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domingo

Me folle a mi jefe mayor que yo


Me llamo Anna y tengo 31 años. Nunca imaginé que mi vida sexual daría un giro tan intenso y prohibido hasta aquella noche en el viaje de trabajo.


Mi jefe, don Enrique, tenía 62 años. Pelo completamente blanco, bien peinado, una barriguita suave que se notaba bajo la camisa y esa mirada serena de hombre experimentado. No era el típico atractivo juvenil, pero había algo en él que me ponía nerviosa desde hacía meses. Esa noche, después de una cena con clientes y varias copas de vino, todo se descontroló.


Llegamos al hotel y, en vez de despedirnos en el pasillo, me invitó a su habitación “para repasar la presentación de mañana”. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared con una urgencia que no esperaba. Me besó con hambre, sus manos grandes recorriendo mi cintura, subiendo por mis costillas hasta apretar mis tetas por encima del vestido. Yo respondí igual de desesperada. Le desabroché la camisa y toqué su pecho velludo, su barriga blanda, bajando hasta el cinturón.


Cuando le bajé los pantalones, ahí estaba: su polla pequeña, pero tan dura que parecía de piedra. Tenía una forma bonita, gruesa en la base y con una cabeza rosada y suave. Me arrodillé sin pensarlo dos veces. Me cabía toda en la boca, perfecta. La chupé con ganas, lamiendo desde los huevos hasta la punta, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua. Enrique gemía bajito, agarrándome el pelo blanco entre sus dedos.


—Joder, Anna… eres una diosa —susurraba con voz ronca.


Me levantó, me quitó el vestido y las bragas de un tirón y me tiró sobre la cama. Me abrió las piernas y me penetró de una sola embestida. Su polla era corta, pero tenía la curvatura exacta. Cada vez que empujaba, rozaba directo contra mi punto G. Empecé a temblar casi inmediatamente. Me folló lento al principio, profundo, disfrutando cada centímetro. Luego más rápido, con esa barriguita suave chocando contra mi clítoris cada vez que entraba.

Pasamos toda la noche así: follando, tocándonos, chupándonos. Me corría una y otra vez, empapando las sábanas. Él se corrió dentro de mí dos veces, gruñendo mi nombre como si fuera una oración. Al amanecer, exhaustos y sudorosos, me miró con culpa.


—Esto ha sido la primera vez… y tiene que ser la última. Estoy casado, Anna. No puede volver a pasar.


Asentí, aunque ya sabía que mentía.Se le olvidó muy rápido.


Dos semanas después empezó a buscarme. Mensajes a deshoras, miradas largas en la oficina, roces “accidentales”. Hasta que un viernes me dijo en voz baja:—Hay un motel en un pueblo a treinta kilómetros. Nadie nos conoce ahí. ¿Vienes?


Fui.


Desde entonces, cada vez que podemos escaparnos, repetimos la misma deliciosa rutina. Aparcamos lejos, entramos por separado y, en cuanto se cierra la puerta de la habitación, nos devoramos.


La última vez fue hace tres días. Nada más entrar, me empujó contra la pared, me subió la falda y me bajó las bragas. Se arrodilló y me comió el coño con ansia, metiendo dos dedos mientras su lengua jugaba con mi clítoris. Cuando estuve empapada, se levantó, sacó su polla ya dura y me penetró de pie. Esa curvatura perfecta volvió a rozar mi punto G una y otra vez. Me corrí gritando, clavándole las uñas en la espalda.


Luego me tiró en la cama, me puso a cuatro patas y me folló fuerte, agarrándome las caderas. Su barriguita suave golpeaba contra mi culo con cada embestida. Me encantaba sentirlo así: mayor, casado, con esa polla pequeña y perfecta que me llenaba justo donde más lo necesitaba.


—Eres mía, Anna… solo mía cuando estamos aquí —gruñía mientras me daba azotes suaves.


Me corrí dos veces más antes de que él se vaciara dentro de mí, temblando y llamándome por mi nombre con esa voz ronca que tanto me excita.


Cuando salimos del motel, siempre volvemos a ser jefe y empleada. Pero ambos sabemos que, en cuanto surja la oportunidad, volveremos a ese motel de carretera. Su polla pequeña y dura, mi coño ansioso, sus manos experimentadas y mi boca hambrienta… seguimos sin poder parar. Y la verdad es que no quiero que pare.


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