martes

La página en blanco


EL LADRÓN DE SUEÑOS

Título del capítulo: "Capitulo 4: La página en blanco"

Reseña:


“Una página en blanco que se convierte en campo de batalla.
Este capítulo, más largo y denso, eleva la tensión hasta un punto casi insoportable. El deseo deja de ser solo placer para transformarse en arma y en declaración de guerra. Tomás y Clara desafían a la maldición con cada embestida, cada gemido y cada palabra que escriben juntos. La irrupción de Elena añade peso emocional y amenaza familiar.
Un texto intenso, erótico y oscuramente esperanzador que te deja sin aliento y con la certeza de que la verdadera lucha… acaba de comenzar.”

La página en blanco del manuscrito brilla bajo la luz temblorosa de la lámpara de petróleo como si estuviera viva. El papel es grueso, de esos que todavía se fabrican con trapos viejos en las imprentas de provincia, y refleja el ámbar de la llama con un brillo casi húmedo. Clara sigue recostada contra mi pecho, completamente desnuda, con mi semen todavía caliente y espeso resbalándole por el interior del muslo derecho hasta manchar la sábana de hilo gastado. El reloj de la mesilla, un despertador de metal abollado que marca las horas con un tic-tac irregular, señala las tres y doce de la madrugada. Afuera, la niebla de Logroño se ha vuelto tan densa que ni siquiera se distinguen las farolas de la calle Mayor. Solo se oye el goteo lejano del Ebro y el crujido ocasional de la madera vieja de la pensión.

—Tenemos que terminarla nosotros —susurra ella, pasando el dedo índice por el borde del papel vacío—. Antes de que él lo haga.

Su voz es baja, ronca todavía por los gemidos de hace menos de una hora. Me incorporo despacio. El frío de la habitación me golpea la piel sudorosa como una bofetada. Miro el manuscrito como si fuera un arma cargada. Mateo Soler no solo predice. Ordena. Y cada vez que cedemos a lo que él ha escrito, la maldición se cierra un poco más alrededor de nuestros cuellos, como un dogal de tinta y deseo.

—Si escribimos —digo en voz baja, casi temiendo que las paredes escuchen—, ¿no estaremos haciendo exactamente lo que él quiere? ¿No le estaremos regalando más poder?

Clara se sienta en la cama. Las sábanas se deslizan hasta su cintura. Sus pechos quedan al descubierto, firmes, los pezones todavía oscuros y sensibles por la presión de mis dientes y de mi lengua. Hay marcas rojizas en la curva de su cuello y en la parte interna de sus muslos. Me mira con esos ojos color avellana que ahora tienen un brillo distinto, más profundo, casi antiguo, como si algo dentro de ella estuviera despertando después de años de sueño obligado.

—O tal vez estemos robándole la pluma —responde—. Tal vez la única forma de romper esto sea escribir nosotros el final.

Me levanto. El suelo de madera cruje bajo mis pies descalzos. Recojo la carpeta negra que Mateo dejó en el pasillo horas antes. El cuero está frío y un poco húmedo por la niebla. Dentro hay más páginas, escritas con esa caligrafía precisa y elegante que ya reconozco como una amenaza. Las leo de pie, completamente desnudo, sintiendo cómo el deseo y el miedo se mezclan en mi estómago hasta formar un nudo doloroso. Las palabras describen con precisión quirúrgica lo que vamos a hacer en las próximas horas: cómo Clara se pondrá de rodillas frente a mí sobre este mismo colchón, cómo me tomará en la boca mientras yo le tiro del cabello con una mano y le acaricio la mejilla con la otra, cómo después la levantaré contra la pared fría y la penetraré de pie, sin piedad, hasta que ambos gritaremos al mismo tiempo y el semen le resbalará por los muslos. Y al final… una frase que me hiela la sangre hasta los huesos:

«Ella empezará a olvidar su propio nombre. Solo recordará el de él.»

El de Mateo Soler.

Clara se acerca por detrás sin hacer ruido. Sus pechos rozan mi espalda desnuda. Sus brazos me rodean la cintura y una de sus manos baja con deliberada lentitud hasta tomarme, todavía semiduro, con una mezcla de ternura y posesión que me arranca un suspiro.

—Entonces no lo leamos más —susurra contra mi nuca, y su aliento caliente me eriza la piel—. Escribamos nosotros. Con el cuerpo, si hace falta.

Me doy la vuelta. La beso con una urgencia que duele. Su boca sabe a mí, a sexo reciente, a miedo contenido y a esa determinación nueva que me desarma. La cargo en brazos —pesa poco, casi nada— y la llevo de nuevo a la cama. Esta vez no hay prisa de animal herido. Hay algo más peligroso y más hermoso: la decisión consciente de desafiar al destino con cada caricia.

La tumbo de espaldas con cuidado. Me arrodillo entre sus piernas y las abro despacio, como si estuviera abriendo un libro sagrado. La miro. Está hinchada, brillante, todavía llena de mí. El vello oscuro está pegado por nuestros fluidos. Bajo la cabeza y la lamo con una lentitud casi reverente, saboreando la mezcla salada y dulce de nuestros cuerpos. Clara arquea la espalda y suelta un gemido largo, tembloroso. Mis manos sujetan con firmeza sus muslos mientras mi lengua traza círculos lentos alrededor de su clítoris, luego baja y se introduce dentro de ella, profundizando, limpiándola y ensuciándola al mismo tiempo. La chupo con suavidad, luego con más insistencia. Ella tira de mi cabello y empuja mi cara contra su sexo.

—Tomás… por favor… no pares…

Subo por su cuerpo con una lentitud deliberada, dejando un rastro húmedo de besos en su vientre suave, en el hueco de su ombligo, entre sus pechos, en la curva de su cuello donde todavía están mis marcas. Cuando llego a su boca, le doy a probar su propio sabor mezclado con el mío. Clara gime dentro del beso, una vibración que siento hasta en la base de la columna. Me coloco entre sus piernas y entro en ella con una lentitud casi dolorosa, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abre para recibirme otra vez. Está tan caliente, tan estrecha todavía a pesar de haberme tenido dentro hace poco, que tengo que morder mi propio labio inferior para no correrme de inmediato.

Empiezo a moverme. Lento. Profundo. Cada embestida es un punto final que queremos escribir nosotros y no él. El sonido es húmedo, suave al principio, luego más claro a medida que acelero un poco. Clara envuelve mis caderas con las piernas y me empuja más adentro con los talones. Sus uñas se clavan en mis hombros y dejan marcas nuevas. La miro a los ojos todo el tiempo, sin permitirme el lujo de cerrarlos.

—Di mi nombre —le ordeno en un susurro ronco, casi roto.

—Tomás…

—Otra vez. Más alto.

—Tomás… Tomás… no dejes de mirarme.

Acelero. El sonido de nuestros cuerpos uniéndose llena la habitación, rítmico, obsceno en su belleza cruda. Bajo una mano entre los dos y froto su clítoris con el pulgar al mismo tiempo que la penetro con embestidas largas y profundas. Clara se tensa de golpe. Sus paredes se contraen alrededor de mí en oleadas fuertes, rítmicas, casi dolorosas de lo intensas, y yo la sigo segundos después, derramándome dentro de ella con un gemido grave que sale desde el fondo del pecho. Nos quedamos unidos, temblando, respirando el mismo aire caliente y denso. El sudor nos pega el pecho. Siento cómo mi semen se mezcla con sus fluidos y resbala lentamente hacia fuera.

Cuando por fin me retiro, el hilo blanco y espeso resbala por su muslo interno hasta la sábana. Clara se incorpora con lentitud, toma el bolígrafo que había en la mesilla —uno de esos de tinta permanente, con la punta un poco gastada— y, con mano temblorosa pero decidida, escribe en la página en blanco las primeras palabras:

«Nosotros decidimos.»

Un golpe seco en la puerta nos hace levantar la cabeza al mismo tiempo. No son tres golpes educados como los de Mateo. Es un golpe seco, enfadado, seguido de otro y otro. Luego la voz de Elena Montes, la madame, la madre que entregó a su hija hace más de veinte años, atraviesa la madera:

—¡Abran ahora mismo! ¡Sé que están ahí dentro!

Me visto a toda prisa, casi torpe. Clara se cubre con la bata gris de lana fina. Abro la puerta. Elena entra como un vendaval de perfume barato, desesperación y furia contenida. Su mirada va directamente al manuscrito abierto sobre la cama, a la página recién escrita y al rastro brillante de semen que todavía marca el muslo de su hija.

—Dios santo… —susurra, y la voz se le quiebra—. Ya empezó. Ya está demasiado avanzado.

Clara se pone de pie. Por primera vez desde que la conozco veo en ella algo distinto a la muchacha asustada que me abrió la puerta hace solo unos días. Hay una dignidad nueva, peligrosa, casi regal.

—Madre —dice, y la palabra suena extraña y poderosa en su boca.

Elena se tambalea como si hubiera recibido un golpe. Luego se acerca y le toma la cara entre las manos enguantadas, como si quisiera reconocer cada rasgo después de veinte años de ausencia forzada.

—Tienes que dejar de leerlo. Dejar de escribirlo. Dejar de acostarte con él. La maldición se alimenta de la tinta y del deseo. Cuanto más se desean, más rápido te pierde a ti.

Me interpongo entre las dos mujeres, sintiendo cómo la rabia me sube por el pecho.

—¿Qué quiere decir exactamente con “la pierde”? —pregunto, y mi voz sale más dura de lo que pretendía.

Elena me mira con una mezcla de odio, lástima y un cansancio antiguo que parece venir de generaciones.

—Primero olvida su propio nombre. Luego olvida quién es, de dónde viene, qué amaba. Al final solo queda una mujer vacía, una página en blanco que necesita que alguien escriba por ella para poder sentir algo. Así terminó mi hermana. Así terminarán todas las mujeres de sangre Soler… si Mateo termina el libro.

Clara se acerca a mí y toma mi mano con fuerza. Sus dedos están fríos, pero el agarre es firme.

—Entonces no lo terminará él —dice con una voz que ya no tiembla—. Lo terminaremos nosotros. Con nuestro cuerpo y con nuestras palabras.

Elena sacude la cabeza una y otra vez, como si quisiera negar lo que está viendo.

—No entienden nada. Mateo no está escribiendo un simple libro. Está escribiendo el final de una línea de sangre. Y ustedes dos… ya son personajes dentro de su historia. Cada vez que se tocan, le regalan una página más.

Se da la vuelta y se dirige a la puerta con pasos pesados. Antes de salir, se detiene sin mirarnos, con la mano apoyada en el marco de madera.

—Si de verdad la quiere, detective Varela, no la toque más. Cada vez que la posee, cada vez que se derrama dentro de ella, le está regalando a Mateo una página más de poder. Y a ella… se la está quitando.

La puerta se cierra con un golpe sordo. El silencio que queda es espeso, casi sólido, cargado de todo lo que no se ha dicho.

Clara se vuelve hacia mí despacio. La bata se le ha abierto del todo. La miro sin pudor: pechos marcados por mi boca, vientre suave y agitado, el vello oscuro entre sus piernas todavía húmedo y brillando con nuestros fluidos mezclados. El deseo me golpea otra vez, violento, traicionero, más fuerte incluso que el miedo.

—No voy a dejar de tocarte —le digo, y mi voz suena más rota y más decidida de lo que pretendía—. Aunque eso nos condene a los dos. Aunque la maldición nos trague enteros.

Ella se acerca hasta quedar a centímetros de mí. Se quita la bata con un movimiento lento y deliberado. Queda completamente desnuda frente a mí, hermosa y vulnerable y poderosa al mismo tiempo. Luego se arrodilla sobre el suelo de madera.

—Entonces condéneme usted mismo, Tomás. Y escríbame con el cuerpo.

Me abre el pantalón con dedos decididos y un poco temblorosos. Me toma en la boca con una lentitud deliberada, saboreándome, lamiendo desde la base hasta la punta con la lengua plana y caliente. Yo tiro de su cabello con una mano y empujo un poco más profundo, sintiendo cómo la garganta se le cierra alrededor de mí. Clara gime, y la vibración me recorre la columna vertebral como una descarga. La dejo chuparme durante minutos largos y densos, mirando cómo sus labios se estiran alrededor de mi miembro, cómo un hilo de saliva le resbala por la barbilla hasta caer sobre sus pechos. Cuando siento que estoy peligrosamente al borde, la levanto con fuerza, la empujo contra la pared fría de la habitación y la penetro de pie, exactamente como Mateo había escrito… pero esta vez soy yo quien decide el ritmo, la profundidad y el final.

La embisto con fuerza. Cada embestida hace que su espalda golpee la pared con un sonido sordo. Clara gime mi nombre una y otra vez, como un conjuro contra la oscuridad. La levanto un poco más, le abro más las piernas con las manos y llego todavía más hondo, rozando ese punto dentro de ella que la hace temblar sin control. Cuando se corre, lo hace con un grito largo y roto que parece romper algo invisible dentro de la habitación. Sus paredes se contraen alrededor de mí con una fuerza casi dolorosa. Yo la sigo segundos después, empujando hasta el fondo absoluto, llenándola otra vez, marcándola, desafiando a la maldición con cada gota espesa que le regalo.

Nos deslizamos al suelo despacio, todavía unidos, temblando. Clara traza mi nombre completo con el dedo índice sobre mi pecho sudoroso, usando el sudor como tinta improvisada.

—Tomás Varela —dice en voz alta, clara, como si quisiera grabarlo en el aire y en la madera y en la niebla—. Yo soy Clara. Clara Montes. Y esta historia… es nuestra. Solo nuestra.

En la mesilla, la página en blanco ahora tiene tres frases más, escritas con la caligrafía temblorosa pero firme de Clara:

«Nosotros decidimos.
Y el deseo será nuestra arma.
Esta página nos pertenece.»

Afuera, la niebla parece un poco más delgada, como si empezara a dudar.
Dentro, el cuerpo de Clara sigue palpitando alrededor del mío, caliente, vivo, rebelde y mío.

Por primera vez desde que acepté este maldito caso en el salón de Elena Montes, siento que tal vez… solo tal vez… podamos ganar.

Aunque para hacerlo tengamos que follarnos hasta olvidar el miedo.
Y escribir, con la carne y con la tinta, el único final que nadie más —ni Mateo, ni la maldición, ni el pasado— podrá robarnos nunca.

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