Generosidad de terciopelo
Capítulo 1
La luz ámbar del club privado bañaba las mesas de terciopelo negro como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella. Mina se movía entre las sombras con la seguridad de quien conoce el peso exacto de cada mirada. Veinte y ocho años, curvas generosas que la seda negra apenas contenía, y ese acento que rodaba por las vocales como un caramelo caliente: un dejo porteño suavizado por años de vivir entre idiomas.
El hombre la observaba desde la mesa del fondo. No era el más joven del lugar —tenía unos treinta y cinco años, el traje impecable y la expresión de quien está acostumbrado a que el mundo se detenga cuando levanta una mano—, pero había algo en la forma en que sostenía la copa que le dijo a Mina que valía la pena.
Se acercó sin prisa.
—Buenas noches —dijo, dejando que la “s” final se alargara apenas—. Me llaman Mina el Misterio. Y a ti… ¿te gusta jugar?
Él sonrió, lento.
—Depende del juego.
Mina se sentó frente a él, cruzando las piernas con deliberada lentitud. El escote profundo ofreció un vistazo generoso de sus pechos redondos, pesados, apenas contenidos por el vestido.
—A mí me gusta cuando los chicos son generosos —susurró—. Cuanto más generosos, menos tela me queda encima. Y cuanto menos tela… más fácil es que me hagan correr.
El hombre —se presentó como Adrián— dejó un billete de alta denominación sobre la mesa, sin ostentación. Mina lo miró, luego lo miró a él, y se levantó. Con un solo movimiento deslizó una de las tiras del vestido por el hombro. La seda cayó un centímetro más, revelando la curva superior de un pecho.
—Primer paso —murmuró—. ¿Seguimos?
Adrián asintió. Otro billete. Mina se giró de espaldas y dejó que el cierre bajara hasta la mitad de la espalda. La piel desnuda brillaba bajo la luz. Él no apartó la vista.
El aire entre ellos se densificó. Mina volvió a sentarse, esta vez más cerca, y dejó que su rodilla rozara la de él bajo la mesa.
—Me gusta sentir que alguien realmente quiere verme —dijo, voz baja, casi ronca—. Que no tiene prisa. Que está dispuesto a… invertir.
Adrián extendió la mano y, con el dorso de los dedos, rozó apenas el borde del escote. Mina contuvo el aliento. El roce fue mínimo, pero suficiente para que un calor lento empezara a concentrarse entre sus muslos.
—Entonces invierte —susurró ella.
Otro billete. El vestido resbaló hasta la cintura. Mina quedó desnuda de la cintura para arriba, excepto por el sostén de encaje negro que apenas cubría la mitad inferior de sus pechos. Los pezones se marcaban contra la tela, duros ya.
Adrián tragó saliva.
—Eres… generosa también —dijo él, voz más grave.
Mina sonrió, inclinándose hacia adelante.
—Solo con quien sabe apreciarlo.
La noche apenas comenzaba.
Capítulo 2
Habían abandonado el salón principal. Adrián había reservado uno de los salones privados del club: paredes forradas de terciopelo oscuro, un sofá amplio, una mesita con una botella de vino tinto ya abierta y una luz baja que convertía todo en secreto.
Mina se movía descalza sobre la alfombra gruesa. El vestido colgaba ahora de sus caderas, sostenido solo por un delgado lazo. Cada paso hacía que sus pechos se movieran con un peso suave, pesado, casi hipnótico.
—Siéntate —ordenó ella, aunque la voz era más invitación que mandato.
Adrián obedeció. Mina se colocó frente a él y, con una lentitud deliberada, desató el lazo. El vestido cayó al suelo en un susurro de seda. Quedó solo con el sostén de encaje y un short de encaje negro que marcaba el inicio de sus muslos redondos.
—Todavía no has sido lo bastante generoso para esto —dijo, rozando el borde del sostén con un dedo.
Adrián sacó la billetera sin prisa. Dejó varios billetes sobre la mesita. Mina lo miró, evaluó, y luego se giró de espaldas. Con un solo movimiento desabrochó el sostén. Lo sostuvo un segundo contra el pecho antes de dejarlo caer.
Cuando se volvió, sus pechos quedaron completamente al descubierto: grandes, redondos, de piel clara y pezones oscuros ya contraídos por la excitación y el aire fresco. Se acercó hasta quedar entre las piernas abiertas de Adrián.
—Tócame —susurró—. Pero despacio. Quiero sentir que te mereces cada centímetro.
Las manos de Adrián subieron por sus costados, calientes, firmes. Cuando finalmente cubrieron sus pechos, Mina soltó un suspiro profundo. Él las pesó, las acarició, pasó los pulgares sobre los pezones hasta que ella arqueó ligeramente la espalda.
—Dios… —murmuró él.
Mina se inclinó y dejó que sus pechos rozaran el pecho de él a través de la camisa. Luego bajó hasta arrodillarse. Sus manos subieron por los muslos de Adrián hasta encontrar el cinturón.
—Todavía no —dijo ella, deteniéndose—. Primero quiero que me hagas correr con la boca. Y después… vemos cuánta generosidad te queda.
Adrián la miró con los ojos oscuros.
—Levántate.
Mina obedeció. Él la atrajo hasta el sofá, la recostó y se arrodilló entre sus piernas. Con dedos firmes bajó el short de encaje. Mina estaba ya húmeda; el aroma sutil de su excitación llenó el aire entre ellos.
La primera caricia de la lengua de Adrián fue lenta, casi reverente. Mina cerró los ojos y dejó que la cabeza cayera hacia atrás. Él exploró con paciencia, trazando círculos alrededor de su clítoris, chupando con suavidad, introduciendo apenas la punta de la lengua. Cada movimiento estaba pensado para llevarla más alto sin precipitarla.
Mina enredó los dedos en el cabello de él.
—Así… justo así… —jadeó, el acento más marcado ahora—. No pares…
El calor crecía en oleadas. Adrián introdujo un dedo, luego otro, curvándolos mientras su boca seguía trabajando. Mina sintió el orgasmo acercarse como una marea lenta y pesada. Cuando llegó, fue profundo, largo, un temblor que partió desde el centro de su cuerpo y se extendió hasta las puntas de los dedos. Gimió su nombre, o algo parecido a su nombre, mientras las caderas se alzaban contra la boca de él.
Cuando el temblor cesó, Adrián subió por su cuerpo y la besó. Mina saboreó su propio placer en los labios de él.
—Ahora —susurró ella, todavía jadeante—, muéstrame lo generoso que puedes ser.
Capítulo 3
La camisa de Adrián ya estaba abierta. Mina lo empujó suavemente hacia atrás hasta que él quedó sentado en el sofá. Se subió a su regazo, desnuda excepto por los zapatos de tacón que aún conservaba. Sus pechos pesados rozaban el pecho desnudo de él con cada movimiento.
Con dedos hábiles desabrochó el pantalón de Adrián. Su erección saltó libre, gruesa, caliente, ya brillante en la punta. Mina lo tomó entre ambas manos y lo acarició con lentitud, disfrutando de la forma en que él cerraba los ojos y apretaba la mandíbula.
—Mírame —ordenó ella.
Él abrió los ojos. Mina se levantó apenas, alineó la cabeza de su miembro con su entrada todavía resbaladiza, y bajó centímetro a centímetro. El estiramiento fue delicioso, profundo. Cuando estuvo completamente dentro, ambos se quedaron quietos un segundo, respirando el mismo aire.
Mina empezó a moverse. Al principio fue un balanceo lento, circular, que hacía que sus pechos se mecieran frente a la cara de Adrián. Él las tomó con ambas manos, las apretó, las llevó a su boca. Cada chupón enviaba una descarga directa al lugar donde estaban unidos.
—Más fuerte —jadeó Mina—. Quiero sentirte mañana.
Adrián la agarró por las caderas y empezó a empujar hacia arriba, encontrando el ritmo de ella. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenó la habitación. Mina inclinó la cabeza hacia atrás, el cabello cayéndole por la espalda, y se dejó llevar. Cada embestida rozaba ese punto profundo dentro de ella que hacía que las piernas le temblaran.
—Voy a correrme otra vez —advirtió, voz rota.
—Hazlo —gruñó Adrián—. Quiero sentirlo.
El segundo orgasmo la golpeó más fuerte que el primero. Se contrajo alrededor de él con fuerza, gemidos ahogados contra su cuello, mientras él seguía moviéndose, prolongando el placer hasta que ella casi no podía soportarlo.
Cuando el temblor pasó, Adrián la levantó sin salir de ella y la recostó de espaldas en el sofá. Se colocó encima y empezó a embestir con más profundidad, más urgencia. Mina enredó las piernas alrededor de su cintura y lo recibió todo.
—Dentro… —susurró ella—. Quiero sentirte correrte dentro.
Adrián no necesitó más. Unas pocas embestidas más y se vació en ella con un gemido largo y grave, el cuerpo tenso, los dedos clavados en las caderas de Mina. Ella lo sostuvo mientras las últimas pulsaciones lo sacudían.
Permanecieron unidos varios minutos, respirando juntos, sudorosos, el olor a sexo y perfume flotando en el aire.
Mina pasó los dedos por el cabello de Adrián.
—Eso… fue generoso —dijo, con una sonrisa perezosa y satisfecha.
Él levantó la cabeza y la miró.
—Todavía no he terminado de serlo.
Mina rió bajito, un sonido cálido y oscuro.
—Entonces… sigue invirtiendo.
Fuera, la noche seguía su curso. Dentro del salón privado, el juego apenas había empezado.
Continúa el relato....
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