"Martina devora a Lucía con una pasión voraz, su lengua experta la lleva al borde del éxtasis. Entre órdenes dominantes y súplicas, el orgasmo de Lucía estalla en un torrente que baña a su amante. Pero Martina solo ha empezado: su hambre es insaciable y promete más."
—Abre más las piernas, cariño —ordenó Martina, su voz ronca, apenas un susurro que retumbó en el silencio de la habitación—. Quiero ver todo. Quiero ver cómo te late ese coño.
Lucía obedeció, sus músculos temblando ligeramente con el esfuerzo de mantener la posición, sus rodillas dobladas y separadas al máximo, ofreciéndose sin reservas. Su sexo estaba hinchado, los labios mayores enrojecidos y abultados, brillando con la humedad que ya se había escapado de su interior. El clítoris, pequeño y furioso, asomaba entre los pliegues carnosos, pidiendo a gritos atención. Martina se acercó despacio, deslizando sus manos por las pantorrillas suaves y tibias de Lucía, sintiendo la piel de gallina bajo sus yemas.
—Mira qué hermosa estás —murmuró Martina, inclinándose para dejar un beso suave y húmedo en el interior del muslo izquierdo, a escasos centímetros de la fuente de calor—. Eres una obra de arte. Y voy a devorarte.
Sin previo aviso, Martina hundió la cara entre las piernas de Lucía. El primer contacto fue eléctrico. Su lengua plana y ancha recorrió toda la longitud de la hendidura, desde el perineo hasta el monte de Venus, recogiendo el néctar espeso y salado que brotaba incesantemente. Lucía arqueó la espalda, un gemido gutural escapando de
su garganta, sus manos buscando instintivamente el cabello de Martina para apretarla contra su sexo.
—Sí... así... —jadeó Lucía, sus caderas levantándose del colchón para buscar más presión—. No pares, por favor.
Martina no tenía ninguna intención de parar. Era una experta, una maestra del arte oral, y sabía exactamente cómo manejar el cuerpo de Lucía para llevarla al borde de la locura. Comenzó a trabajar con dedicación metódica, sus labios sellándose alrededor de los labios menores, chupando con fuerza, provocando sonidos obscenos y húmedos que llenaban la habitación. Chup, chup, slurp. El sonido de su boca devorando el coño de Lucía era música para sus oídos, una confirmación auditiva de su control absoluto sobre el placer de la otra mujer.
Con una mano, Martina separó los labios de Lucía con sus dedos, abriendo la flor húmeda para exponer el botón sensible y rojo. El clítoris estaba duro, palpitando bajo su mirada. Martina sopló suavemente sobre él, provocando un espasmo en todo el cuerpo de Lucía, antes de bajar la cabeza y atacar.
—¡Madre mía! —gritó Lucía, sus dedos enredándose dolorosamente en el cabello de Martina.
La lengua de Martina era rápida y precisa. Golpeaba el clítoris con la punta, luego lo envolvía con los labios y succionaba, alternando entre presión suave y succión violenta. Podía sentir cómo el pequeño órgano se hinchaba más bajo su ministración, cómo el cuerpo de Lucía se tensaba como un arco. Martina cambió el ritmo, moviendo la lengua en círculos lentos y amplios alrededor del clítoris, rozando los bordes sensibles sin tocarlo directamente, una tortura dulce que hacía que Lucía se retorciera entre las sábanas.
—¿Te gusta? —preguntó Martina, levantando la cabeza apenas un segundo, su barbilla brillando con los jugos de Lucía, sus ojos oscuros llenos de lujuria—. ¿Te gusta que te coma el coño así?
—Sí... sí, me encanta... —susurró Lucía, su voz rota, incapaz de formar frases completas—. Tu boca... es el cielo. Por favor, hazme correr. Quiero correrme en tu boca.
Martina sonrió, una sonrisa pícara y dominante, y volvió a sumergirse. Esta vez, introdujo dos dedos dentro del canal caliente y apretado de Lucía, curvándolos hacia adelante para buscar ese punto rugoso y mágico detrás del hueso púbico. Mientras sus dedos comenzaban a bombeear rítmicamente, follándola con la mano, su lengua se centró exclusivamente en el clítoris, moviéndose de lado a lado con una presión constante y devastadora.
La habitación se llenó con los olores fuertes del sexo, el sudor y la excitación. Lucía ya no controlaba sus movimientos; sus caderas golpeaban la cara de Martina, buscando más fricción, más profundidad, más de todo. Martina se aferró a las caderas de Lucía para mantenerla en su lugar, sumergida en el mundo húmedo y caliente entre sus piernas, bebiendo su esencia como si fuera agua en un desierto.
—Eres una cerdita, ¿verdad? —gruñó Martina contra la carne de Lucía, las vibraciones de su voz recorriendo los nervios de la otra mujer—. Una cerdita mojada que necesita que le chupen el coño hasta que no pueda más.
—Sí, soy tu cerdita —gimió Lucía, sus ojos cerrados, la cabeza lanzada hacia atrás, el cuello tensado—. Soy tu puta. No pares. ¡Más fuerte!
Martina aumentó la velocidad de sus dedos, chasqueando húmedamente mientras entraban y salían a toda velocidad. Su lengua aplanó el clítoris de Lucía, presionándolo contra el hueso pubiano mientras movía la cabeza de un lado a otro, frotando con fuerza. Lucía comenzó a jadear, sus respiraciones cortas y agudas, señal inequívoca de que estaba cerca.
—Ah... ah... ahí... ahí está —gritó Lucía, sus músculos abdominales contrayéndose violentamente—. Me voy a venir. ¡Me voy a venir!
Martina no aflojó el ritmo. Al contrario, apretó los labios alrededor del clítoris y succionó con toda la fuerza que tuvo, mientras sus dedos golpeaban el punto G con precisión quirúrgica. El orgasmo de Lucía estalló como una tormenta. Su cuerpo se rigió, un grito primal se arrancó de su garganta y sus piernas se cerraron alrededor de la cabeza de Martina, atrapándola en un abrazo mortal de muslos.
Una ola de calor y líquido inundó la boca de Martina. Lucía eyaculó, un chorro de fluido claro y salado que salpicó la cara y el cuello de Martina, bañándola en su placer. Martina bebió todo lo que pudo, lamiendo y tragando con avidez, mientras continuaba estimulando el clítoris hipersensible de Lucía, prolongando el orgasmo hasta que la mujer debajo de ella comenzó a suplicar misericordia.
—¡Para! ¡Demasiado! —lloró Lucía, intentando cerrar las piernas y empujar la cabeza de Martina lejos, la sobreestimulación convirtiendo el placer en dolor agudo.
Martina se retiró lentamente, dando besitos suaves y tiernos en los labios inflamados y en el interior de los muslos temblorosos. Se levantó, arrodillándose sobre la cama, y miró a Lucía, quien yacía allí, exhausta, con el pecho agitado y los ojos vidriosos, una sonrisa de satisfacción absoluta dibujada en su rostro. La cara de Martina brillaba, cubierta por los jugos brillantes de Lucía, un testimonio visual de la pasión que acababan de compartir.
—Eso fue increíble —susurró Lucía, intentando recuperar el aliento, extendiendo una mano para acariciar la mejilla mojada de Martina—. Eres la mejor.
Martina sonrió, inclinándose para besar a Lucía profundamente, permitiéndole probar su propio sabor en sus labios.
—Solo hemos empezado, amor —respondió Martina, su voz cargada de promesas sucias y nuevas tentaciones—. Tu coño es un banquete, y todavía tengo hambre.
Anterior relato: "El eco del cristal" AQUÍ
Siguiente relato: "El ladrón de sueños" AQUÍ
Todos los derechos reservados
© Mary Love
© briefsex.blogspot.com
