujó las caderas hacia adelante, follándole la boca abiertamente. Él introdujo dos dedos gruesos en su interior, curvándolos para rozar ese punto que la hacía temblar. Chupaba su clítoris con avidez, succionando y vibrando la lengua mientras sus dedos entraban y salían cada vez más rápido.


—Joder… sí, así… no pares —jadeaba Laura, las rodillas temblándole.


El orgasmo la golpeó como una ola. Se corrió con fuerza, inundando la boca de Marco, los muslos apretados contra su cabeza mientras gritaba hacia el cielo estrellado. Él no se detuvo hasta que ella dejó de convulsionar. Se incorporó, la boca brillante de sus fluidos, y la besó para que se probara a sí misma. Laura bajó la mano y liberó su polla. Era gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. La masturbó con fuerza, sintiendo cómo palpitaba en su palma. Se arrodilló a su vez y se la metió entera en la boca. La chupó con devoción obscena: lamiendo la base, succionando los huevos pesados y tragándosela hasta la garganta mientras las lágrimas de esfuerzo le corrían por las mejillas. Marco gemía, sujetándola por el pelo, follándole la boca con embestidas controladas.


—No quiero correrme aún —dijo, sacándola de su boca con un sonido húmedo.


La tumbó sobre la arena, el vestido arremangado alrededor de la cintura como un cinturón inútil. Le abrió las piernas ampliamente y colocó la punta de su polla contra la entrada empapada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo las paredes calientes y resbaladizas lo abrazaban. Cuando estuvo completamente enterrado, ambos soltaron un gemido largo. Empezó a follarla con ritmo profundo: saliendo casi del todo para volver a clavarse hasta el fondo. Cada embestida hacía que los pechos de Laura rebotaran y que su clítoris rozara el pubis de él.


—Más fuerte… quiero sentir que me rompes —suplicó ella.


Marco aceleró. La follaba con brutalidad deliciosa, las caderas chocando, el sonido húmedo de la carne contra la carne mezclándose con el rumor de las olas. La giró, poniéndola a cuatro patas. Desde atrás, la vista era obscena: su coño abierto, rojo y goteando, y el pequeño ano fruncido expuesto. Escupió sobre su raja y volvió a penetrarla, esta vez más salvaje. Con una mano le tiraba del pelo y con la otra le azotaba las nalgas, dejando marcas rojas que brillaban a la luz lejana del fuego.


Laura se corrió por segunda vez, contrayéndose alrededor de la polla que la taladraba. Marco no aguantó más. Salió de ella, la puso de rodillas y eyaculó abundantemente sobre su cara y sus tetas. Chorros gruesos y calientes que ella recogía con la lengua, tragando lo que podía, pintada de semen mientras lo miraba con ojos vidriosos de placer.Pero la noche apenas comenzaba.


Se lavaron en el mar, riendo y besándose bajo el agua fría que contrastaba con el fuego interno. Volvieron a la arena, más cerca de otra hoguera. Allí encontraron a una pareja conocida de Marco: Elena y Carlos. Las miradas se cruzaron y, sin palabras, se unieron. Cuatro cuerpos desnudos ahora, enredados.


Laura se encontró besando a Elena mientras Marco y Carlos las observaban. Las dos mujeres se acariciaron los pechos, chupándose los pezones y bajando las manos hasta masturbarse mutuamente. Laura se tumbó y Elena se sentó sobre su cara, ofreciéndole su coño depilado y empapado. Lo lamió con hambre, introduciendo la lengua en su interior mientras Elena gemía y se frotaba contra su boca. Al mismo tiempo, Marco volvió a follar a Laura, penetrándola mientras ella comía a su amiga. Carlos se colocó detrás de Elena, metiéndosela por el culo con lentitud, lubricado por los jugos que chorreaban.


La escena era pura lujuria primitiva: gemidos, carne golpeando carne, el olor a sexo, sal y humo de hoguera. Laura sentía la polla de Marco abriéndola, el coño de Elena inundándole la boca y los dedos de alguien —no sabía quién— frotando su clítoris hinchado. Se corrieron casi al unísono, un coro de placer que se perdió entre las risas y la música lejana.


Cambios de posición. Laura cabalgando a Carlos mientras Elena se sentaba sobre la cara de su novio. Marco follándola por detrás al mismo tiempo: doble penetración que la hizo gritar de un placer casi doloroso. Sentía ambas pollas frotándose dentro de ella a través de la fina pared, llenándola por completo. El orgasmo fue tan intenso que por un momento vio estrellas.


Horas después, exhaustos y cubiertos de arena, semen y sudor, se tumbaron mirando las hogueras que empezaban a consumirse. El cielo clareaba. Laura sentía el cuerpo deliciosamente dolorido, el coño palpitante y los labios hinchados. Había quemado mucho más que ropa vieja esa noche: había quemado límites, miedos y la versión contenida de sí misma.


Se levantó, desnuda, y caminó hacia el mar. El agua fría abrazó su piel marcada. Sonrió. San Juan no era solo fuego. Era renacimiento. Y ella había renacido empapada de placer.


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