Me llamo Tomás, y escribo esto mientras el cuerpo aún me arde.
Ella se llama Clara. Veinte años, ojos color avellana que se oscurecen cuando duda, labios que se muerden sin darse cuenta. Me abrió la puerta de su habitación en la pensión de la calle Mayor con el manuscrito del escritor bajo el brazo, como si fuera un amuleto o una maldición. El hombre se hace llamar Mateo Soler. Publicó hace meses un libro titulado El ladrón de sueños, y desde entonces Clara no duerme igual. Dice que las frases se le meten bajo la piel, que al leerlas siente manos invisibles recorriéndola, que la realidad se desdibuja y ella misma se vuelve personaje de otra historia. Yo vine a investigar. Terminé quedándome.
La luz de la lámpara de petróleo tiñe de ámbar las paredes. Clara se sienta en el borde de la cama, las piernas juntas bajo la falda de lana gris. Yo me quito el gabán y lo dejo sobre la silla. El silencio entre nosotros es espeso, cargado de todo lo que no se ha dicho. Ella levanta la mirada y me ofrece el manuscrito.
—Léalo en voz alta —susurra—. Quiero ver si a usted también le sucede.
Abro las páginas. La prosa de Soler es densa, hipnótica, habla de un hombre que roba los sueños de las mujeres y las deja vacías, deseosas, rotas. Empiezo a leer. Mi voz llena la habitación. Clara cierra los ojos. Veo cómo su pecho sube y baja más rápido, cómo los dedos se crispan sobre la falda. Cada frase parece rozarla. Cuando llego a la descripción de una caricia imaginaria que desciende por la espalda desnuda de la protagonista, Clara exhala un suspiro tembloroso y abre los ojos. Hay un brillo nuevo en ellos, peligroso y dulce a la vez.
—¿Lo siente? —pregunta.
Dejo el manuscrito sobre la mesilla. Me acerco. El olor de ella —jabón barato, papel viejo y algo cálido, femenino— me envuelve. Me arrodillo delante, las manos apoyadas en sus rodillas. Ella no se aparta. Mis pulgares trazan círculos lentos sobre la tela de la falda, subiendo centímetro a centímetro. Siento el calor de su piel a través de la lana.
—Sí —respondo, y mi voz sale más grave de lo que pretendía—. Lo siento.
Sus labios se entreabren. Me inclino y los beso. Al principio es solo contacto, suave, exploratorio. Luego ella responde, abre la boca y me deja entrar. El sabor de Clara es a té con un toque de menta y a deseo contenido. Mis manos suben por sus muslos, levantando la falda con cuidado. La media de algodón es áspera bajo mis dedos; más arriba, la piel es sedosa, caliente. Llego al borde de las bragas de algodón blanco. Clara tiembla, pero no me detiene. Sus dedos se enredan en mi cabello.
Me aparto un instante solo para mirarla. Las mejillas sonrosadas, la respiración agitada, la falda arremangada hasta la cadera. Es hermosa de una forma que duele, como algo que no debería tocarse y que, sin embargo, se ofrece. Bajo la cabeza y beso el interior de su muslo. Ella jadea. Subo despacio, dejando un rastro húmedo de labios y lengua, hasta rozar la tela que aún la cubre. El aroma de su excitación me golpea, cálido y dulce. Empujo la tela a un lado con los dedos y la miro: hinchada, brillante, abierta. Paso la lengua una sola vez, lenta, de abajo arriba, deteniéndome en el punto más sensible. Clara arquea la espalda y suelta un gemido ahogado, como si tuviera miedo de que alguien en la pensión pudiera oírla.
Sigo. La lengua traza círculos suaves, luego más firmes. Introduzco un dedo con cuidado, sintiendo cómo se cierra a mi alrededor, caliente y estrecha. Luego otro. La limpio con la boca mientras mis dedos se curvan dentro de ella, buscando ese lugar que la hace temblar más. Sus caderas se mueven contra mi cara, pequeñas oleadas de placer que no puede controlar. Cuando la siento cerca, cuando sus muslos se tensan a ambos lados de mi cabeza, me detengo. Ella gime de protesta.
Me incorporo. Me quito la camisa, el pantalón, la ropa interior. Clara me observa con los ojos entrecerrados, los labios húmedos. Se quita la blusa y el sujetador con manos temblorosas. Sus pechos son firmes, los pezones oscuros y erguidos. Me inclino y los tomo en la boca, uno y luego el otro, chupando con suavidad mientras ella se arquea hacia mí. Su mano baja y me rodea, cálida y un poco inexperta. El contacto me arranca un gemido.
La tumbo suavemente sobre la cama. Me coloco entre sus piernas. La miro a los ojos mientras empujo dentro de ella, lento, dejando que se acostumbre a la sensación de llenura. Clara exhala un “ah” largo, y sus uñas se clavan en mis hombros. Me muevo con cuidado al principio, retirándome casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada embestida es deliberada, profunda. El calor de ella me envuelve, me aprieta, me invita a ir más lejos. Acelero poco a poco. El sonido de nuestros cuerpos uniéndose llena la habitación, húmedo y rítmico. Clara envuelve mis caderas con las piernas y me empuja más adentro. Sus pechos se mueven con cada embestida. Bajo la cabeza y le muerdo el lóbulo de la oreja, luego el cuello, dejando marcas que mañana tendrá que ocultar.
—Más —susurra contra mi oído.
Obedezco. Mis caderas golpean contra las suyas con más fuerza. Una de mis manos se desliza entre nosotros y encuentra ese pequeño núcleo de nervios. Lo froto en círculos mientras sigo moviéndome dentro de ella. Clara se tensa de golpe. Su interior se contrae alrededor de mí en oleadas rítmicas, fuertes, y su grito queda ahogado contra mi hombro. El placer recorre todo su cuerpo; la siento temblar, la siento abrirse y cerrarse a mi alrededor una y otra vez. Esa presión me empuja al límite. Empujo una última vez, profundo, y me derramo dentro de ella con un gemido grave, sintiendo cómo el placer me vacía por completo y me fundo con su cuerpo.
Nos quedamos así, unidos, respirando agitados. El sudor nos pega la piel. Beso su frente, sus párpados, la comisura de sus labios. Fuera, la niebla sigue pegada a los cristales. Dentro, algo ha cambiado.
Más tarde, mientras ella duerme con la cabeza en mi pecho, pienso en los dos casos. La hija de Elena Montes se llama, según los papeles que encontré esta mañana, Clara. Nació en 1923 y fue entregada a una familia de Logroño que lleva el apellido Soler. El escritor Mateo Soler es, en realidad, su hermano de crianza. La maldición de la que hablan los vecinos —una serie de desgracias, muertes tempranas, mujeres que enloquecen leyendo— no es más que el peso de las palabras que una familia ha arrastrado durante generaciones. Palabras que se escriben, se leen, se convierten en carne.
Clara se despierta al alba. Me mira como si aún no estuviera segura de si soy real o un personaje más del libro. Yo la beso otra vez, despacio, y ella me responde con la misma urgencia de anoche. Esta vez es ella quien se coloca a horcajadas sobre mí. Baja despacio, tomándome dentro, y se mueve con un ritmo que busca su propio placer. La miro desde abajo: el cabello revuelto, los pechos balanceándose, la boca entreabierta. Mis manos en sus caderas la guían, la ayudan. Cuando vuelve a correrse, lo hace mirándome a los ojos, y esa mirada me destroza y me reconstruye al mismo tiempo.
Salgo de la pensión cuando el sol empieza a filtrarse entre la niebla. Tengo que hablar con Elena Montes. Tengo que enfrentarme a Mateo Soler. Pero antes de cerrar la puerta, me vuelvo y miro a Clara, aún desnuda entre las sábanas, el manuscrito abierto a su lado. Las palabras pueden robar sueños, sí. También pueden devolverlos. Y el amor —el amor con mayúsculas— es la única maldición que merece la pena cargar.
Esta noche volveré. Y mañana. Y todos los días que haga falta hasta que la niebla se disipe y los dos sepamos, de una vez por todas, qué es real y qué es solo literatura.
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