viernes

Un amanecer en el jardín

La cocina estaba bañada por la luz dorada del amanecer, un resplandor que se colaba por las cortinas y acariciaba los rostros de Nina, May y Julio. El aroma del café y las tostadas flotaba, pero no podía competir con la tensión sexual que vibraba entre ellos, un eco candente de la noche anterior. Habían pasado horas enredados en la cama, sus cuerpos sudorosos explorándose sin límites: las manos de Julio apretando las caderas de Nina, los gemidos de May mientras Nina lamía su coño, y la polla de Julio moviéndose con ritmo entre ellas. Ahora, sentados a la mesa, el deseo seguía ardiendo, apenas contenido.

Nina, con su cabello castaño revuelto cayendo sobre los hombros, llevaba una camiseta de tirantes blanca que apenas ocultaba sus pezones endurecidos. Mordía una fresa con una lentitud provocadora, sus ojos verdes saltando entre May y Julio. May, frente a ella, vestía una bata de seda azul que resbalaba por su hombro, dejando al descubierto la curva de su pecho y la piel morena que brillaba bajo la luz. Julio, con una camiseta ajustada que marcaba cada músculo de su torso, removía el café, pero sus ojos oscuros traicionaban la calma, fijos en las curvas de Nina.

El silencio era espeso, cargado de recuerdos de la noche: Nina chupando los pezones de May mientras Julio las masturbaba con los dedos, sus gemidos mezclándose en el aire. Nina rompió la tensión, su voz baja y sensual. “El jardín está perfecto esta mañana,” dijo, dejando la fresa a medio morder. “El sol, la hierba húmeda… ¿y si llevamos esto afuera?” Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa. “Un trío bajo el sol suena… delicioso.”

May alzó una ceja, su respiración acelerándose mientras jugaba con el borde de la bata. “¿Al aire libre?” murmuró, pero el brillo en sus ojos decía que ya estaba convencida. Julio soltó una risa grave, casi un gruñido. “Nina, siempre con tus ideas… joder, me encantan.”

Sin esperar, Nina se levantó, la camiseta subiendo para mostrar su vientre y el borde de su ropa interior. Caminó descalza hacia la puerta trasera, su culo balanceándose con cada paso. “Vamos,” dijo, girándose con una mirada que era puro fuego. “No me hagan rogar.”

El jardín era un refugio privado, rodeado de setos altos que bloqueaban cualquier mirada. El césped estaba húmedo por el rocío, y el sol matutino calentaba la piel con una caricia tibia. Una manta de picnic ya estaba extendida en el centro, como si Nina lo hubiera planeado todo. Se detuvo, girándose hacia May y Julio, que la seguían con el deseo pintado en sus rostros.

“Quítate eso,” ordenó Nina a May, señalando la bata. Su tono era juguetón pero firme. May, sin romper el contacto visual, dejó que la seda resbalara por sus hombros, cayendo al suelo. Su cuerpo, curvilíneo y bronceado, quedó expuesto: sus pechos llenos, los pezones oscuros endurecidos por la brisa, y el triángulo de vello recortado entre sus muslos. Nina se acercó, sus dedos rozando la cintura de May, bajando hasta apretar su culo. “Joder, eres perfecta,” susurró, antes de inclinarse y lamer la piel justo debajo de su clavícula, arrancándole un gemido suave.

Julio observaba, su polla ya endureciéndose bajo los pantalones. Nina lo miró, invitándolo con una sonrisa. “No te quedes ahí,” dijo, mientras sus manos exploraban el cuerpo de May, deslizándose por su espalda hasta hundirse entre sus muslos, rozando su coño húmedo. Julio se acercó, quitándose la camiseta en un movimiento rápido, su torso bronceado brillando al sol. Se arrodilló en la manta, sus manos encontrando la camiseta de Nina, levantándola para revelar sus pechos pequeños y firmes, los pezones rosados erectos. La ropa interior de Nina cayó al césped, y ella dejó escapar un gemido cuando los dedos de Julio rozaron su clítoris, ya hinchado y sensible.

Los tres se movían como si sus cuerpos estuvieran sincronizados por el deseo. Nina se inclinó para besar a May, sus lenguas enredándose con hambre, mientras Julio deslizaba dos dedos dentro del coño de Nina, masturbándola con movimientos lentos y profundos. Ella jadeó contra los labios de May, sus caderas moviéndose contra la mano de Julio. “Joder, sigue así,” murmuró, antes de arrodillarse frente a May. Sus labios encontraron el clítoris de May, lamiendo con una mezcla de suavidad y urgencia, chupando hasta que May arqueó la espalda, sus manos aferrando el cabello de Nina. “Me voy a correr,” gimió May, su coño palpitando contra la lengua de Nina.

Julio, con la polla dura y visible bajo los pantalones, se deshizo de ellos rápidamente. Se posicionó detrás de Nina, sus manos firmes en sus caderas. La penetró lentamente, su polla gruesa deslizándose en su coño empapado, haciéndola gemir contra el clítoris de May. “Joder, Nina, estás tan mojada,” gruñó Julio, comenzando a moverse con un ritmo constante, cada embestida haciendo que Nina lamiera a May con más intensidad.

May se estaba corriendo, su cuerpo temblando mientras gritaba, “¡Me corro, joder!” Su coño se contrajo contra la lengua de Nina, el orgasmo sacudiéndola mientras se aferraba a sus hombros. Nina no se detuvo, chupando con más fuerza, prolongando el placer de May hasta que sus piernas temblaron. Julio aceleró, sus manos apretando el culo de Nina, sus embestidas profundas y rápidas. “Me viene el orgasmo,” jadeó Nina, su clítoris palpitando mientras los dedos de Julio lo frotaban en círculos. Se corrió con un grito, su coño apretando la polla de Julio, que no pudo contenerse más. “Joder, me corro,” gruñó, saliendo justo a tiempo para derramarse sobre la espalda de Nina, el calor de su semen mezclándose con el sudor de su piel.

Los tres colapsaron sobre la manta, jadeando, sus cuerpos enredados bajo el sol. Nina, con una sonrisa satisfecha, acarició el muslo de May, mientras Julio besaba su cuello. “El desayuno puede esperar,” murmuró Nina, y las risas de los tres llenaron el jardín, el aire aún cargado de deseo.

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