[Luis separa su cuerpo apenas unos milímetros de Cristina, pero la electricidad entre ambos crece más intensa; sin soltarle la mano, la guía hacia la salida del Gran Hotel. El exterior los recibe con un aire frío cargado de yodo y sal, un choque térmico tras el calor del vestíbulo. Caminan en silencio, iluminados por faroles amarillentos hacia el mar, mientras el rugido de las olas de Peñíscola sustituye el latido de la sangre en los oídos de Cristina, que siente la brisa marina helando su vestido de seda y recordándola su estado de abandono. Llegados a la playa desierta bajo la luna llena, Luis se detiene frente a ella, y ella retrocede hasta descalzarse al perder el apoyo de sus tacones. Él la toma por la cintura y la hace caer de rodillas, luego de espaldas sobre la arena húmeda, y se arrodilla entre sus piernas. —Mírame —le ordena con su voz ronca, y Cristina obedece, incapaz de desviar la mirada mientras él desabrocha su pantalón con movimientos urgentes. Él se inclina para besarla, un beso voraz donde los dientes chocan y las lenguas luchan, mezclando el sabor del vino con la sal del aire. Sin previo aviso, la guía hacia su entrada húmeda y dilatada y penetra con fuerza en un solo movimiento; Cristina gime contra su boca, aferrándose a su cuello mientras sus uñas se clavan en su piel. El ritmo de Luis es salvaje, con embestidas que hacen temblar la arena bajo ella, y los sonidos de sus cuerpos chocando se mezclan con el ruido de las olas. Cuando él la mira a los ojos, ve en ella solo a una mujer rendida al placer, sin su pasado de matrimonio fallido ni su identidad de escritora, y aumenta la intensidad de sus movimientos, mientras Cristina arquea la espalda y aprieta sus muslos alrededor de él, necesitándolo hasta que la marea los borre.]
Deseo en la Marea
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Luis separó su cuerpo apenas unos milímetros, lo suficiente para que el aire de la ventilación volviera a rozar la piel de Cristina, pero la electricidad estática entre ambos no se disipó; al contrario, crepitó con una violencia nueva. Sin soltarle la mano, con los dedos apretando los nudillos de ella con una fuerza que prometía más dolor que placer, la guió hacia la salida del Gran Hotel. El mundo exterior los recibió con un golpe de aire frío cargado de yodo y sal, un choque térmico tras el calor sofocante del vestíbulo de terciopelo.
Caminaron sin hablar, apenas iluminados por los faroles amarillentos que bajaban hacia el mar. El sonido de las olas rompiendo contra los escollos de Peñíscola crecía con cada paso, un rugido rítmico que sustituyó el latido de la sangre en los oídos de Cristina. La brisa marina se coló por debajo de la seda de su vestido, helando la humedad de sus muslos, recordándole el estado de abandono en el que se encontraba. El jerezano no miraba atrás; sabía que ella lo seguía, atraída por la gravedad de un deseo que ya no pertenecía a la lógica, sino al instinto y al deseo puro que se había despertado en los dos.
Llegaron a la orilla. La playa estaba desierta bajo la luz de la luna llena, que blanqueaba la arena y convertía el mar en un crisol de plata fundida. El viento soplaba con más fuerza, azotando las dunas, dibujando paisajes nuevos y enredando el cabello de Cristina en su rostro. Luis se detuvo frente a ella, recortando su figura oscura contra el horizonte brillante. No hubo preguntas ni dudas que rompieran la magia de esos instantes. Él avanzó y ella retrocedió un paso, luego otro, hasta que la arena suave y fría cedió bajo sus tacones y ella se descalzó, impulsiva, dejando los zapatos olvidados en la marea baja.
Luis la tomó por la cintura con ambas manos y la giró, empujándola suavemente pero con firmeza hacia abajo. Cristina cayó de rodillas sobre la arena y luego se dejó caer de espaldas, sintiendo la textura granulada y húmeda contra sus piernas y la parte baja de su espalda. La luna le iluminaba su sensual rostro, revelando las pupilas de sus ojos dilatadas y la boca entreabierta, expectante. Él se arrodilló entre sus piernas, separándolas con decisión, y la imagen de su silueta dominándola bajo la luz nocturna envió una sacudida eléctrica directa a su entrepierna.
—Mírame —le ordenó Luis, con esa voz ronca y grave que parecía arrastrar conchas marinas en el fondo.
Cristina obedeció, incapaz de desviar la mirada mientras él desabrochaba el pantalón con movimientos torpes, urgentes, dominados por la misma urgencia que ella sentía. Cuando él se liberó, su erección se alzó firme y oscura contra la luz plateada. Luis se inclinó sobre ella, apoyando un peso que la ancló al suelo, y la besó. No fue un beso de saludo ni de cortesía; fue un ataque, una invasión voraz donde los dientes chocaron y las lenguas lucharon por el dominio, mezclando el sabor del gin-tonic que él había bebido antes con la salinidad del aire que ambos respiraban.
El ritmo que impuso Luis la dominaba, sin concesiones, empujando sus caderas hacia adelante con cada embestida, haciendo que la arena se moviera bajo la espalda de Cristina, rozándole la piel con una fricción áspera que contrastaba con la suavidad interior del acto. El sonido de sus cuerpos chocando, el chapoteo húmedo de su sexo y los jadeos entrecortados se sumaron al coro de las olas rompiendo a pocos metros de ellos.
Cristina sintió la sal del mar secándose en su piel, mezclándose con el sudor que comenzaba a perlarse en su frente, y sintió el sabor de Luis en su lengua, una mezcla potente de tabaco, alcohol y deseo masculino. Cada vez que él se movía dentro de su coño, sentía que llegaba más profundo, tocando un lugar que nadie había tocado antes, un punto que borraba la memoria de París, de su matrimonio en crisis, de su nombre y su pasado. Solo existía la arena, la luna, el dolor placentero de la penetración y la fuerza del hombre que la poseía allí, bajo la constelación de Virgo que los egipcios vinculaban con la diosa madre Isis, como si la playa entera fuera un testigo mudo de su entrega total al deseo de amar, y la diosa maga Isis lo presenciara.
Luis levantó ligeramente el torso para mirarla a los ojos mientras la follaba, y lo que vio en su reflejo no fue a la turista sofisticada ni a la escritora intelectual, sino a una mujer deshecha por el placer, una mujer que le pedía más con cada movimiento de caderas, sin palabras, solo con la urgencia de su cuerpo abriéndose para él. Él respondió aumentando la intensidad, embistiendo con una violencia que hacía temblar los huesos de Cristina, mientras ella, incapaz de contenerse, arqueó la espalda y apretó los muslos alrededor de su cintura, atrapándolo, necesitándolo dentro de ella para siempre, o al menos hasta que la marea subiera y los borrara del mundo.
Y al cabo de un rato, los dos, fundidos en ese deseo, se deshacían de placer: en ella explotó un orgasmo que la hacía temblar, mientras él se corría eyaculando dentro de su coño, llenándola por completo. Se abrazaron fundidos en un solo cuerpo.
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