Entro en el apartamento de don Enrique, en el quinto piso de un edificio antiguo del centro. El aire huele a madera vieja y a colonia barata. Él me espera sentado en su sillón orejero, con la bata entreabierta y una sonrisa tímida que ilumina sus ojos hundidos. Tiene setenta y nueve años, viudo desde hace una década. Sus manos tiemblan ligeramente cuando las extiendo para saludarlo, pero no es miedo: es anticipación.—Laura, mi niña… —murmura con voz ronca.
Me arrodillo frente a él sin decir nada más. Mis dedos desatan el nudo de su bata con lentitud deliberada, revelando su pecho flácido, cubierto de vello blanco y fino. Su piel es cálida, sorprendentemente suave en algunos lugares. Deslizo las yemas por sus costillas, bajando hacia el vientre que aún conserva algo de la fuerza de quien fue carpintero toda su vida. Su pene ya empieza a despertar, semierecto, grueso y venoso, coronado por un glande que asoma tímido entre los pliegues de piel arrugada.
Me inclino y soplo suavemente sobre él. Enrique exhala un gemido grave que me humedece al instante. Mis labios lo envuelven con ternura primero, luego con hambre. Lo succiono despacio, sintiendo cómo se endurece dentro de mi boca, cómo late contra mi lengua. Uso una mano para masajear sus testículos pesados, mientras la otra acaricia el interior de sus muslos temblorosos. Él enreda los dedos en mi cabello oscuro y empuja con suavidad, buscando más profundidad. Se lo doy. Trago hasta que mi nariz roza su pubis canoso y él gruñe de puro placer.—Dios mío, Laura… tu boca es el cielo —jadea.
Me pongo de pie, me quito el vestido ligero que llevo y quedo solo con unas braguitas de encaje negro. Mis pechos son firmes, medianos, con pezones ya duros por la excitación. Me siento a horcajadas sobre sus piernas y froto mi sexo húmedo contra su erección, sin penetrarlo aún. El roce de mi clítoris hinchado sobre su miembro caliente me hace gemir. Enrique toma mis senos con ambas manos, los aprieta con reverencia, acerca su boca y chupa uno de mis pezones con avidez. Siento cada lametazo como una descarga directa a mi vientre.
Bajo una mano y guío su polla hacia mi entrada. Estoy empapada. Desciendo centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abre, cómo su grosor anciano pero vigoroso me llena por completo. Cuando estoy totalmente empalada, me quedo quieta, contrayendo mis músculos internos alrededor de él. Enrique echa la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Empiezo a moverme. Arriba y abajo, lento al principio, disfrutando la fricción deliciosa. Mis jugos resbalan por sus huevos y manchan la tela del sillón.
Acelero el ritmo. Mis tetas rebotan frente a su cara y él las atrapa, las muerde suavemente, las succiona mientras yo cabalgo con más fuerza. El sonido húmedo de mi coño tragándose su verga llena la habitación. Sudo. Él suda. El olor a sexo maduro y joven se mezcla y me excita todavía más.—Fóllame, Laura… más fuerte —suplica con voz rota.
Me apoyo en sus hombros y golpeo hacia abajo con energía. Mi clítoris frota contra su hueso púbico cada vez que bajo. El orgasmo me sorprende rápido: un espasmo profundo que me hace apretarlo con fuerza dentro de mí. Grito, clavando las uñas en su piel. Él no dura mucho más. Siento sus huevos contraerse, su polla palpitar y luego el chorro caliente de su semen inundándome. Se corre con largos gemidos, llenándome hasta que el exceso escapa por los lados y gotea sobre sus muslos.
Me quedo sobre él un rato largo, besando su frente arrugada, su cuello, sus labios secos. Le limpio con cariño, le preparo un té y lo arropo en la cama. Antes de irme, me susurra un “gracias” que me llega al alma.
Pero mi jornada no termina ahí. Dos calles más abajo vive don Manuel, setenta y cuatro años, diabético pero con una libido que no ha disminuido. Lo visito tres veces por semana. Hoy lo encuentro en la cocina, de pie, apoyado en el bastón. Apenas cierro la puerta cuando ya estoy de rodillas, bajándole los pantalones de pijama. Su polla es más larga que gruesa, ligeramente curvada, y se pone dura con solo verme.—Eres un ángel, chiquilla —dice mientras le como la verga con ganas.
Esta vez quiero que me tome por detrás. Me apoyo en la mesa de la cocina, levanto la falda y separo las piernas. Manuel escupe en su mano, lubrica su miembro y me penetra de un empujón. Es más brusco que Enrique, más primitivo. Me folla con embestidas fuertes, sus caderas chocando contra mi culo redondo. Sus manos aprietan mis nalgas, las separan para ver cómo mi coño traga su carne.—Qué apretada estás… qué rica —gruñe.
Estiro una mano hacia atrás y acaricio sus huevos mientras me penetra. El placer es intenso, casi doloroso. Cambio de postura: me siento en la mesa, piernas abiertas y rodeando su cintura. Él me penetra de nuevo, mirándome a los ojos. Esta vez es más íntimo. Beso su boca, meto mi lengua, saboreo el tabaco viejo y el café. Sus dedos encuentran mi clítoris y lo frotan con torpeza pero con dedicación. Me corro gritando su nombre. Él se vacía dentro de mí por segunda vez en la semana, temblando de pies a cabeza.
Por la tarde visito a don Antonio, el más joven de mis “pacientes” especiales, solo setenta y uno. Es el más experimentado. Me recibe con una copa de vino y música suave. Me desnuda lentamente en su habitación, besando cada centímetro de mi piel. Me tumba en la cama y pasa largos minutos comiéndome el coño. Su lengua es hábil a pesar de los años: lame mi clítoris en círculos lentos, introduce dos dedos curvados buscando mi punto G. Me hace correr dos veces solo con la boca, bebiendo mis fluidos como si fueran néctar.
Cuando por fin me penetra, es de lado, spooning, su pecho pegado a mi espalda. Su mano rodea mi cintura y juega con mis pezones mientras me folla con estocadas profundas y controladas. Siento cada vena de su polla rozando mis paredes internas. Le pido que me llene el culo hoy. Él acepta con un gemido excitado. Lubrico su miembro con mis propios jugos y lo guío hacia mi ano. Entra despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos descansan contra mi coño. El placer es oscuro, intenso, prohibido. Me masturbo mientras él me sodomiza con ritmo creciente. Me corro con tanta fuerza que casi pierdo el sentido. Antonio se derrama dentro de mi culo, gruñendo como un animal.
Al final del día, regreso a casa exhausta pero satisfecha. Mi cuerpo huele a ellos, a sexo maduro, a gratitud y deseo cumplido. Sé que lo que hago no está en el manual de ninguna institución, pero en sus miradas, en sus gemidos y en la paz que les dejo, encuentro mi verdadera vocación. Facilitar placer no es solo un acto de caridad; es un acto de amor carnal y profundo hacia quienes ya creían que nunca más serían deseados.
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