EL LADRÓN DE SUEÑOS
Título del capítulo: "Capitulo 5: Tinta en la piel"
Reseña
La mañana llega a Logroño como una herida mal cerrada. La niebla no se ha levantado del todo; se arrastra todavía por las calles empedradas y se pega a los cristales de la pensión con dedos grises. Clara duerme contra mi pecho, desnuda, con una mano posada sobre mi corazón como si quisiera asegurarse de que sigo siendo real. El manuscrito está abierto sobre la mesilla. Las frases que ella escribió anoche —«Nosotros decidimos. Y el deseo será nuestra arma. Esta página nos pertenece.»— parecen haber ganado peso durante la madrugada, como si la tinta se hubiera hundido más hondo en el papel.
Me despierto antes que ella. La miro. Hay una marca morada en el lateral de su cuello, hecha por mi boca. Otra en el interior de su muslo. El recuerdo de haberla tomado contra la pared me recorre el cuerpo con un calor inmediato y traicionero. Me duro solo de pensarlo. Bajo la sábana con cuidado y recorro con los labios el camino que ya conozco: la curva de su hombro, el pecho suave, el pezón que se endurece apenas lo rozo con la lengua. Clara se despierta con un suspiro largo y ronco. No abre los ojos todavía. Solo arquea la espalda y abre un poco las piernas, ofreciéndose sin palabras.
—Buenos días —murmura, y la voz le sale pastosa de sueño y de deseo.
No contesto con palabras. Bajo más. Beso su vientre, el hueso de la cadera, el interior del muslo donde todavía está mi marca. Cuando llego a su centro la encuentro ya húmeda, hinchada, lista. La lamo con lentitud deliberada, saboreando el sabor residual de la noche anterior mezclado con el nuevo deseo. Clara gime y abre más las piernas. Mis manos le sujetan las caderas mientras mi lengua traza círculos lentos alrededor de su clítoris y luego se hunde dentro de ella. La chupo, la recojo, la devoro con una paciencia que contrasta con la urgencia que siento en la entrepierna. Cuando sus muslos empiezan a temblar, me detengo. Subo por su cuerpo y la beso, dejándole probar su propio sabor.
—Quiero sentirte dentro —susurra contra mi boca—. Despacio. Muy despacio.
Obedezco. Me coloco entre sus piernas y entro en ella con una lentitud casi cruel, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes me reciben y se cierran alrededor de mí. Clara exhala un “ah” tembloroso y me rodea con los brazos y las piernas. Me muevo con embestidas largas y profundas, sin prisa, mirándola a los ojos todo el tiempo. Cada vez que me hundo hasta el fondo ella aprieta un poco más. El placer es espeso, denso, casi doloroso de lo intenso. Bajo la cabeza y le muerdo el lóbulo de la oreja, luego el cuello, mientras sigo moviéndome dentro de ella con ese ritmo deliberado que la vuelve loca.
—Más hondo —pide, y la voz se le quiebra.
Acelero solo un poco. Una de mis manos se desliza entre los dos y encuentra su clítoris. Lo froto con el pulgar al mismo tiempo que la penetro. Clara se tensa. Sus uñas se clavan en mi espalda. Cuando se corre lo hace en silencio, con la boca abierta contra mi hombro y el cuerpo entero estremeciéndose en oleadas largas y potentes. La presión de sus paredes me arrastra con ella. Me derramo dentro con un gemido grave, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo la lleno otra vez.
Nos quedamos unidos, respirando agitados. El sudor nos pega la piel. Afuera se oyen los primeros pasos de la gente en la calle, el rumor lejano de un carro, el repique de una campana. Dentro de la habitación solo existimos nosotros y el manuscrito que nos observa desde la mesilla.
Clara traza círculos perezosos en mi pecho.
—Anoche soñé que olvidaba tu nombre —confiesa en voz muy baja—. Me desperté con el corazón latiéndome en la garganta. Tuve que decirlo en voz alta para recordarlo. Tomás. Tomás Varela.
Un frío distinto me recorre la espalda. Elena tenía razón. La maldición ya está trabajando.
—No vamos a dejar que eso suceda —le digo, y la beso con una determinación casi violenta—. Hoy vamos a enfrentarlo.
Nos vestimos en silencio. Clara se pone la falda gris de siempre y una blusa blanca que le queda un poco holgada. Yo recupero el gabán y el sombrero. Antes de salir, ella toma el manuscrito y lo guarda dentro de un bolso de tela.
—Si lo destruimos —digo mientras bajamos las escaleras—, ¿crees que se rompería el hechizo?
—No lo sé. Pero tenemos que intentarlo.
La casa de Mateo Soler está en la calle Laurel, en un segundo piso con balcones de hierro forjado y cristales empañados. Llamamos. Él abre la puerta como si nos estuviera esperando desde hace horas. Lleva una camisa blanca impecable y esa sonrisa que ya conozco demasiado bien.
—Los personajes principales —saluda con ironía—. Qué oportunos. Justo estaba escribiendo la escena en la que ustedes dos aparecen en mi puerta.
Entramos. El estudio huele a papel viejo, a tinta y a tabaco frío. Hay páginas esparcidas por todas partes. Mateo cierra la puerta con suavidad y se apoya en ella.
—He leído lo que escribieron anoche —dice, y señala el bolso de Clara—. Es… conmovedor. Pero inútil. La historia ya tiene dueño.
Clara da un paso adelante. Su voz no tiembla.
—Ya no. Esta historia nos pertenece.
Mateo ríe bajo. Se acerca a ella con lentitud, ignorándome por completo. Levanta una mano como si fuera a tocarle la mejilla. Yo me interpongo de inmediato.
—No la toques.
Él me mira con algo parecido a la lástima.
—Detective, usted no entiende. Cada vez que se acuesta con ella me está alimentando. Cada orgasmo, cada gota que deja dentro de su cuerpo, es una línea más que yo escribo sin necesidad de levantar la pluma. Miren.
Se dirige al escritorio, toma una página recién escrita y nos la muestra. Allí está descrito, con detalle obsceno y hermoso, todo lo que Clara y yo hicimos esta misma mañana: la forma en que la desperté con la boca, la lentitud con la que entré en ella, el silencio de su orgasmo, incluso las palabras que ella dijo sobre olvidar mi nombre.
Clara palidece. Yo siento que el suelo se mueve bajo mis pies.
—Entonces la solución es simple —digo, y mi voz suena peligrosamente calmada—. Dejamos de tocarnos.
Mateo sonríe con tristeza fingida.
—¿Creen que pueden? El deseo ya forma parte de la trama. Está escrito en la sangre de ella… y ahora también en la de usted.
Clara deja el bolso sobre una silla. Se acerca a mí y me toma la mano con fuerza.
—Entonces usaremos ese deseo en nuestra contra —dice—. Si cada vez que nos poseemos le damos poder, también podemos usarlo para quitárselo. Escribiremos el final con el cuerpo, pero un final que él no pueda controlar.
Mateo pierde por un segundo la compostura. Sus ojos grises se endurecen.
—Eso sería… interesante de presenciar.
No le damos tiempo a más. Salimos de la casa con el manuscrito todavía en el bolso. Caminamos rápido por las calles empedradas, la niebla envolviéndonos como un cómplice. No vamos a la pensión. Clara me guía hacia una pequeña iglesia abandonada en las afueras, un lugar que ella conoce de cuando era niña. La puerta de madera está entreabierta. Dentro huele a humedad, a cera vieja y a silencio.
Cerramos la puerta tras nosotros. La luz que entra por los vitrales rotos es gris y polvorienta. Clara deja el bolso en un banco y se vuelve hacia mí. Sus ojos brillan con una mezcla de miedo y determinación feroz.
—Aquí —dice—. Ahora. Antes de que él escriba la siguiente página.
No necesito que me lo pida dos veces. La empujo con suavidad contra la pared de piedra fría. La beso con hambre, con rabia, con todo el miedo que llevo dentro. Mis manos suben por debajo de su falda y encuentran la piel desnuda de sus muslos. Ella ya no lleva bragas. Está mojada, lista, temblando. La levanto. Clara rodea mi cintura con las piernas mientras yo abro el pantalón. Entro en ella de un solo empujón profundo. El calor que la envuelve es casi violento. Gime contra mi boca.
La embisto con fuerza, sin delicadeza. Cada embestida hace que su espalda golpee la piedra. El sonido es obsceno en el silencio de la iglesia. Clara tira de mi cabello y me muerde el labio inferior hasta casi sacarme sangre. Acelero. Una de mis manos le sujeta el culo mientras la otra le agarra el pelo. La penetro más hondo, más rápido, como si quisiera llegar hasta el final de la maldición a través de su cuerpo.
—Mírame —le ordeno—. Di mi nombre.
—Tomás… —jadea—. Tomás Varela… no dejes de follarme…
Se corre primero, con un grito que resuena bajo las bóvedas polvorientas. Sus paredes se contraen alrededor de mí con una fuerza que me arranca el control. Me derramo dentro de ella segundos después, empujando hasta el fondo, llenándola, marcándola otra vez, desafiando a Mateo y a todas las generaciones de Soler con cada pulsación.
Nos deslizamos al suelo, todavía unidos, temblando. El frío de la piedra contrasta con el calor de nuestros cuerpos. Clara traza mi nombre sobre mi pecho con el dedo mojado de sudor.
—Todavía lo recuerdo —susurra—. Tomás. Y yo soy Clara. Y esta página… esta página la escribimos nosotros.
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