El café olía a canela y a grano tostado cuando Dolores entró. La luz dorada se filtraba entre las persianas de madera, dibujando largas sombras en el suelo de baldosas rojas. Elegió una mesa cerca de la ventana, donde podía observar el movimiento de la calle mientras esperaba. Su corazón latía con un ritmo extraño, una mezcla de nerviosismo y anticipación que no sentía desde hacía años.
Valeria llegó diez minutos después, y su presencia llenó el espacio con una energía vibrante. Llevaba una melena castaña que caía en ondas rebeldes sobre sus hombros, y sus ojos oscuros brillaron cuando vio a Dolores. Vestía un jersey beige holgado que le llegaba a mitad del muslo, combinado con unas botas de cuero gastado que marcaban cada paso con un suave taconeo sobre el suelo de madera.
—Perdona el retraso —dijo Valeria, su voz más grave de lo que Dolores esperaba, con un matiz cálido que vibró en el aire entre ellas—. El tráfico estaba infernal.
Dolores sonrió, sintiendo cómo algo en su estómago se revolvía de una manera agradable. —No te preocupes. Acabo de llegar.
Valeria se sentó frente a ella, y el espacio entre sus cuerpos pareció cargarse de electricidad estática. Cuando la camarera se acercó, ambas pidieron café, y Valeria añadió: —Y dos croissants de chocolate. Por mi cuenta.
—No tienes que hacer eso —protestó Dolores, pero Valeria levantó una mano, sus dedos largos y delgados adornados con anillos de plata.
—Quiero hacerlo —insistió, y su mirada se intensificó—. Me alegra mucho que hayas venido.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso, lleno de palabras no dichas. Dolores se encontró estudiando los detalles de Valeria: la forma en que su cabello caía sobre su frente cuando inclinaba la cabeza, el pequeño lunar sobre su labio superior, la manera en que sus manos descansaban sobre la mesa, tan cerca que Dolores podía sentir el calor que emanaban.
—Así que eres escritora —dijo Valeria, rompiendo el silencio—. Siempre he admirado a las personas que pueden crear mundos con palabras.
Dolores sintió un rubor subir por su cuello. —No es tan glamuroso como suena. Paso más tiempo mirando una página en blanco que escribiendo algo decente.
Valeria se rio, y el sonido fue como música para los oídos de Dolores. —Apuesto a que eres demasiado dura contigo misma. He leído algunos de tus artículos en la revista. Tienes una forma de ver el mundo que es... única.
Dolores frunció el ceño, sorprendida. —¿Has leído mi trabajo?
—Por supuesto —Valeria se inclinó hacia adelante, y el aroma de su perfume —algo con notas de jazmín y sándalo— envolvió a Dolores—. Me encanta cómo describes las emociones, cómo capturas los pequeños detalles que otros pasan por alto.
La camarera llegó con sus cafés y croissants, y el momento de intimidad se rompió. Pero cuando Valeria pasó el azucarero a Dolores, sus dedos se rozaron brevemente. El contacto fue fugaz, pero envió una corriente eléctrica por todo el cuerpo de Dolores, haciendo que su respiración se cortara por un instante. Retiró su mano rápidamente, como si hubiera quemado, pero sus ojos encontraron los de Valeria, y vio en ellos un reflejo de su propia sorpresa y... ¿deseo?
—¿Estás bien? —preguntó Valeria, su voz suave, preocupada.
Dolores asintió, incapaz de hablar. Se tomó un sorbo de café para ocultar su turbación, el líquido caliente quemando su lengua. No entendía lo que le estaba pasando. Había estado con mujeres antes, en su juventud, pero hacía décadas que no sentía esta atracción tan intensa, tan abrumadora.
Valeria sonrió, como si entendiera exactamente lo que Dolores estaba sintiendo. —A veces las conexiones más intensas nos toman por sorpresa.
Dolores se encontró asintiendo, sus ojos fijos en los de Valeria. —No esperaba... esto.
—¿Esto? —Valeria se inclinó aún más, su voz apenas un susurro—. ¿Qué es esto, Dolores?
La forma en que pronunció su nombre, con los labios ligeramente abiertos, hizo que algo se despertara en el vientre de Dolores, un calor que se extendió lentamente por sus venas. Se dio cuenta de que estaba sosteniendo la respiración, y la soltó con un suspiro tembloroso.
—No lo sé —admitió, su voz apenas audible—. Pero es... intenso.
Valeria extendió su mano sobre la mesa, esta vez intencionadamente, sus dedos apenas rozando los de Dolores. —A veces lo intenso es exactamente lo que necesitamos.
Dolores no retiró su mano. Permitió que el contacto se prolongara, sintiendo cómo la piel de Valeria, cálida y suave, se fusionaba con la suya. Las mariposas en su estómago se habían convertido en una tormenta, y sintió cómo sus pechos se endurecían bajo la tela de su blusa de seda.
—Valeria... —empezó a decir, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
—Sé —interrumpió Valeria, su pulgar trazando círculos lentos sobre el dorso de la mano de Dolores—. Yo también lo siento.
El mundo exterior pareció desvanecerse. El murmullo de las otras conversaciones, el tintineo de las tazas, el aroma del café, todo se perdió en el fondo mientras Dolores se perdía en los ojos oscuros de Valeria. Vio en ellos una promesa, una invitación a algo que no se atrevía a nombrar ni siquiera en sus pensamientos más secretos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Dolores, su voz temblorosa pero decidida.
Una sonrisa lenta se extendió por el rostro de Valeria, transformando sus facciones en algo deslumbrante. —Podríamos empezar por terminar estos croissants —dijo, su tono juguetón—. Y luego... ver qué pasa.
Dolores se rio, el sonido liberador después de tanto tiempo. —¿Solo ver qué pasa?
Valeria se inclinó aún más, sus labios casi rozando la oreja de Dolores. —Oh, tengo algunas ideas —susurró, su aliento caliente haciendo que Dolores se estremeciera—. Pero prefiero mostrártelas en lugar de decírtelas.
El resto de la tarde pasó en un borrón de conversaciones y toques casuales. Cada vez que sus manos se encontraban, cada vez que sus miradas se cruzaban, la tensión entre ellas crecía hasta hacerse casi insoportable. Dolores se encontró reaccionando de maneras que no había experimentado en años: su corazón acelerado, su piel erizada, una humedad creciente entre sus muslos que la hacía moverse incómodamente en su silla.
Cuando finalmente se despidieron en la puerta del café, el sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Valeria tomó la mano de Dolores, esta vez sin disimulo, sus dedos entrelazándose con los de ella.
—¿Cuándo te veo de nuevo? —preguntó Valeria, su voz baja y grave.
Dolores sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. —Mañana —dijo, sorprendida por su propia audacia—. En mi apartamento.
La sonrisa de Valeria fue brillante. —Será un placer —dijo, y levantó la mano de Dolores hasta sus labios, depositando un beso suave en sus nudillos—. Hasta mañana, Dolores.
Mientras caminaba hacia casa, Dolores sintió cómo el mundo parecía más vibrante, más vivo. Los colores eran más intensos, los sonidos más claros. Se dio cuenta de que llevaba sonriendo sin darse cuenta, y que algo en su interior, algo que había estado dormido durante años, comenzaba a despertar. Esa noche, acostada en su cama, sus manos no buscarían el vacío, sino que se moverían con propósito, trazando los contornos de su cuerpo mientras imaginaba las manos de Valeria sobre su piel. Por primera vez en cinco años, la soledad no se sentía como un vacío, sino como una promesa de lo que estaba por venir.
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