EL LADRON DE SUEÑOS
Capitulo 2: “Donde las palabras se hacen carne”
Reseña:
“Este capítulo no se lee: se siente en la
garganta.
La tensión entre Tomás y Mateo es asfixiante, casi
eléctrica, pero es el reencuentro con Clara el que quema de verdad.
El erotismo aquí es más crudo, más urgente, más peligroso. Las
palabras dejan de ser solo tinta y se convierten en una amenaza viva
que anticipa cada caricia, cada embestida, cada gemido.
Un
capítulo que te deja sin aire y con la certeza inquietante de que
alguien, en alguna parte, sigue escribiendo lo que aún no ha
sucedido.”
Salgo de la pensión con el sabor de Clara todavía en la boca y el olor de su piel impregnado en la camisa. La niebla de Logroño no se ha disipado; al contrario, parece más espesa, como si quisiera ocultar lo que estoy a punto de descubrir. Camino hacia la casa de Elena Montes con el corazón latiéndome en la garganta. Sé que Clara es su hija. Lo sé desde que vi el nombre en aquellos papeles amarillentos. Y sé también que Mateo Soler, el escritor que le robó los sueños, es el hermano que la crió… o algo peor.
Elena me recibe en el mismo salón de terciopelo desgastado. Esta vez no hay té ni formalidades. La miro a los ojos y digo, sin rodeos:
—La encontré. Se llama Clara. Tiene veinte años. Y vive a diez minutos de aquí.
El rostro de la madame se descompone. Las manos le tiemblan al llevarse el pañuelo a los labios. Durante un instante parece que va a desmayarse, pero se recompone con esa dureza que solo tienen las mujeres que han sobrevivido a demasiadas noches.
—Tráemela —susurra—. Por favor.
—Primero necesito hablar con el escritor —respondo—. Mateo Soler. ¿Quién es realmente para usted?
Elena cierra los ojos. Cuando los abre, hay una sombra antigua en ellos.
—Es el hijo de mi hermana. El que debí haber criado yo. La maldición de los Soler no es una leyenda, Tomás. Es sangre. Cada generación, uno de ellos escribe y el otro… se pierde. Mi hermana se volvió loca leyendo lo que él escribía. Yo entregué a Clara para salvarla. Y ahora… ahora él la ha encontrado.
Salgo de allí con la rabia quemándome las venas. Mateo Soler me espera en su estudio de la calle Laurel, como si ya supiera que iba a llegar. Es un hombre de unos cuarenta años, delgado, con una belleza pálida y peligrosa. El manuscrito de El ladrón de sueños está abierto sobre el escritorio.
—Detective Varela —dice con una sonrisa leve—. ¿Viene a robarme a mi musa?
No le doy tiempo a más. Lo agarro por la solapa de la chaqueta y lo empujo contra la pared.
—¿Qué le ha hecho a Clara?
Él no se resiste. Solo me mira con esos ojos grises que parecen leer dentro de mí.
—Le he dado lo que nadie más podía darle. Las palabras que la despiertan. ¿Cree que usted es el primero que ha tocado su cuerpo después de leerme? No. Pero sí el primero que ha conseguido que ella sienta algo real. Eso la hace peligrosa. Y a usted también.
Lo suelto. Hay algo en su voz que me hiela la sangre. Mateo se acerca al escritorio, toma una página y me la tiende.
—Léala. En voz alta. Como hizo con ella anoche.
No quiero. Pero mis dedos ya están cerrándose sobre el papel. La prosa es aún más intensa, más obscena en su elegancia. Describe a un hombre que entra en una mujer mientras ella lee, y las palabras se convierten en caricias internas, en calambres de placer que no se pueden distinguir de la realidad. Mi voz tiembla al leer. Siento cómo el deseo me sube por la espalda, cómo mi cuerpo responde a pesar del odio.
Mateo se coloca detrás de mí. Su aliento roza mi nuca.
—¿Lo siente, detective? Así es como funciona. Las palabras no solo describen. Crean. Y usted ya está dentro de la historia.
Me doy la vuelta y lo empujo. Esta vez con más fuerza. Él cae contra el escritorio y, por un instante, veo miedo en sus ojos. Luego vuelve a sonreír.
—Clara lo está esperando. Vaya. Antes de que la maldición termine de reclamarla.
Corro. La niebla parece abrirse a mi paso. Subo las escaleras de la pensión de dos en dos. Empujo la puerta de Clara sin llamar. Ella está sentada en la cama, el mismo manuscrito entre las manos, pero esta vez las mejillas le arden y la respiración le sale entrecortada. Al verme, el libro se le cae al suelo.
—Tomás…
No digo nada. Cierro la puerta con el pie y me abalanzo sobre ella. La beso con una urgencia casi violenta, como si quisiera arrancarle de la boca cualquier rastro de las palabras de Mateo. Clara responde con la misma desesperación. Sus manos tiran de mi abrigo, de mi camisa, de mi cinturón. Nos desnudamos a tirones, sin delicadeza. Cuando su cuerpo queda completamente expuesto bajo la luz débil de la lámpara, me detengo un segundo solo para mirarla: pechos agitados, vientre suave, muslos ya entreabiertos, el centro de ella brillante y necesitado.
La tumbo de espaldas. Esta vez no hay lentitud. Entro en ella de un solo empujón profundo y Clara grita contra mi hombro. El calor que la envuelve es casi doloroso de lo intenso. Me muevo con fuerza, golpeando su cuerpo una y otra vez, como si quisiera marcarla, como si quisiera borrar cualquier influencia que no sea la mía. Ella envuelve mis caderas con las piernas y me clava las uñas en la espalda.
—Más fuerte —jadea—. Haz que se callen… las voces…
Obedezco. La agarro de las muñecas y se las sujeto sobre la cabeza. Cada embestida es profunda, seca, húmeda a la vez. El sonido de nuestros cuerpos chocando llena la habitación. Bajo la cabeza y le muerdo un pezón, tirando de él con los dientes mientras sigo embistiéndola. Clara se arquea, se retuerce, y de pronto se corre con un gemido largo y roto que parece salir del fondo de su garganta. Sus paredes se contraen alrededor de mí con fuerza, casi dolorosa, y eso me empuja al límite. Me derramo dentro de ella con un gruñido animal, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo mi semen la llena.
Nos quedamos unidos, temblando. El sudor nos resbala entre los pechos. Clara me acaricia el pelo con dedos todavía temblorosos.
—Él escribió sobre esto —susurra contra mi oído—. Sobre nosotros. Antes de que sucediera.
Me incorporo de golpe y la miro. Sus ojos están húmedos, asustados… y excitados.
—¿Qué quieres decir?
Ella señala el manuscrito caído en el suelo. La página está abierta. Y allí, en una caligrafía precisa y elegante, se describe exactamente lo que acabamos de hacer: las palabras, la fuerza, el grito, incluso la forma en que yo le sujeté las muñecas.
Un escalofrío me recorre la espalda.
Fuera, la niebla golpea los cristales. Dentro, el cuerpo de Clara sigue palpitando alrededor del mío, todavía semiduro dentro de ella. Y por primera vez desde que empecé esta investigación, siento verdadero miedo.
Porque las palabras ya no solo describen.
Están escribiéndonos.
Y no sé quién sostiene la pluma.
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