jueves

El eco del cristal

"Guillermo regresa a su piso tras la reunión, con la imagen de la chica de Rafael aún en la mente. Su masturbación frente a la ventana abierta se convierte en un espectáculo para dos jóvenes que, en lugar de marcharse, llaman al cristal y le ofrecen terminar lo que empezó. Una noche de verano que promete placer sin límites."



El aire de la noche de verano se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa, espesa y cargada de los olores del monte que descendía hacia el barrio antiguo. Guillermo cerró la puerta de su piso, el eco del portazo resonando en el silencio del pasillo. La reunión con Rafael y sus amigos había dejado una residual electricidad bajo sus costuras, un zumbido constante que no tenía nada que ver con las cervezas que había bebido. Su mente seguía anclada en el último instante en el bar: la chica que acompañaba a Rafael, la forma en que se había reído, una mano rozando demasiado el brazo, una mirada que había prometido más de lo que la etiqueta social permitía. Subió por las escaleras, sintiendo el peso de la media erección que le había acompañado durante el trayecto en taxi, un recordatorio obstinado de su necesidad.

Al llegar a su santuario, la soledad del piso no pareció un vacío, sino un lienzo listo para ser usado. Guillermo se dirigió al baño sin encender las luces principales, dejando que la penumbra acogiera sus movimientos. La ducha fue un ritual rápido, el agua caliente golpeando su espalda y lavando el sudor de la calle, pero no el fuego interno. Se secó con toques bruscos, la toalla de algodón áspera contra su piel sensible, y se quedó de pie ante el espejo del baño. Su reflejo le devolvió la mirada, los ojos oscuros, el torso marcado por el trabajo y la disciplina, y abajo, su miembro, semi-erguido, reclamando atención.

Decidió no vestirse. No había necesidad. La libertad de caminar desnudo por su propia casa era uno de los placeres simples que valoraba en solitario. Cogió la botella de aceite y el cable HDMI, y caminó hacia el salón. La ventana estaba abierta de par en par. Era una calle sin salida, un cul-de-sac olvidado por el tráfico rodado, un lugar donde el único ruido provenía del viento en los árboles y los pasos ocasionales de algún noctámbulo. Conectó el ordenador al televisor de pantalla grande, y la luz azul del proyector iluminó la estancia con un resplandor fantasmal. Guillermo apagó la luz del salón. La oscuridad exterior, rota solo por la luz de la luna y las farolas distantes del sendero del monte, se convirtió en el telón de fondo perfecto.

Se sentó en el sofá, desplegó el portátil y buscó el vídeo que necesitaba. No quería movimientos innecesarios, quería algo crudo, directo, que alimentara la imagen de la chica del bar. Encontró un clip, dio al play y ajustó el volumen. El sonido de gemidos artificiales llenó la habitación, mezclándose con el crujido de las hojas secas fuera. Guillermo se recostó, dejando que su mano viajara hacia abajo. Cogió el aceite de masaje que siempre tenía a mano y vertió un generoso chorro sobre su palma. El líquido estaba tibio al contacto.

Comenzó despacio, deslizando la mano lubricada por el miembro, desde la base hasta la glande. El contraste entre la piel seca de sus muslos y el resbaladizo aceite en su polla fue inmediato. Cerró los ojos un momento, reconstruyendo el rostro de la chica de la reunión, imaginando que eran sus dedos los que trabajaban su carne, no los suyos. El ritmo aumentó, el frote del aceite produciendo sonidos húmedos y obscenos que encajaban perfectamente con la banda sonora del vídeo pornográfico. Su respiración se volvió más pesada, el pecho levantándose y bajando con cada movimiento de su muñeca. Estaba totalmente entregado a la sensación, a la construcción del placer, aislado en su burbuja de luz azul y oscuridad.

El tiempo se diluyó. Podrían haber sido diez minutos o una hora. La única realidad era la tensión acumulándose en su bajo vientre, la rigidez del miembro en su mano, brillante bajo la luz del televisor. De repente, un cambio en la atmósfera rompió su concentración. No fue un sonido, exactamente, sino una variación en la corriente de aire, una sensación de ser observado que erizó la nuca. Guillermo paró su mano, pero no se movió. Desvió la mirada hacia la ventana abierta, que daba al sendero que rodeaba el monte y subía hacia el castillo.

Allí, recortadas contra la penumbra de la noche, estaban dos siluetas. Eran dos jovencitas que caminaban por el sendero, detenidas justo frente a su ventana. Guillermo contuvo la respiración, el corazón golpeando contra las costillas con una fuerza que nada tenía que ver con la excitación sexual previa. Se sintió expuesto, vulnerable, y sin embargo, una oleada de adrenalina salvaje recorrió su cuerpo. No se movió para cubrirse. Al contrario, la mano seguía apretada alrededor de su erección, brillante y aceitosa.

Una de las figuras se inclinó ligeramente hacia adelante. La voz de una chica flotó hacia el interior, clara y curiosa en la quietud de la noche. —¿Lo viste? —preguntó.

La otra figura asintió, y ambas se quedaron allí, inmóviles, mirando hacia la pantalla iluminada y, por extensión, al hombre desnudo que se masturbaba en ella. Guillermo sintió un calor subirle por el cuello. Esperaba que se fueran, que la curiosidad las llevara a continuar su camino hacia los bares del barrio antiguo. Las siluetas se movieron, alejándose un paso, y Guillermo exhaló, creyendo que el espectáculo había terminado. Volvió a su tarea, la mano retomando el ritmo con renovada urgencia, la vergüenza mezclándose con un exhibicionismo que no sabía que poseía.

Pero no se habían ido. Al cabo de un momento, el sonido cristalino se rompió. Toc, toc. Dos golpes secos en el cristal de la ventana.

Guillermo se sobresaltó, la mano apretando instintivamente su miembro. Se levantó del sofá, sintiendo el peso de su propia desnudez bajo la mirada invisible. Caminó hacia la ventana, sus pies descalzos no haciendo ruido en el suelo de madera. Al asomarse, las dos chicas estaban justo al otro lado, mucho más cerca que antes. La luz de la luna permitía ver sus rasgos ahora. Eran jóvenes, estudiantes probablemente, con ropa ligera de verano. No había miedo en sus ojos, solo una chispa traviesa y una intensidad fija en su ingle.

—Si te apetece —dijo una de ellas, con una voz que desafió la distancia— podemos acabar contigo eso que estás haciendo.

Guillermo se quedó paralizado, las palabras procesándose lentamente en su cerebro aturdido por el alcohol y la lujuria. Antes de que pudiera formular una respuesta, la chica que había hablado cruzó los brazos por el borde de su camiseta y, con un movimiento fluido y rápido, se la levantó hasta el cuello. Sus pechos quedaron al descubierto, pálidos y perfectos bajo la luz nocturna, los pezones erectos por el aire fresco de la montaña. Un segundo después, la otra chica la imitó, revelando su propio par, un poco más pequeño pero igualmente provocativo.

La oferta estaba sobre la mesa. La vergüenza se evaporó, reemplazada por una decisión visceral y urgente. Guillermo apoyó una mano en el marco de la ventana, inclinándose hacia ellas. —Tocad al timbre —dijo, su voz ronca y profunda—. Bajo A.

Las chicas bajaron las camisetas, sonriendo entre ellas y hacia él, un pacto silencioso sellado en el aire húmedo de la noche. Giraron y corrieron hacia la puerta del portal, sus risas apagadas hacen eco en la calle vacía. Guillermo se apartó de la ventana, su corazón latiendo a mil por hora. Cerró el portátil y apagó el televisor, dejando el salón en penumbra. No se puso ropa. No había tiempo ni deseo para ello.

El timbre sonó con un estridente que cortó el silencio del piso. Guillermo caminó hacia la puerta, abriéndola sin dudar. Allí estaban, subiendo las escaleras con paso ligero, entrando en su espacio personal como conchas a la playa. Las dos chicas cruzaron el umbral, y él cerró la puerta, cerrando el mundo exterior y dejando solo la noche, el calor y la promesa de un placer que apenas comenzaba. El aire acondicionado no estaba encendido, y el calor de sus cuerpos comenzó a mezclarse inmediatamente con el suyo, preludio de las horas que estaban por venir.

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