Seda y Susurros
NOTA: Como Mary Love, os ofrezco esta historia. Un relato de deseo contenido, de miradas que queman y de un anhelo que se construye con paciencia, como se teje la seda más fina. Aquí no hay gritos ni prisas; solo la temperatura exacta de dos cuerpos que se descubren, el roce de la piel contra la piel y la promesa de algo más profundo. Que lo leáis con el corazón abierto y la respiración un poco alterada.
Capítulo 1
La mujer de los gatos y los libros
Me llamo Elena Voss y vivo en un piso pequeño del barrio antiguo, donde la luz de la tarde se filtra entre las cortinas de lino y se posa sobre las estanterías repletas de novelas, ensayos y cuadernos de notas. Tengo veintitrés años, estudio Literatura Comparada y, entre clases y proyectos, estoy levantando poco a poco una pequeña editorial independiente que publica voces nuevas. No tengo hijos. Solo a mis dos gatos: Luna, una siamesa de ojos azules que se enrosca en mi regazo cuando escribo, y Nube, un gato gris que insiste en dormir encima de mis apuntes.
Soy romántica. Lo admito sin vergüenza. Creo en las cartas largas, en las conversaciones que se alargan hasta la madrugada y en el tipo de deseo que no se agota en una noche. Me gusta el sexo —me gusta hasta el éxtasis—, pero también sé que el amor sincero, incluso sin él, puede ser profundamente saludable. Por eso no busco cualquier aventura. Busco calidad. Busco a alguien que sepa mirarme como si yo fuera un libro que merece ser leído despacio.
Esa tarde de octubre el aire olía a lluvia y a hojas húmedas. Había quedado en la librería “Páginas Secretas” para presentar un pequeño volumen de poesía que mi editorial acababa de publicar. Llevaba un vestido de punto fino color crema que se ceñía suavemente a la cintura y botas de ante. El pelo castaño suelto, un poco ondulado por la humedad. Mientras acomodaba los ejemplares sobre la mesa, sentí una mirada.
No era cualquiera. Era una mirada que pesaba.
Me giré y lo vi. Estaba de pie junto a la sección de narrativa contemporánea, con un libro abierto entre las manos. Alto, de hombros anchos bajo un abrigo oscuro de corte impecable. Cabello negro ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él unas cuantas veces. Ojos grises, intensos, que no se apartaron de los míos cuando nuestros gestos se encontraron. Debía de tener alrededor de treinta y dos o treinta y tres años. Había en él una quietud poderosa, la de alguien acostumbrado a mandar y, al mismo tiempo, a observar.
—¿Es suyo el libro? —preguntó, acercándose. Su voz era grave, templada, con un leve acento que no supe ubicar del todo.
—De la editorial, sí —respondí, sonriendo con esa mezcla de profesionalidad y curiosidad que siempre me salva—. ¿Le interesa la poesía?
—Me interesa lo que dice la verdad sin gritarla —contestó. Dejó el libro sobre la mesa y extendió la mano—. Alejandro Reyes.
Su piel estaba tibia. El contacto fue breve, pero suficiente para que un pequeño escalofrío subiera por mi brazo. Mientras hablábamos de versos y de la dificultad de encontrar voces auténticas, Luna y Nube me esperaban en casa, y yo pensaba, con una claridad casi dolorosa, que hacía mucho tiempo que nadie me miraba de aquella manera: como si pudiera ver más allá de la estudiante responsable, de la emprendedora que no se rinde, de la chica que se acaricia a sí misma en la soledad de su cama cuando el deseo aprieta demasiado.
Cuando la presentación terminó, me ofreció llevarme a casa. Acepté. En el coche —un vehículo discreto, elegante, sin ostentación— el silencio no fue incómodo. Olía a cuero y a una colonia sutil, de cedro y algo más oscuro. Cada vez que cambiaba de marcha, su mano rozaba casi el aire entre nosotros. Yo miraba por la ventana las luces de la ciudad y sentía el pulso acelerado en la base de la garganta.
Al llegar frente a mi edificio, no me pidió el número. Solo dijo:
—Me gustaría volver a hablar con usted, Elena. Sin prisas.
Le di el mío. Esa noche, después de dar de comer a los gatos y de bañarme con sales de lavanda, me recosté en la cama y dejé que los dedos recorrieran mi piel con la misma lentitud con la que él había leído aquellos versos. No fue vulgar. Fue una forma de escucharme a mí misma, de recordar que el cuerpo también habla cuando el alma está inquieta.
Capítulo 2
La conversación que no termina
Tres días después recibí un mensaje:
“Hay una exposición de manuscritos antiguos en la biblioteca universitaria. ¿Le apetece ir mañana por la tarde? —A.”
Acepté. Nos encontramos en la escalinata de piedra. Él llevaba una camisa blanca de cuello abierto bajo un jersey de cachemira gris, y el contraste con su piel morena me hizo morder el interior del labio. Caminamos entre vitrinas iluminadas, hablando de caligrafía, de cómo la tinta antigua todavía olía a tiempo detenido. Cada vez que se inclinaba para señalarme un detalle, su hombro rozaba el mío y el aire entre nosotros se densificaba.
Después cenamos en un restaurante pequeño donde las mesas estaban separadas por biombos de madera. Pedimos vino tinto. Mientras hablábamos de mis proyectos editoriales y de su trabajo —dirigía una fundación cultural que recuperaba archivos literarios—, sentí que él escuchaba de verdad. No interrumpía. No miraba el móvil. Solo me miraba a mí, como si cada palabra mía fuera importante.
—Eres muy detallada —dijo en un momento—. Se nota en cómo hablas de tus autores, en cómo cuidas cada frase.
—Me gusta hacer las cosas bien —respondí—. Y no me rindo fácilmente.
Sonrió, una sonrisa lenta que le iluminó los ojos grises.
—Eso se nota también.
Cuando salimos, la noche era fresca. Me ofreció su abrigo. El forro todavía guardaba el calor de su cuerpo. Al llegar a mi portal, se detuvo. No intentó besarme. Solo levantó una mano y me apartó un mechón de pelo de la mejilla con una delicadeza que me dejó sin aliento.
—Buenas noches, Elena —susurró—. Que tus gatos te cuiden.
Subí las escaleras con el corazón latiendo tan fuerte que pensé que Luna y Nube lo oirían. Esa noche no me toqué. Preferí quedarme con la sensación de sus dedos en mi piel, guardándola como se guarda un secreto precioso.
Durante la semana siguiente nos escribimos. Mensajes largos. Fragmentos de poemas. Preguntas que no eran superficiales. “¿Qué es para ti el deseo de calidad?” me preguntó una noche. Respondí: “Aquello que no se agota en el cuerpo. Aquello que te hace querer volver a mirar a la misma persona al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente.”
Capítulo 3
La noche en que el aire cambió
Acepté. Su apartamento estaba en un edificio antiguo renovado, con ventanales altos que daban a un patio interior lleno de hiedra. Olió a hierbas frescas y a madera. Él había preparado pasta casera con setas y un vino blanco frío. Mientras comíamos, hablamos de todo: de mis gatos, de mis miedos a no llegar a tiempo con la editorial, de su propia soledad elegante. Descubrí que también él buscaba algo verdadero, algo que no se gastara en la superficie.
Después de cenar nos sentamos en el sofá grande, frente a la chimenea de gas que proyectaba una luz ambarina. Había puesto música suave —piano contemporáneo— y el silencio entre las notas se llenaba de nuestra respiración. En un momento dado, su mano se posó sobre la mía. No apretó. Solo descansó allí, tibia, segura.
—Elena —dijo en voz baja—, llevo días pensando en el roce de tu pelo contra mi abrigo. En cómo tu voz cambia cuando hablas de las cosas que te importan.
Me giré hacia él. Nuestros rostros estaban cerca. Podía ver las pestañas oscuras, la sombra de la barba apenas marcada, el leve movimiento de su garganta al tragar. Levantó la otra mano y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, tan despacio que sentí cada milímetro de piel.
El primer beso fue lento. Labios que se reconocían, que se exploraban sin prisa. Su mano se deslizó hasta la nuca, sosteniéndome con firmeza suave, mientras la mía encontraba el pecho bajo la camisa y notaba el latido fuerte, acelerado. El beso se profundizó. No hubo urgencia vulgar. Hubo hambre contenida, la clase de hambre que se alimenta de la espera. Cuando nos separamos, ambos respirábamos alterados. Su frente descansó contra la mía.
—Si me dices que pare, paro —susurró.
—No pares —contesté—. Solo… ve despacio.
Sus labios bajaron por mi mandíbula, por el cuello, deteniéndose en el punto donde el pulso se vuelve locuaz. Cada beso era una pregunta y una respuesta. Sus manos subieron por mi espalda, trazando la curva de la cintura a través de la blusa de seda. Yo hundí los dedos en su cabello y sentí cómo el deseo se acumulaba en el centro del pecho, caliente, dulce, casi doloroso de lo intenso.
Nos quedamos así largo rato: besos, caricias a través de la ropa, susurros que no necesitaban palabras completas. Cuando la noche avanzó, él me acompañó hasta la puerta. Me besó una última vez, más profundo, más largo, y murmuró contra mi boca:
—Quiero conocerte despacio, Elena. Quiero que cada encuentro sea mejor que el anterior. Y quiero que, cuando lleguemos más lejos, sea porque los dos lo deseamos con la misma certeza.
Volví a casa temblando de una forma nueva. Me duché con agua tibia, me puse el camisón de algodón y me acosté entre los gatos. Esa noche me acaricié con una ternura distinta, imaginando no solo el placer, sino la mirada gris que me había sostenido, la voz que me había prometido tiempo.
Capítulo 4
Lo que se construye despacio
Las semanas siguientes se convirtieron en una danza lenta y deliciosa. Cenas, paseos por el río, tardes en mi piso mientras Luna y Nube se subían a su regazo sin ningún pudor. Alejandro aprendió a preparar el té exactamente como a mí me gusta. Yo le leía en voz alta los manuscritos que llegaban a la editorial. Cada encuentro terminaba con besos cada vez más profundos, con manos que exploraban con más confianza, con respiraciones que se aceleraban… y con la promesa compartida de no precipitar lo inevitable.
Una noche, mientras estábamos en mi cama vestidos todavía, hablando en la penumbra, él me dijo:
—Sé que para ti el sexo es importante. También lo es para mí. Pero quiero que, cuando llegue, sea el resultado de todo esto: de las conversaciones, de la confianza, del deseo que hemos dejado madurar.
Le acaricié el pecho a través de la camisa y sonreí.
—Eso es exactamente lo que buscaba. Alguien que entienda que el éxtasis no empieza en el cuerpo. Empieza mucho antes.
Nos besamos entonces con una intensidad nueva. Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, la curva de mis caderas. Yo respondí con la misma urgencia contenida, dejando que el calor se acumulara entre nosotros como una promesa. Cuando por fin nos separamos, ambos sabíamos que estábamos cerca de cruzar un umbral… y que lo haríamos cuando el momento fuera perfecto.
Me quedé dormida con la cabeza en su hombro, escuchando el latido de su corazón y el suave ronroneo de los gatos a nuestros pies. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que no estaba sola en la búsqueda. Había encontrado a alguien que entendía que el amor sincero y el deseo profundo no tienen por qué excluirse. Que se pueden abrazar, despacio, con respeto y con hambre.
Y mientras la noche avanzaba, supe que esta historia —nuestra historia— apenas estaba empezando.
Capítulo 5
Cuando el tiempo se detiene
El sábado amaneció nublado, de esos días grises que invitan a quedarse entre sábanas. Alejandro había pasado la noche en mi piso. Nos despertamos abrazados, con Luna acurrucada entre nuestros pies y Nube ronroneando sobre la almohada de él, como si ya lo hubiera adoptado por completo.
Me miró con los ojos todavía cargados de sueño y me sonrió de esa manera lenta que siempre me desarma.
—Buenos días —susurró, y su voz ronca me recorrió la piel como una caricia.
No dijimos mucho al principio. Solo nos quedamos así, respirando el mismo aire, sintiendo el calor del otro. Su mano subió y bajó por mi espalda, por encima del camisón de algodón, con una ternura que hacía que el corazón se me apretara de una forma dulce y casi dolorosa. Yo dibujé círculos invisibles en su pecho, sintiendo el latido firme bajo la tela de la camisa que no se había quitado.
Después de un rato se levantó a preparar café. Yo me quedé en la cama escuchando los sonidos familiares de mi cocina: el agua hirviendo, el leve tintineo de las tazas, su voz baja hablando con los gatos. Cuando volvió, traía dos tazas humeantes y una expresión distinta en el rostro. Más intensa. Más decidida.
Nos sentamos enfrentados en la cama, las piernas cruzadas, bebiendo despacio. El silencio era denso, cargado de todo lo que todavía no habíamos dicho.
—Elena… —empezó, dejando la taza a un lado—. Llevo semanas conteniéndome. Respetando el ritmo que ambos elegimos. Pero esta mañana, al despertarme contigo, supe que ya no quiero esperar más. No por prisa. Por certeza.
Dejé mi taza también. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
—Yo también lo siento —contesté en voz baja—. Quiero conocerte… del todo. Con calma. Con todo el tiempo del mundo.
Se inclinó hacia mí. Esta vez el beso no fue suave. Fue profundo, hambriento, lleno de todas las noches de espera. Sus manos se enredaron en mi cabello y me atrajo contra su pecho. Yo respondí con la misma urgencia contenida, abriendo los labios, dejando que su lengua me explorara con una lentitud deliciosa que me hizo soltar un suspiro tembloroso.
Rodamos juntos sobre las sábanas. Su peso sobre mí era perfecto: protector, deseado. Sus labios bajaron por mi cuello, deteniéndose en la base de la garganta, donde el pulso se volvía loco. Cada beso era una promesa. Cada roce de su barba apenas marcada contra mi piel me arrancaba un escalofrío nuevo.
Con una delicadeza casi reverente, deslizó el camisón por mis hombros. No lo quitó del todo. Solo lo bajó lo suficiente para que sus labios pudieran recorrer la línea de mis clavículas, el comienzo de mis pechos. Yo arqueé la espalda, ofreciéndome sin vergüenza, sintiendo cómo el deseo se acumulaba bajo la piel como miel caliente.
Mis dedos encontraron los botones de su camisa y los deshicieron uno a uno. Cuando por fin pude tocar la piel desnuda de su pecho, solté un sonido bajo, casi de alivio. Estaba caliente, firme, y latía con fuerza bajo mis palmas. Él se detuvo un segundo, mirándome a los ojos, buscando confirmación. Yo asentí.
—Despacio —le pedí—. Quiero sentir cada segundo.
Sus manos exploraron mi cuerpo como si estuviera memorizando un mapa sagrado. Mis labios aprendieron la curva de su cuello, el sabor de su piel, el temblor que le recorría cuando yo lo tocaba de cierta manera. El mundo se redujo al roce de la ropa que todavía no queríamos quitar por completo, a las respiraciones entrecortadas, a los susurros que se perdían entre besos.
En un momento, cuando el deseo ya era casi insoportable, él apoyó la frente contra la mía y dijo, con voz rota de emoción:
—Estoy aquí. Contigo. Sin prisas y sin miedo.
Yo cerré los ojos y sonreí, sintiendo que por primera vez el éxtasis no empezaba en el cuerpo… sino mucho antes. En la confianza. En la mirada. En la certeza de haber encontrado a alguien que entendía que el verdadero placer se construye despacio, como se teje la seda más fina.
Fuera llovía. Dentro, el tiempo se había detenido.
Y todavía nos quedaba todo el día… y todas las noches que quisiéramos.
Capítulo 6
El espacio entre nosotrosLa lluvia seguía cayendo cuando por fin nos separamos un poco, solo lo suficiente para mirarnos. El camisón había quedado enredado en mi cintura; su camisa colgaba abierta de sus hombros. Entre nosotros ya no había prisa, solo una quietud densa, casi sagrada.
Alejandro apoyó la cabeza en la almohada y me atrajo contra su pecho. Su piel desnuda ardía contra la mía. Pude sentir cada latido, cada respiración profunda. Luna se había acomodado a nuestros pies otra vez, como si entendiera que este momento no debía interrumpirse.
—Cuéntame —susurró él, acariciándome el cabello con una lentitud hipnótica—. Qué sientes ahora.
Cerré los ojos. Su voz, tan cerca, me provocaba un temblor suave en el vientre.
—Siento que por primera vez no tengo miedo de entregarme del todo —respondí—. No solo el cuerpo. Todo. Mis dudas, mis ambiciones, mis gatos, mis noches en las que me toco pensando en alguien que todavía no existe… y que de pronto eres tú.
Él sonrió contra mi frente. Sentí la curva de sus labios.
—Entonces déjame conocerte también así —dijo—. Sin prisas. Sin máscaras.
Sus dedos bajaron por mi espalda desnuda, trazando la línea de la columna con una delicadeza que me hizo morder el labio inferior. No fue un gesto codicioso. Fue una exploración paciente, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo. Cada vez que sus yemas se detenían en un punto sensible, yo contuve la respiración y él esperaba, atento a mi reacción, antes de continuar.
Rodé sobre él. Ahora era yo quien lo miraba desde arriba, con el cabello cayéndole sobre el pecho. Sus ojos grises estaban oscuros, casi negros de deseo contenido. Apoyé las palmas en su pecho y sentí cómo el corazón le golpeaba con fuerza.
—Tú también —le dije en voz baja—. Quiero saber qué te pasa por dentro cuando me tocas así.
Alejandro levantó una mano y me acarició la mejilla, el labio inferior, el cuello.
—Me pasa que dejo de controlar el tiempo —confesó—. Que el mundo se reduce a la temperatura de tu piel y al sonido que haces cuando te gusta algo. Que tengo miedo de no estar a la altura de lo que mereces… y al mismo tiempo sé que haría cualquier cosa por intentarlo.
Me inclinó hacia él y lo besé. Esta vez el beso fue más profundo, más lento, casi languideciente. Nuestras lenguas se encontraron sin urgencia, explorándose como si tuvieran todo el día por delante. Sus manos subieron por mis costados, deteniéndose en la curva de mi cintura, sosteniéndome con firmeza suave. Yo me moví contra él, apenas, solo lo suficiente para sentir la dureza de su deseo a través de la tela que todavía nos separaba. Ambos soltamos un suspiro al mismo tiempo.
En cambio, nos perdimos en el espacio intermedio: en las caricias que subían y bajaban, en los besos que se prolongaban hasta volverse casi meditativos, en los susurros que se entrecortaban cuando el placer se volvía demasiado intenso. Aprendimos el mapa del cuerpo del otro sin necesidad de llegar al final. Cada roce era una promesa. Cada mirada, una confirmación.
Cuando por fin nos detuvimos, exhaustos de tanto sentir, yo estaba tumbada a su lado, con una pierna echada sobre la suya y la cabeza apoyada en su hombro. Él me besaba la sien de vez en cuando, como si no pudiera dejar de hacerlo.
—Esto… —murmuró contra mi pelo— es lo que buscaba. No solo el éxtasis. Esto. El antes. El durante. El después que empieza antes incluso de terminar.
Asentí, sonriendo contra su piel.
Fuera, la lluvia había amainado. Dentro, el tiempo seguía detenido entre nosotros dos, entre las sábanas revueltas y el suave ronroneo de los gatos.
Capítulo 7
La noche en que el deseo aprendió a esperarLa tarde se alargó como un suspiro lento. Después de aquella mañana de caricias y confesiones, nos levantamos casi a regañadientes. Alejandro preparó un desayuno tardío mientras yo me duchaba. El agua caliente resbalaba por mi piel todavía sensible, y cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el peso de su mano en mi cintura, el roce de su barba contra mi cuello, la forma en que su respiración se entrecortaba cuando yo me movía contra él.
Salí envuelta en una toalla gruesa y lo encontré en la cocina, en camisa abierta y pantalones de chándal oscuros que se ceñían a sus caderas con una naturalidad peligrosa. Luna estaba sentada en el friso de la ventana mirándolo como si fuera el nuevo rey de la casa. Nube, más descarado, se frotaba contra sus pantorrillas.
—Hueles a vainilla y a mí —dijo al verme, y su voz tenía ese tono grave que me hacía sentir el eco entre las piernas.
Me sonrojé, pero no aparté la mirada. Me acerqué, me puse de puntillas y lo besé. Fue un beso lento, sabroso, de esos que saben a café y a promesas. Él me rodeó con un brazo y me atrajo contra su cuerpo. La toalla se resbaló un poco de un hombro. Su mano subió y la sostuvo, sin bajarla del todo, solo manteniéndola en su sitio con una delicadeza que me puso la piel de gallina.
—Si sigues mirándome así —susurró contra mi boca—, no vamos a salir de este piso en todo el fin de semana.
—¿Y eso sería tan malo? —pregunté, rozando su labio inferior con el mío.
Sonrió. Esa sonrisa ladeada que ya conocía y que cada vez me parecía más peligrosa.
Cocinamos juntos. Él cortaba verduras con precisión quirúrgica mientras yo removía una salsa de tomate con albahaca fresca. Cada vez que nos cruzábamos en la pequeña cocina, nuestros cuerpos se rozaban. Un hombro contra un pecho. Una cadera contra otra. Una mano que se detenía un segundo de más en la espalda baja. El aire se volvió espeso, cargado de anticipación. Hablamos de todo y de nada: de un manuscrito que había recibido la editorial, de un archivo que él estaba recuperando en Italia, de cómo Luna odiaba el sonido de la batidora. Pero debajo de cada frase flotaba otra conversación, muda, hecha de miradas y de respiraciones que se aceleraban.
Cenamos en el sofá, con los platos sobre la mesita baja y los gatos merodeando a nuestro alrededor. La única luz era la de dos velas y la lámpara de pie en el rincón. Alejandro tenía el brazo apoyado en el respaldo, detrás de mi cabeza, y de vez en cuando sus dedos jugueteaban con un mechón de mi pelo. Yo sentía el calor de su cuerpo a escasos centímetros y me costaba concentrarme en el sabor de la comida.
Cuando terminamos, dejó los platos a un lado y se giró hacia mí. Su expresión había cambiado. Ya no había juego. Solo una intensidad serena, profunda.
—Elena… —dijo mi nombre como si lo saboreara—. Esta mañana nos detuvimos. Y estuvo bien. Estuvo perfecto. Pero necesito saber hasta dónde quieres llegar esta noche. Porque yo… yo ya no puedo fingir que no te deseo con cada célula de mi cuerpo.
El silencio que siguió fue denso, casi palpable. Mi corazón latía con tanta fuerza que lo sentía en la garganta, en las muñecas, en el bajo vientre.
—Quiero todo —respondí al fin, con voz apenas audible—. Pero quiero que sea despacio. Quiero sentir que cada centímetro de mi piel es descubierto como si fuera la primera vez. Quiero que me mires mientras me tocas. Y quiero tocarte a ti también… sin prisa.
Él cerró los ojos un segundo, como si mis palabras le hubieran atravesado. Cuando los abrió, estaban oscuros, casi negros.
—Entonces ven aquí.
Me atrajo hacia su regazo. Me senté a horcajadas sobre él, todavía vestida con un vestido largo de punto fino que me llegaba a media pantorrilla. Sus manos subieron por mis muslos, por encima de la tela, hasta la cintura, y me sujetaron con firmeza. El contacto de su cuerpo duro contra el mío me arrancó un suspiro tembloroso. Me besó entonces con una lentitud deliberada, profunda, como si quisiera beberme despacio. Su lengua me exploró con una paciencia que contrastaba con la tensión que sentía bajo mis caderas.
Mis dedos se enredaron en su cabello. El suyo olía a la colonia que ya asociaba solo con él: cedro, algo ahumado y un fondo limpio de jabón. Cuando sus labios bajaron por mi mandíbula y se posaron en el lateral de mi cuello, arqueé la espalda. Él aprovechó para deslizar el escote del vestido por un hombro, dejando al descubierto la curva de mi pecho. No lo tocó todavía. Solo lo miró. Y esa mirada fue más íntima que cualquier caricia.
—Eres hermosa —murmuró—. No de una forma lejana. De una forma que me duele aquí —y se tocó el pecho, justo sobre el corazón.
En un momento, cuando ambos respirábamos agitados y el deseo era ya una fiebre dulce, apoyé la frente contra la suya.
—No quiero que termine todavía —susurré—. Quiero quedarme en este borde un poco más.
Él asintió, sonriendo con ternura y con un hambre que no intentaba esconder.
—Entonces nos quedamos aquí —contestó—. En el borde. Juntos.
—Cuando por fin crucemos ese umbral… va a valer cada segundo de espera.
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario