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lunes

Mi dios mitologico Min apaga mi fuego


Mi nombre es Marta y tengo 19 años. Mi cuerpo vibra de anticipación mientras observo a Alejandro, mi amante de 29 años, lo conocí en el metro justo hace un año, cerrar la puerta del apartamento con esa sonrisa lenta que siempre me desarma. Hace ya un año que soy mayor de edad y soy dueña de mi cuerpo. Somos adultos, plenamente conscientes y consentidores. Cada roce, cada palabra, cada gemido es deseado y pactado entre nosotros. Como todas las noches nos dejamos llevar, pero esta es especial, es nuestro aniversario, explorando la profundidad de nuestro deseo mutuo.


Me acerco a él descalza sobre la alfombra suave. Llevo solo una camisa de los 'chicago bulls' que apenas cubre mis muslos. Siento cómo mis pezones se endurecen contra la tela al notar su mirada lasciva recorriéndome. —Eres mía esta noche —susurra él con voz ronca, atrayéndome por la cintura. Nuestros labios se encuentran en un beso profundo, húmedo, cargado de urgencia. Su lengua invade mi boca con maestría, explorando, reclamando, mientras sus manos grandes bajan hasta apretar mis nalgas con posesión deliciosa.


Gimo contra sus labios y siento cómo mi coño ya se humedece, palpitante de necesidad. Lo empujo suavemente hacia la cama que domina la habitación, iluminada solo por luces tenues y velas aromáticas que perfuman el aire con vainilla y jazmín. Alejandro se deja caer sentado en el borde y yo me coloco entre sus piernas abiertas. Mis dedos tiemblan ligeramente de excitación mientras desabrocho su camisa, revelando su pecho ancho y marcado por horas de gimnasio. Beso su piel caliente, mordisqueo sus pezones y bajo lentamente, trazando un camino húmedo con mi lengua hasta el borde de sus pantalones.


—Quiero probarte —murmuro con voz entrecortada, mirándolo a los ojos.


Él asiente, respirando agitado. Bajo la cremallera y libero su polla gruesa y dura, que salta erguida frente a mi rostro. Es perfecta: dura y erecta, como la del dios mitológico egipcio Min, su cabeza esculpida por Jnun en su torno de alfarero, brillante por una gota de precum que lamo lentamente, saboreando su gusto salado y masculino. Lo introduzco en mi boca con devoción, deslizándolo profundo hasta sentirlo golpear el fondo de mi garganta. Chupo con fuerza, girando mi lengua alrededor del glande, mientras mi mano acaricia sus huevos pesados. Alejandro gruñe, enredando sus dedos en mi cabello, guiando mis movimientos pero sin forzarme. Me encanta sentirme así: sumisa y poderosa al mismo tiempo.


—Joder, Marta… tu boca es el paraíso —jadea. Mis jugos vaginales resbalan por mis muslos internos. Estoy empapada. Me aparto con un pop húmedo y me quito la camisa, quedando completamente desnuda. Mis pechos firmes, coronados por pezones rosados y erectos, se balancean mientras me subo a horcajadas sobre él. Froto mi coño hinchado y resbaladizo contra su polla, masturbándonos mutuamente sin penetración todavía. El roce de su grosor contra mi clítoris me hace temblar.


—Fóllame —suplico, mordiendo su oreja—. Quiero sentirte entero dentro de mí.


Alejandro me levanta con facilidad y me tumba de espaldas sobre la cama. Separa mis piernas ampliamente, exponiendo mi sexo depilado y brillante. Se arrodilla y baja su rostro. Su lengua experta lame mi raja de abajo arriba, deteniéndose en mi clítoris hinchado para succionarlo con ritmo perfecto. Introduzco dos dedos en mi boca para ahogar mis gemidos mientras él introduce dos dedos gruesos en mi coño, curvándolos para rozar ese punto mágico que me hace arquear la espalda. Me corro por primera vez con un grito ahogado, mis paredes internas contrayéndose alrededor de sus dedos, inundando su boca con mis fluidos dulces.


Sin darme tiempo a recuperarme, se posiciona sobre mí. Siento la cabeza gruesa de su polla presionar mi entrada, abriéndome lentamente. Centímetro a centímetro me llena, estirándome deliciosamente hasta que sus huevos chocan contra mi culo. Está tan profundo que siento presión en el vientre. Comienza a moverse: primero lento, saboreando cada embestida, saliendo casi por completo para volver a hundirse con fuerza. Mis uñas arañan su espalda mientras envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas.


—Más fuerte… quiero que me uses —le ruego. Él acelera, follándome con golpes profundos y rítmicos. El sonido húmedo de piel contra piel llena la habitación junto a nuestros gemidos. Mis tetas rebotan con cada impacto. Cambio de posición: me pone a cuatro patas, como la perrita caliente que soy para él esta noche. Agarra mis caderas y me penetra desde atrás con renovada intensidad. Su polla golpea mi punto G una y otra vez. Estiro una mano hacia atrás para acariciar mi clítoris mientras él me da nalgadas suaves que enrojecen mi piel y aumentan mi placer.


—Eres tan estrecha y mojada… me vuelves loco —gruñe, tirando de mi cabello con suavidad. Siento otro orgasmo construyéndose. Mi coño palpita alrededor de su grosor. Me corro violentamente, gritando su nombre, contrayéndome tan fuerte que casi lo expulso. Alejandro no para. Me da la vuelta de nuevo, levanta mis piernas sobre sus hombros y me folla en misionero profundo. Su pelvis golpea mi clítoris con cada embestida. Sudamos, respiramos agitados, perdidos en el placer animal y tierno al mismo tiempo.


—Quiero correrme dentro —susurra, y yo asiento con desesperación—. Lléname, por favor.


Sus movimientos se vuelven erráticos, más profundos. Siento su polla hincharse aún más dentro de mí. Con un rugido gutural se corre, derramando chorros calientes y abundantes de semen en lo más profundo de mi útero. El calor me hace correrme por tercera vez, un orgasmo largo y ondulante que me deja temblando.


Nos quedamos unidos, latiendo juntos, besándonos con ternura mientras su leche espesa resbala lentamente de mi coño. Lo abrazo fuerte, sintiendo su peso delicioso sobre mí. Esta es nuestra conexión: cruda, explícita, llena de amor y lujuria consentida.


Después de unos minutos me arrodillo de nuevo, limpiando su polla semierecta con mi lengua, saboreando nuestra mezcla de sabores. Él acaricia mi cabello con devoción. La noche es joven y ambos sabemos que esto solo es el comienzo. Volveremos a follar en la ducha, contra la pared, quizás probando juguetes que guardamos para ocasiones especiales. Mi cuerpo es suyo y el suyo es mío. Adultos, libres, entregados al placer más puro.



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