Me acerco lentamente, dejando que mis caderas se balanceen con deliberada provocación. Llevo solo un body de encaje negro que apenas cubre mi coño ya empapado. Mis pechos pesados se mueven con cada paso, los pezones erectos rogando por atención. Me detengo al borde de la cama y deslizo una mano entre mis muslos, rozando mi clítoris hinchado mientras lo miro fijamente. —Hoy vas a sentirme hasta el fondo, amor —susurro con voz ronca, cargada de lujuria—. Y no pararás hasta que te vacíes por completo dentro de mí.
Subo a la cama con gracia felina, gateando sobre él hasta posicionarme a horcajadas sobre sus caderas. Su polla roza mi entrada caliente, y ambos gemimos al contacto. Agarro su miembro erecto con una mano, sintiendo cómo palpita contra mi palma, caliente y duro como acero envuelto en terciopelo. Lo froto lentamente, rozo su glande contra mis labios vaginales, lubricándolo con mis jugos abundantes, dejando que la cabeza hinchada presione mi clítoris una y otra vez. Cada roce envía descargas eléctricas por mi columna.
—Estás tan mojada… —gime él, pero lo silencio colocando un dedo sobre sus labios.
—Shh. Esta noche hablo yo con mi cuerpo.
Me elevo ligeramente, alineando su polla con mi entrada ansiosa, y comienzo a descender. Centímetro a centímetro, lo siento abrirme, estirarme, llenarme por completo. Un gemido largo y gutural escapa de mi garganta cuando su grosor presiona mis paredes internas, tocando ese punto mágico que me hace temblar. Me detengo a mitad de camino, disfrutando la sensación de plenitud, y contraigo mis músculos vaginales alrededor de él, ordeñándolo con fuerza.
—Joder… —jadea mi esposo, arqueando la espalda.
Sonrío con malicia y me dejo caer de golpe, engulléndolo hasta la base. Nuestros pubis chocan con un sonido húmedo y obsceno. Empiezo a cabalgarlo despacio al principio, moviendo mis caderas en círculos amplios, sintiendo cómo su polla roza cada pliegue sensible dentro de mí. Mis manos se apoyan en su pecho, clavando ligeramente las uñas para marcar mi dominio. Sus pectorales se tensan bajo mis palmas mientras acelero el ritmo.
La posición amazona me da todo el control. Soy yo quien decide la profundidad, la velocidad, la intensidad. Me inclino hacia adelante, dejando que mis pechos cuelguen sobre su rostro, y él los atrapa con la boca, succionando mis pezones con hambre desesperada. Cada lametazo envía ondas de placer directo a mi clítoris. Levanto las caderas hasta casi dejarlo salir y luego me dejo caer con fuerza, una y otra vez, cabalgándolo duro como la amazona que soy.
El sonido de nuestra carne chocando llena la habitación: slap, slap, slap húmedo y constante. Mis jugos resbalan por sus huevos, empapando las sábanas. Siento el sudor perlándome la espalda, entre mis pechos, y eso solo me excita más. Mi coño lo aprieta rítmicamente, succionándolo, devorándolo. Cambio el ángulo ligeramente para que su glande golpee justo contra mi punto G con cada embestida descendente.
—Así, mi puta amazona… —gruñe él, pero sus ojos ruedan de placer.
Aumento la velocidad, rebotando con fuerza sobre su polla. Mis muslos arden por el esfuerzo, pero el placer es demasiado intenso para detenerme. Siento cómo se hincha más dentro de mí, cómo sus venas palpitan contra mis paredes. Quiero sus orgasmos. Todos. Quiero ordeñarlo hasta dejarlo seco.
—Vas a correrte para mí —le ordeno, jadeando—. Ahora.
Contraigo mi coño con más fuerza y giro las caderas en un movimiento circular feroz mientras me dejo caer. Él estalla. Su cuerpo se arquea violentamente debajo de mí, los músculos rígidos, y siento los chorros calientes de su semen inundándome. Grita mi nombre, temblando, pero no me detengo. Sigo cabalgándolo a través de su orgasmo, prolongándolo, exprimiendo cada gota mientras su polla sigue latiendo dentro de mí.
Su primer clímax es brutal, pero sé que puede darme más. Reduzco un poco el ritmo, dejando que se recupere apenas, y luego vuelvo a acelerar. Mi clítoris frota contra su pelvis con cada movimiento, acercándome a mi propio borde. El sudor nos cubre a ambos. Mis tetas rebotan salvajemente, y él las agarra con fuerza, pellizcando mis pezones justo como me gusta.
—Otra vez —exijo, inclinándome hacia atrás para cambiar el ángulo. Ahora su polla presiona mi pared frontal con precisión letal—. Quiero sentirte correrte de nuevo.
Sus gemidos se vuelven más agudos, casi suplicantes. Lo monto sin piedad, subiendo y bajando con fuerza bruta, sintiendo cómo su polla, aún sensible por el primer orgasmo, se endurece otra vez dentro de mí. El placer es abrumador. Mi coño chorrea alrededor de él, los jugos mezclados con su semen creando una lubricación resbaladiza y obscena.
—Dios… no puedo… es demasiado —jadea, pero su cuerpo me dice lo contrario. Sus caderas intentan seguir mi ritmo, rendidas a mi dominio.
Lo cabalgo más duro, más rápido, sintiendo cómo mi propio orgasmo se construye como una ola gigante. Mis paredes se contraen espasmódicamente alrededor de su grosor. Grito cuando me corro, un clímax intenso que me hace temblar entera, pero sigo moviéndome, ordeñándolo sin descanso. Segundos después, él tiene su segundo orgasmo, aún más potente que el primero. Su polla palpita con fuerza, eyaculando chorros más débiles pero profundos, y su cuerpo se convulsiona debajo de mí como si estuviera poseído.
No me detengo. Mi cuerpo pide más. Me inclino hacia adelante, apoyando las manos en sus hombros, y lo monto como una salvaje, persiguiendo un tercer clímax para él. Sus ojos están vidriosos de placer abrumador, la boca abierta en un gemido constante. Siento su polla ultrasensible dentro de mí, rozando todos mis puntos de placer mientras yo persigo el mío.
—Dámelo todo —susurro contra sus labios antes de besarlo con ferocidad—. Siente cómo te poseo.
El tercer orgasmo llega como una tormenta. Él grita, arqueándose tanto que casi me levanta, y siento las contracciones profundas mientras intenta vaciarse por completo. Mi propio placer explota de nuevo, sincronizado con el suyo, y cabalgo a través de las olas, apretando cada músculo para exprimirlo hasta la última gota.
Finalmente, colapso sobre su pecho sudoroso, ambos jadeando, temblando. Su polla aún late débilmente dentro de mí, nuestro placer mezclado goteando entre nosotros. Lo beso suavemente en el cuello, sintiendo la victoria de haberlo llevado al límite absoluto.
En este momento, soy su reina, su amazona, su dueña absoluta del placer.
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