Así que contrataron a Léa. Independiente, profesional, discreta. Había llegado a las ocho en punto. Cabello castaño oscuro recogido en un moño bajo, labios pintados de un rojo mate, cuerpo maduro y generoso envuelto en un vestido negro simple que caía justo por encima de las rodillas. Cuarenta y pocos años. Sonrisa tranquila.
—Buenas noches —dijo Léa, dejando el abrigo en el perchero—. Qué casa tan acogedora.
Nara le ofreció vino. Alberto sirvió. Durante los primeros veinte minutos hablaron de cosas banales: el clima del Valais, el tren que bajaba desde Ginebra, el queso local. Pero la tensión era un hilo invisible que se tensaba cada vez que Nara miraba la boca de Léa o cuando Léa cruzaba las piernas y el vestido subía un centímetro.
Léa asintió. El primer beso fue lento, exploratorio. Labios suaves contra labios suaves. Nara soltó un suspiro tembloroso que Alberto sintió en la entrepierna como un golpe eléctrico. Él se quedó sentado en el sofá, las piernas abiertas, observando cómo su esposa de treinta años de matrimonio se derretía contra otra mujer.
Las manos de Léa subieron por la espalda de Nara, desabrocharon el cierre del vestido de seda azul. La tela cayó hasta la cintura. Nara no llevaba sujetador. Sus pechos, pesados, marcados por el tiempo y la maternidad, quedaron expuestos. Léa los miró con auténtico apetito y se inclinó para tomar un pezón entre los labios. Nara arqueó la espalda y soltó un gemido gutural.
—Dios… —susurró.
Alberto se desabrochó el pantalón. Su polla ya estaba dura, gruesa, venosa, saliendo de los bóxers. Se acarició despacio mientras veía a Léa chupar el pecho de su mujer, mientras la lengua de Léa daba círculos lentos alrededor del pezón endurecido y luego lo succionaba con fuerza. Nara tenía las manos en el pelo de Léa, empujándola contra su pecho.
—Quítame el resto —pidió Nara con voz ronca.
Léa bajó el vestido por completo. Nara se quedó en bragas de encaje negro. Léa se arrodilló frente a ella, besó el vientre suave, la cicatriz discreta de la cesárea de hace décadas, y luego enganchó los dedos en la tela y bajó las bragas. El coño de Nara estaba ya brillante, los labios hinchados, el clítoris asomando entre ellos.
Léa se instaló entre las piernas de Nara y empezó a comerla con dedicación. Lengua plana, movimientos amplios, luego la punta concentrada en el clítoris, chupando, succionando, metiendo dos dedos curvados dentro mientras lamía. El sonido era obsceno: húmedo, rítmico, salpicado de los gemidos de Nara.
Ahora era un triángulo perfecto. Léa chupando el coño de Nara, Nara chupando la polla de Alberto. El olor a sexo llenaba el salón. Alberto sujetaba la cabeza de su esposa y empujaba despacio, sintiendo cómo la lengua de Nara rodeaba el glande y cómo la garganta se abría para recibirlo más profundo.
Léa se levantó un momento, se desnudó por completo. Sus pechos eran firmes, los pezones oscuros. El coño afeitado, solo un triángulo de vello fino. Se acercó a Nara por detrás, la abrazó, le pellizcó los pezones mientras Nara seguía chupando a Alberto. Luego Léa guió la mano de Nara hasta su propio coño.
—Tócame —ordenó con suavidad.
Nara metió los dedos entre los labios de Léa y los encontró empapados. Empezó a frotar el clítoris de la otra mujer al mismo tiempo que se la follaba con la boca a Alberto. Léa gimió contra el cuello de Nara y le mordió el hombro.
Se movieron al sofá grande. Nara se tumbó de espaldas. Léa se colocó a horcajadas sobre su cara, de frente a Alberto. Nara levantó la cabeza y empezó a lamer el coño de Léa con hambre, con esa misma lengua que durante años solo había usado con él. Alberto se arrodilló entre las piernas de su esposa e introdujo la polla de un solo embate hasta el fondo.
Nara gritó contra el coño de Léa. Alberto la follaba con embestidas profundas y lentas al principio, sintiendo cómo las paredes internas se aferraban a él. Léa se mecía sobre la boca de Nara, frotándose, gimiendo, mirando a Alberto a los ojos.
—Más fuerte —pidió Nara, la voz ahogada—. Fóllame como si fuera la primera vez.
Alberto aceleró. El sonido de su pelvis golpeando contra el culo de Nara llenaba la habitación. Léa se inclinó hacia adelante y besó a Alberto, metiéndole la lengua en la boca mientras Nara la comía por debajo. El sabor de Nara en la boca de Léa se mezcló con el beso.
Léa se corrió primero. Su cuerpo se tensó, los muslos apretaron la cabeza de Nara, y un gemido largo y agudo le salió del pecho mientras el coño se contraía contra la lengua de Nara. Los jugos le resbalaron por la barbilla a Nara, que los bebió sin parar de lamer.
Cuando Léa se bajó, temblando, se colocó al lado de Nara y le besó la boca, compartiendo el sabor. Luego bajó hasta donde Alberto empujaba y empezó a lamer el clítoris de Nara mientras él la follaba. La lengua de Léa y la polla de Alberto trabajando juntas. Nara se deshizo. El orgasmo le llegó como una ola que le dobló el cuerpo. Gritó el nombre de Alberto y luego el de Léa, las piernas temblando, el coño apretando la polla de su marido en espasmos violentos.
Alberto no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo hasta que Nara se quedó blanda y gimiendo sin control. Entonces se retiró, la polla brillante de jugos, y se dirigió a Léa.
—Quiero correrme dentro de ti —dijo con voz grave.
Léa se tumbó de espaldas, abrió las piernas y guió la polla de Alberto hasta su entrada. Él entró de un empujón. Estaba caliente, estrecha, resbaladiza. Nara se arrodilló a su lado y le chupó un pecho mientras miraba cómo su marido se la follaba a la otra mujer. Luego bajó y lamió el punto donde se unían, saboreando el coño de Léa y la polla de Alberto al mismo tiempo.
Alberto se corrió con un gruñido profundo, empujando hasta el fondo y soltando chorros calientes dentro de Léa. Nara no quitó la boca; cuando él se retiró, lamió el semen que se derramaba del coño de Léa, mezclado con los fluidos de ella. Léa se estremeció con un segundo orgasmo más suave solo de sentir aquella lengua limpia.
Se quedaron los tres en el sofá, sudorosos, entremezclados. Alberto abrazaba a Nara por detrás. Léa descansaba la cabeza en el pecho de Nara. Durante un rato nadie habló. Solo se oía la respiración y, a lo lejos, el río.
Alberto la besó. Sabía a Léa y a sí mismo y a ella. La llevó al dormitorio y la hizo el amor otra vez, despacio, mirándola a los ojos, hasta que ambos volvieron a correrse, esta vez solo los dos.
Afuera, Sion dormía bajo las estrellas del Valais. Dentro, un matrimonio de treinta años acababa de descubrir que el deseo todavía podía sorprenderlos. Y que el amor, a veces, se expande en lugar de romperse.
Él solo la estrechó más fuerte. El sábado había sido inolvidable. Y el resto de sus sábados, de alguna manera, ya nunca volverían a ser iguales.
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