[El clímax de Cristina la arranca de la realidad con la violencia de un rayo, mientras grita con un sonido gutural que se pierde contra el rugido del mar, su cuerpo arqueado en tensión absoluta por contracciones que la sacuden desde el vientre hasta el cabello, apretando su sexo alrededor de Luis con fuerza desesperada. Sus dedos se clavan en sus hombros, buscando anclaje en su piel sudorosa, y el mundo se disuelve en una explosión de luz y calor que la deja jadeando, incapaz de articular palabra. Antes de que las últimas ondas de placer desaparezcan, Luis la agarró por la cintura con fuerza y la volcó sobre la arena, dejándola boca abajo con el rostro en los granos fríos y húmedos, su vestido enredado en la cintura. Cristina soltó un gemido ahogado de sorpresa, pero no tuvo tiempo de protestar: Luis se deslizó sobre ella, cubriendo su espalda con su peso, y le aprisionó las muñecas contra la arena. Su aliento caliente, con olor a tabaco y sexo, golpeó su cuello, y susurró con voz ronca: “Ahora es mi turno. No tienes el control, Cristina. Yo te guío”. Soltó sus muñecas pero se mantuvo cerca, empujándola suavemente hacia abajo para que se quedara quieta, y ordenó: “Gírate”. Cristina obedeció, reclinándose sobre los codos para ver su silueta contra la luna llena. Luis se arrodilló frente a ella, sus pantalones bajados, y le dijo: “Tócame. Explórame. Con la boca. Con las manos. Quiero que sientas cada parte de mí”. Cristina, temblando por el residuo del orgasmo, se incorporó y acercó sus manos a su torso, trazando sus pectorales, su abdomen, hasta su ingle, mientras besaba su cuello y su esternón, embriagada por el sabor salado de su piel. Luis la guió con su cabello, murmurando “Así. Sigue. Todo”, y Cristina bajó la vista hacia su sexo, inclinándose para rodearlo con sus labios, mientras el rumor del mar se volvía lejano y solo existían su boca y el cuerpo de Luis bajo la luna llena.]
La Marea Salvaje---
Cristina sintió la textura de la piel de Luis, caliente y tensa bajo sus labios, mientras el mar rugía a lo lejos, un sonido que ya parecía pertenecer a otro mundo. Su lengua trazó el contorno de la cabeza, brillante y salada, explorando la pequeña abertura antes de envolverlo con la humedad de su boca. Luis, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, apretó los dedos en el cabello de ella, no para guiarla, sino para anclarse en la realidad que se le desmoronaba. Ella notó cómo su respiración se cortaba, cómo los músculos de sus abdominales se contraían en espasmos involuntarios bajo sus palmas. Había un poder en la sumisión, un control devastador en saber que él estaba al borde, que su placer dependía de cada movimiento, de cada succión profunda que hacía que sus labios rozaran la base de su sexo.
Con una lentitud calculada, Cristina aumentó el ritmo, usando su mano para complementar lo que su boca no podía abarcar, apretando a medida que subía y relajando al bajar. El sonido húmedo y obsceno de su boca trabajando sobre él era el único contrapunto al oleaje. Sintió que él crecía en su interior, que el pulso en su glande se volvía frenético, una señal inconfundible de que el control se le escapaba. Luis comenzó a gemir, un sonido ronco y gutural que nacía desde lo profundo de su pecho, y sus caderas empezaron a moverse con un impulso propio, buscando profundizar en el calor de su garganta. Estaba justo ahí, al borde del abismo, a punto de colapsar.
Entonces, Cristina se detuvo.
Se retiró bruscamente, dejándolo expuesto al aire frío de la noche, húmedo y palpitante en la oscuridad. Luis abrió los ojos de golpe, el cuerpo rígido por la frustración, el pecho levantándose con fuerza mientras buscaba el contacto perdido. Cristina lo miró desde abajo, todavía de rodillas en la arena, con los labios hinchados y brillantes, y limpió una gota de saliva de la comisura de su boca con el dorso de la mano. No hubo ternura en su mirada, solo una necesidad cruda y salvaje.
—No aquí —dijo, su voz rasposa por el uso y el deseo—. Llévame a las rocas.
Luis la miró, confundido por un segundo, antes de que la ira y la lujurias se entrelazaran en su mirada. No dijo una palabra; simplemente la agarró por el brazo con fuerza suficiente para dejar una marca, levantándola del suelo con facilidad. La condujo hacia los escollos que sobresalían de la arena, mojados por el oleaje y resbaladizos bajo la luz de la luna. El aire estaba cargado de yodo y electricidad. Cuando llegaron a la base de la formación rocosa, Luis no esperó. Con un movimiento brusco, la giró y la empujó contra la piedra fría y rugosa.
Cristina soltó un gemido cuando su pecho y el estómago chocaron contra el granito, la diferencia de temperatura entre su piel ardiente y la roca helada enviando un escalofrío por su espalda. Luis estaba detrás de ella, su presencia masiva y caliente envolviéndola. No hubo preparación, ni suavidad. Levantó lo que quedaba de su vestido de seda, ahora arrugado y manchado de arena y sal, y con una mano firme en la nuca, la presionó contra la piedra, obligándola a arquear la espalda.
—Esto es lo que quieres, ¿verdad? —suscitó Luis al oído, su aliento caliente golpeando el lóbulo de su oreja, su acento andaluz arrastrando las vocales con una pesadez erótica.
Sin previo aviso, penetró con violencia, hundiéndose hasta el fondo en una sola embestida seca y brutal. Cristina gritó, clavando las uñas en la superficie irregular de la roca, buscando apoyo mientras el dolor y el placer explotaban simultáneamente en su vientre. La piedra cortaba su piel suave, mientras él la llenaba con una fuerza que la hacía sentirse pequeña, poseída, desmembrada.
Luis no se movió de inmediato, permaneciendo dentro de ella, permitiéndole sentir cada centímetro, cada latido de su miembro dentro de su cuerpo. Entonces, comenzó a moverse, con golpes secos y profundos que hacían que sus caderas golpearan contra sus nalgas con un sonido seco y percusivo.
—Eres mi juguete, Cristina —murmuró, mordisqueando el cuello con fuerza, dejando un camino de dientes sobre su piel pálida—. Mía. Solo mía. No tienes control aquí.
Cristina jadeaba contra la roca, incapaz de formar palabras coherentes, cada golpe de Luis robándole el aire y empujándola más contra la piedra cortante.
—Dímelo —exigió él, deteniéndose un segundo, solo para volver a golpear más fuerte, más profundo—. Pídeme más. Usa palabras sucias. Hazme saber cuánto te gusta que te folle así.
—Sí... —gimió ella, la voz quebrada—. Sí, follame. Dámelo todo.
Luis rió bajo, un sonido oscuro y satisfecho, y apretó la mano en su cadera, marcándola, mientras el mar seguía su ritmo inmutable, indiferente al salvajismo que ocurría en la orilla.
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