Me llamo Nanci y, apenas cumplida la mayoría de edad, el deseo ardía en mí como un secreto que ya no podía contener. Mi pelo largo caía en cascada sobre mis hombros y mis gafas se deslizaban suavemente mientras entraba en el salón de Javier aquella tarde soleada. Sara me había pedido que le hiciera compañía, pero ambos sabíamos, desde la primera mirada, que el verdadero motivo era otro.
Hablamos con esa lentitud deliciosa que precede a la tormenta. Le confesé mi atracción por los hombres que han acumulado sabiduría en cada arruga y cada silencio. Javier sonrió con esa ironía serena y, sin más palabras, me acerqué. Allí mismo, en el salón, bajo la luz que entraba por las cortinas entreabiertas, comencé a desnudarlo. Mis dedos temblaban de anticipación al desabotonar su camisa, besando el pecho que se revelaba. Me arrodillé frente a él y lo tomé en mi boca con devoción lenta, envolviéndolo con mis labios calientes, mi lengua trazando círculos suaves y profundos mientras mis gafas se empañaban. Sentía cómo su deseo despertaba, latiendo contra mi paladar, y mi propio coño se humedecía con solo imaginar lo que vendría.
Me levanté, me quité la ropa con movimientos deliberados y lo empujé suavemente hacia el sofá amplio. Me senté a horcajadas sobre él, separando las piernas para ofrecerle todo.
—Ábreme el coño —susurré contra su oído, la voz cargada de necesidad—. Siente lo mojada que estoy para ti.
Sus manos expertas me abrieron con paciencia exquisita, acariciando mis pliegues hinchados, hundiendo los dedos en mi calor resbaladizo. Gemí, arqueándome, mientras el placer subía en ondas lentas. Luego, incapaz de esperar más, guié su miembro hacia mi entrada y descendí sobre él. Mi coño dulce y estrecho lo envolvió centímetro a centímetro, apretándolo con avidez juvenil. Empecé a cabalgarlo allí, en el sofá del salón, con ritmo cadencioso al principio, sintiendo cómo me llenaba por completo. Mis tetas pequeñas rebotaban suavemente contra su pecho, mi pelo largo caía como una cortina que nos aislaba del mundo.
—Disfruta de mi coño —gemí, acelerando el movimiento de mis caderas—. Penétrame más hondo… haz que lo sienta todo.
El placer creció hasta volverse salvaje. Me movía con más fuerza, girando las caderas, contrayéndome alrededor de él como si quisiera fundirnos en uno solo.
—Me estoy corriendo… ¡sí, me estoy corriendo! —exclamé cuando el orgasmo me atravesó como un relámpago, mi interior apretándolo en espasmos húmedos y profundos.
Javier me sujetó por las caderas y, con esa fuerza serena que dan los años, impulsó sus embestidas desde abajo, encontrándose con cada uno de mis descensos. El sofá crujía bajo nosotros mientras yo me inclinaba hacia atrás, abierta y entregada.
—Penétrame y dame tu leche —supliqué, convertida en pura ninfómana—. Lléname por completo, Javier… quiero sentir cómo te derramas dentro de mí.
Su clímax llegó como una marea larga contenida, potente y abundante, inundándome mientras yo me corría por segunda vez, temblando entre sus brazos, riendo de puro placer liberado. Nos quedamos unidos en el sofá, respiraciones entrecortadas, sudor y deseo mezclados, con la luz de la tarde bañándonos como testigo silencioso.
Desde entonces, cada tarde que Sara trabaja, el salón se convierte en nuestro templo secreto.
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